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El otro lío

Lunes, 9 de mayo de 2005
Ganas son de liar el mapa político provincial. Por si no fuera poco con la larvada –vamos a ser suaves-- crisis del PP, son los andalucistas los que muestran un descomunal entusiasmo por tirar por la borda los magníficos resultados obtenidos en las últimas municipales y autonómicas. Tanto es así que gobiernan en trece ayuntamientos –son la segunda fuerza municipal provincial--, y, además, cogestionan otros tres municipios más ( Lepe, Moguer y Villablanca). Y Miguel Romero es parlamentario.

Ganas son, insisto, de liar el asunto. Andan los andalucistas a palos, tratando de expulsar a Romero y los suyos. Sería prolijo explicar las injusticias de la política, y me faltarían páginas para glosar ejemplos de elementos que han posibilidado victorias electorales y posteriormente han sido sacados a patadas de sus respectivas formaciones por el pecado de no aceptar el ordeno y mando de los jefes–hay, no obstante, algún ejemplo de dignidad que está a punto de originar serias indigestiones entre quienes han querido destrozar su carrera política—. Pero uno antes que nada es lo que es, y lamenta profundamente que un partido en el que creía se esté fagocitando en una voraz crisis interna que, por otra parte, conduce a pocas metas. No están precisamente sobrados los andalucistas de efectivos válidos como para malgastar salvas. Son los que son, y el del tambor. Y hasta el del tambor también sobra, a veces.

Que el cainismo rencoroso destroce alcaldías en el PP –tampoco están sobrados los populares, y aún así son capaces de expulsar a sus más preclaros efectivos, a quienes ganaban elecciones—se entiende, porque en su cuenta de resultados existen circunstancias que pesan más en el haber que en el debe –hay asuntos que pueden más que las razones políticas, alguna vez me extenderé, usted disimule--, pero que el PA se permita ciertos lujos me parece una osadía. Me parece incluso una provocación, ya puestos.

¿Como puede el PA prescindir de Miguel Romero, que ha sido el principal artífice de lo que es en la actualidad el andalucismo en esta provincia? No puede. Ni de Capelo, ni de Zamudio, ni de Herófito Rodríguez, ni de Viejo, ni del alcalde de Rociana, ni del de Jabugo, ni del de la Puebla, ni de Rodríguez Castro, que durante muchos años ha sido la auténtica oposición en Ayamonte, junto a Antonio Miravent, uno de los más preclaros arietes de izquierda Unida, uno de los cocos mejor amueblados de esa formación. Ni de nadie que ponga en jaque su actual poder.

Bueno, pues el PA está dispuesto a formalizar la cuadratura del círculo: . Una gestora que no pirula, un comité de garantías cojo, alcaldes que están un poco hartos del lío interno, una nueva dirección que acosa a quienes han llevado al partido al éxito... De verdad. ¿Seguro que estos del PA no son del PP?. En fin...


Julio Verne

Lunes, 25 de abril de 2005
Tú no lo vas a entender –qué vas a enteder, si crees que los libros que no se pueden piratear de internet son una antigualla— pero es que yo estaba allí, y por eso agradezco la sección que le ha dedicado el Festival de Cine Inédito de Islantilla. Yo estaba en la obra de Julio Verne, de cuyo fallecimiento se conmemora un siglo. (Ya sé que no lo conoces, tu que vas a conocer, si no es autor de mangas, ni sale por las noches negando que se encamó con la sobrina de uno que fue el chulo de una famosa presentadora de televisión que antes que microfonos de solapa manejaba la mar de bien los micrófonos clásicos).

Pero, puedes creerme, yo estaba allí. Yo estaba junto al capitán Nemo, entendiendo su distancia, su sequedad. Allí estaba yo a bordo del Nautilus, esa fantasía que cruzaba una pesadilla, ese viaje que era en realidad una prospección por un mundo atormentado.

Yo estaba allí. Y me helé junto a Miguel Strogoff, recorriendo la estepa, llevándole el zurrón, horrorizándome cuando le cegaron a las bravas. Y me libré de milagro de la erupción del volcán, ese adelanto del que años más tarde se llevó por delante la isla de Krakatoa.

Yo estaba allí, ya digo. Le ayude a hinchar el globo, tuve los 15 años que él careció y fui capitan de un buque. Fue una gran aventura, esa.

Y no me sorprendí cuando profetizó el helicóptero, las bombas de fragmentación, el cine sonoro o los rascacielos, porque, insisto, yo estaba allí, y sé que no fue un adelanto, sino un viaje de vuelta.

Verne es el equivalente a tardes largas, bocadillo de mortadela –sí, sí, ya sé que eso de merendar es demodé, que tú con los postres energéticos y así ya te avías, que lo ves en las pelis americanas, con su niño xiliposhas visera hacia atrás, Junior, se llama--, a jugar a la pelota en la calle con los vecinillos. Y luego, cuando oscurecía uno se marchaba, sigiloso, a la habitación, abandonaba la vida y se encontraba con su mundo, imaginado por gente como Verne, como Stevenson, como Salgari, como Kipling, como Gibran –que era un poco cursi, eso sí, qué le vamos a hacer--. Y por Ibáñez, naturalmente. Y por Escobar. Y por tantos otros. Yo, ya te digo, estaba allí. Aprendiendo que el zumo de limón cura el escorbuto. O que los ojos pueden actuar como cámara fotográfica, como en «Los hermanos Kipp», donde la imagen del asesino queda grabada en la retina del muerto, o que es preciso cambiar el Polo Norte de lugar para enderezar el eje de la tierra.

Yo, insisto, estaba allí. Y por eso este escrito es un tributo a los viajeros del tiempo que, según la leyenda, le soplaron a Verne los temas con los que endulzó, ni él ni tú sabrán cuánto, las tardes elástica de una infancia llena de renglones que en lugar de tinta estaban rellenos de vida por vivir, de aventuras a contramano. Y puede que no haya vuelto aún, y en realidad esta columna no sea un desahogo sino un presagio.


El cuento

Lunes 4 de abril de 2005
A Aguado, con cariño y amistad.

En el pais del cuento había revuelo. A Smeck, un ogro de aliento fétido y dientes amarillentos, le había llegado su hora y se tenía que retirar del tramo de territorio que mangoneaba, puesto que corría el serio peligro de perderlo si seguía gestionándolo. Además, empezaban a correr rumores extraños sobre determinados tejemanejes.

Al pésimo talante de Smeck le contrapesaba el candor de Caperucita, de tal modo que a los habitantes de aquel territorio encabronados con el ogro dictador –una montaña de ellos, por cierto—les paraba la buena fe de aquella.

Smeck necesitaba salir a escape de aquel lugar. Así que determinó elegir sucesor. La ley le marcaba que fuera Caperucita, si bien él decidió otorgar a la ley la función del papel El Elefante. Caperucita, tras ser informada de la decisión, creyó oportuno plantar cara. A una decisión injusta no se le puede dar carta de naturaleza, puesto que estaríamos ante un caso de prevaricación moral, razonó ella.

Y a Caperucita entonces se le vino el mundo encima. Soportó presiones que sería necesario un periódico entero para describir. Smeck intentó hacer creer entonces que una determinación dictatorial era una consecuencia lógica. Y cruzó el Rubicón de la infamia y del sentido común. Estaba acostumbrado: solía suplir a la persuasión con terror en las relaciones personales. Pero esta vez fue diferente. Entonces ocurrió todo.

A Caperucita, como ha contado aquí el brillante José Carlos Aguado, le empezaron a salir colmillos, aunque de plastilina. Y le perdió miedo al miedo. Y decidió reivindicarse en nombre de todas las Caperucitas maltratadas por los ogros pestilentes como Smeck. Y se revistió de dignidad, y de fortaleza, y de coherencia. Y tomó la decisión de marcharse del territorio de Smeck, pero con una carta bajo la manga, que le otorgaba ciertos poderes de gestión e, incluso, de modificación del gobierno. Pero no se fue dando un portazo, ni revelando secretos que sonrojarían a Maquiavelo.

Supo combinar valentía con discreción. Y los habitantes del lugar empezaron a comprender qué había pasado, y por qué había pasado. Y al ogro Smeck, con su aliento pestilente, sus dientes amarillentos y su mala catadura, solo le quedaba la carta del terror. Pero ocurrió que tras la decisión de Caperucita, ya todos empezaron a perderle el miedo. Y le hacían pedorretas. Y se reían de él. Y Smeck de ser un ogro odiado pasó ser una especie de muñegote de feria. Y en vez de miedo, ya solo daba grima. Y acabó sus días haciendo ugg en el circo. Y todos los damnificados por Smeck, el ogro odiado, respiraron con alivio. Y el territorio que había gobernado con mano de hierro recuperó la paz y la convivencia. Y Smeck dejó de ser un mal recuerdo para ser una buena historia.


El día

Lunes, 14 de marzo de 2004
A Espe

Hoy debe ocurrir. Por qué no, es un buen día. Este lunes de primavera presentida tiene ojos de gato, pelo de gacela y andares de cervatilla. O no ocurrirá hoy, pero sí cuando usted decida zambullirse en una piscina de tinta, de fantasía y de imaginación.

Hoy Edmundo Dantés ordenará más velocidad al Faraon, los viajeros de las cinco semanas en globo valorarán las emociones del aire y la literatura frente a las desventajas del autobús y el doctor Frankenstein por fin encontrará lo único que le faltaba a su experimento, el alma. Y a Drácula le harán gracia los anuncios de gafas de sol, y el capitán de quince años, aquel con el que Julio Verne nos metió a unos cuantos el gusanillo de la aventura y del mar, descubrirá que solo se vive si uno se atreve a rasgar el horizonte.

Y Miguel Strogoff rechazará el ofrecimiento para que trabaje en las oficinas postales del Gobernador, aunque se lo haya ganado trienio a trienio. Y Jim acabará rompiendo en mil pedazos el mapa del tesoro, que solo le trajo preocupaciones. Y el Conde de Montecristo confirmará que la venganza –o la justicia, quien sabe-- solo puede degustarse en plato pequeño, cuando está bien servida.

Hoy ocurrirá. Lola puñales empuñará armas de chocolate, Triniá, ay, mi Triniá, empezará a preparar su casamiento con un notario, y la Lirio se desmaquillará las ducas y las duquelas y le hará un corte de mangas a quien le fabricó tanto dolor y tanto martirio, según escribió Rafael de León.

Y Malvaloca sonreirá, y quien buscaba a aquel marinero rubio como la cerveza de mostrador en mostrador, ay, acabará, oye, pues haciendo muy buenas migas con un camarero con cierta planta y buen porte para servir las cañas. Y la condesa que amadrinó a aquel torerillo y luego se quedó viuda con carácter retroactivo le dará por la poesía, y encontrará más vida en un verso de Machado que mirando tras la reja de su ventana.

Y el lobo feroz sufrirá gastritis tras haberse zampado a Caperucita, y Cenicienta decidirá quedarse soltera, que ella no deja que ningún patán con corona le manosee los callos. Que algún día se valorará que una mujer tenga dignidad, y la igualdad no será una reivindicación, sino una proclama; no una prebenda, sino un derecho.

Y al leñador de Blancanieves lo pondrán al frente de alguna ong, y el patito feo, tras convertirse en cisne, sufrirá porque lo acabarán tratando como a un ave objeto. Y el principe Valiente, qué pugnetas, será valiente por sus acciones, no por su apellido. Y Juan Sin Miedo sabrá que el auténtico valor es no tener miedo al miedo. Y usted, lector, finalmente quizás llegue a la conclusión de que los cuentos, o las canciones, o las novelas, o los poemas, o las columnas, se escriben para que se lean, y no porque se leen. Feliz lunes.


La concejala

21 de febrero de 2005
Ole tus ovarios, María Jesús Larrinaga, concejal hasta hace pocas semanas del Partido Popular, harta del acoso interno de tu formación, del autoritarismo de tus jefes, que lo son gracias a tu esfuerzo denodado elección tras elección; harta de que se aprovecharan de tus noches sin dormir, de tus días de tensión y trabajo, de lo que no se sabe pero se intuye; ole tus narices, María Jesús, que decidiste plantarte, decir que ya está bien, hacer un ejercicio de decencia y dignidad y pasarte al grupo independiente e intentar desbancar, en tu pueblo, Camas, a quienes habían destrozado tu esfuerzo y dañado tu prestigio, quienes trataban de expulsarte de tu profesión y de tu trabajo, que no es lo mismo.

Ole tu valentía, tu resistencia a la presión posterior, al machaque sin ambajes, a las pintadas, a la persecución de que fue objeto tu familia. Ole tu dignidad al regresar hundida, pero no derrotada, y retractarte, pero no renunciar. Ole tu firmeza cuando el alcalde movía el rabo y poco menos que te perdonaba la vida -- ay, si el tiparraco supera-- y decidiste no arredrarte, y reclamar la destitución de quienes habían sido tus verdugos, y al no aceptarlo el –sospecho que estupefacto—regidor, acabar la faena que empezaste, renunciar a seguir en el equipo de gobierno y defender tu posición, esa por la que tus vecinos te votaron, esa por la que entendiste que debes responder, esa por la que una parte del electorado te volverá a votar, te presentes por las siglas que te presentes en las próximas municipales. Cuando te dieron su sufragio a ti –independientemente de la formación en cuya lista te incluías—en realidad votaron esa dignidad que has demostrado, esa coherencia, esa valentía, esa osadía de enfrentarte a los popes de tu formación. Esa calidad personal, ese arrojo al decir basta. Por eso, María Jesús, te van a votar, sobre todo teniendo en cuenta que al PSOE, formación mayoritaria, le arrebató la alcaldía una extraña pinza PP-IU-PA, cójame usted esa mosca por el rabo.

Ole tus coxones, María Jesús, que has tenido a media ejecutiva regional de dos o tres partidos PP, PA e IU-- en el aire. Y que vas a mantener ese estado –es lo mínimo que se merecen—al tomar la decisión adecuada: no apoyarás los presupuesto, ya que no te lo han dado a conocer. Al ser tú decisiva –si no, de qué iban a andar esos con tantos paños calientes, te hubieran expulsado, y punto—en la votación tienes capacidad para tumbar lo que ellos consideran más preciado: no debe ser para menos cuando se prevén numerosos proyectos urbanísticos, con sus correspondientes, ejem, adjudicaciones, más ejem.

Disfruta, María Jesús, les has ganado. Ya tus malcornados jefes no podrán cometer fraude inmobiliario alguno, puesto que al ser mayoritaria, la oposición podrá fiscalizar exhaustivamente la labor de gobierno. Tu determinación, pues, habrá sido especialmente beneficiosa para tu pueblo.

Enhorabuena, María Jesús. Desde la admiración. Un beso.


El ex alcalde

31 de enero de 2005
El nombre del alcalde –del ya ex alcalde, que ahora ocupa ese puesto uno que él impuso con mano firme—se reflejaba en la pantalla del móvil de su concejala, y esta arqueó el cuello, abrió los ojos y tensó los labios. Había sido tan brutal el acoso que ella sufrió durante los años en que compartieron –este verbo es, naturalmente, eufemístico—tareas de gobierno que una simple llamada desde el portátil del fulano la ponía a temblar. El látigo de la voz de él restallaba con puntería certera. Vertía ácido sobre la herida. Lo adivinaba satisfecho en su decrepitud moral, orgulloso del terror que causaba, del daño que hacía.

En persona era peor: durante las reuniones de trabajo solo le faltaba colocar la bota –el fascio—sobre la mesa. La mayoría de su equipo, que lo ponía verde a sus espaldas, mostraba cara a cara voces melifluas, amplitud de trasero, humedad de lengua. Había, incluso, quien se planteó aprender idiomas –francés y griego, en concreto—para poder hacerle mejor la pelota. Ahí, ahí, alcalde. Lo que te falta de cultura te sobra de listeza. Que guapo eres. Guau, guau. Arf, arf.

Él, un cargo medio del partido, al que había accedido mediante el viejo sistema de ser débil con el fuerte y cruel e implacable con sus subordinados, tenía sojuzgada a media plantilla del ayuntamiento que gobernaba. “Debéis vuestro empleo, el pan de vuestra familia, vuestra prosperidad, a mi, que soy quien gana las elecciones”, repetía machaconamente. “Aquí yo soy Hugo Sánchez, y vosotros no pasáis de García Cortés” les restregaba a sus concejales. O a lo mejor lo que decía era: “aquí yo soy Zidane y vosotros no pasáis de Raul Bravo”. Empleaba con ellos la técnica de las sectas: solo seréis algo gracias a mi.

A la oposición la trataba con idéntico despotismo, y era aficionado a hurgar en cuestiones personales de sus representantes. Creía que escrúpulos era una isla griega, y decía, ufano, que él no dio ética, sino religión, en el colegio. Así que ni la conocía.

La concejala ya no podía más. No podía con la voz de él, tronante, sucia, amarilla. Con sus modales de dictador a la vieja usanza, con sus ademanes tabernarios, con la táctica del conmigo o contra mi en la que, tramposamente, se desenvolvía como un besugo en el mar de Alborán.

No podía con la brecha convivencial que tenía abierta en el municipio, que ella sabía que tardaría décadas en cerrarse. Con el estancamiento económico, cultural y social en que tenía sumido al pueblo.

Esta historia es más real de lo que parece. Ella, finalmente, le denunció por acoso. Y los tribunales le dieron la razón, y él recurrió, y el Supremo acaba de ratificar la sentencia. Los protagonistas son Ismael Álvarez, alcalde del municipio leonés de Ponferrada, y Nevenka Fernández, la concejala. A quien no conozco de nada, pero de la que podría describir a la perfección su rabia y su quinario. Y su triunfo final.


Las encuestas

28 de febrero de 2005
Je, jeeeeee, je. A ver, a ver. No está mal del todo. Para el Partido Demócrata Liberal de Chiquitistán las cosas van mal, pero para mi, que es lo que importa, va muy bien. Je, jeeeee, jeee.

Que no levantamos cabeza, que todos los sondeos publicados marcan la misma tendencia, que esto es un desastre, que hay quien se acuerda de Teófila Martínez, que hay alguno que ya hasta echa de menos a Hernández Mancha.... Je, jeeeee, je, está muy bien. Como muy bien dijo Serrat, ese rojo pestoso, lo bueno del fondo del pozo es que de ahí solo se puede salir mejorando. Así que a poco que yo haga, me llenaré de méritos. Y pareceré imprescindible. Y continuaré mi carrera de forma espectacular. De ser un trepa lamenalgas pasaré a trepa indigno, paso previo a trepa inteligente. Figura, que soy un figura. Muacks. Que no me beso porque me doy asquito.

Jee ,jeeee, jee.. Y me ha costado, eh, me ha costado, porque lo que ha pasado no es normal. Era muy difícile empeorar la situación, así que el mérito es grandísimo. Que en Almería gobernábamos la diputación con unas perspectivas inmejorables... Jee, jeee, jeeeee, ahí está el tío.

Perdimos el gobierno y ahora nuestros diputados están un poco enfadados con nosotros –bah, le hemos quitado sueldo, móvil y coche oficial, unas minucias— así que la cosa está lo suficientemente bizcochable para que ahora lleguemos a tratar de arreglarla. O de destrozarla, porque los cálculos nos han salido un poco regular.

En Jerez... Bueno, en Jerez la cosa estuvo genial: por primera vez en la historia gobernábamos el ayuntamiento, y parecía que el asunto tenía garantías. Ahí me tuve que emplear a fondo, pero valió la pena: perdimos la alcaldía, dimos oxígeno a Pacheco y desde que gobierna el PSOE en la ciudad, la Junta y el gobierno se están volcando en inversiones. Así que tiene que aparecer un genio, tantatachan, yo mismo, para dar recetas mágicas. Porque si no hubiera habido problemas, no podía aparecer yo para dar alternativas, me las pidan o no.

Y las encuestas que dicen que desde que llegó el nuevo jefe hemos bajado en intención de voto... y en Jaen sigo prendiendo la mecha de la discordia en el ayuntamiento. Y en Huelva, jeee, jeeee, jeeeeee, en Huelva no di la información adecuada y.... sí, se presentaron dos listas al último congreso, aunque yo vaticiné que la segunda no tenía capacidad de obtener avales. Así que hice tambalearse un poco aquí a los jefes, pero bueno.... Ahora estoy acabando de liarla: como el asunto en lo municipal está tan justito, me he empleado a fondo en destrozar la cohesión interna en algunos de nuestros grupos, a ver si hay suerte, se crea jaleo, y tengo que salir yo a apagar fuegos, para que me den el premio al bombero del año. Aunque bien pensado... a ver si me voy a pasar de frenada y me van a acabar pillando. Porque de bombero tengo un pase. Pero de equilibrista es que doy pena


Queridos Reyes Magos

Lunes, 3 de enero de 2005
Quiero que este año me traigais un verso resbaladizo, una rima asonante y aguda, palabras salpicadas en limón, un beso esquivo que masticar en sueños; quiero un mes de enero que sea azul, un abril gris, una primavera fría, un otoño calentito. Y un viento que ulule canciones de amor, y una ventisca de corcho, y un invierno de juguetes, y un temporal que solo azote los papeles de los periódicos, que es donde van a parar todas las desgracias.

Quiero encontrarme este jueves por la mañana con una paradoja carnosa, una espada esdrújula, un puñal agudo, un acento candente. Una mentira salada, un dolor ácido, una decepción dulce. Un roce eléctrico, una mirada que mate y muera.

Quiero, sus majestades, un alejandrino de 15 sílabas, un cuarteto de tres versos, un verso que no rime. Quiero una palabra que no exista, una voz que no se escuche, un libro que no se haya escrito.

Quiero un heroe con miedo, el gato con botas a las que se les haya desgastado las suelas, el pobre lobo de los detestables cabritillos, la casquivana Caperucita. Quiero que hagais una caldereta con los dos cerditos sabihondos, y al tercero, al guay, que le pongas en una pocilga climatizada con Peggy en la estancia de al lado. Se lo ha ganado. Quiero un campo de cien hectareas repletas de corzos y jabalíes para el cazador de Blancanieves, que se enrolló, y tres machotes para las hermanastras de la Cenicienta, que ya es hora. Quiero cuentos con final infeliz, moralejas con enseñanza abierta, fábulas en las que los animales callen por no reir.

Quiero políticos que mientan con profesionalidad, que traicionen con solvencia, que apuñalen con oficio. Que roben con estilo, que cuando les pillen no balbuceen. Quiero concejales de urbanismo que no cobre más del 5% de comisión, alcaldes que engañen con soltura.

Quiero, majestades, una copla en la que la Picadita de Viruela se revele como una amante ardiente y voluptuosa, y se la rifen los más machos del lugar, que ya es hora de que cambie el cuento. Que la Madrina se líe, por fin, con el torerillo, que Lola Puñales solo clave cuchillos de chocolate, que las cinco farolas jamás se apaguen y alumbren la vereíta que, de nuevo, ay, vuelva a lucir sin una sola yerba.

Quiero, si no es mucho pedir, una historia que contar, y otra que olvidar. Una voz que me mienta, como mienten todos los boleros, y un susurro que diga la verdad, como dicen la verdad todos los boleros. Quiero que me traigáis la tos de mi padre aquellas mañanas granates, y las manos de mi madre. Y mi hermana en aquel salón jugando conmigo, y mis tías, y mis abuelos. Pero sobre todo, quiero que me devolvais aquel tiempo que no sé decir, pero sí escribir. Aquella estampa mil años atrás, aquel río, aquel campo. Aquella fotografía que solo sé callar. Aquel tiempo parado, aquel reloj de ausencia.

Agradecido, ya sabeis donde tenéis las tres copitas de anis y agua para los camellos.


La mesa

Lunes, 6 e diciembre de 2004
La llamada Mesa de la Ría, una plataforma ciudadana que agrupa a cerca de una treintena de colectivos, ha iniciado una profunda reflexión sobre la conveniencia de presentarse como opción política a las próximas elecciones municipales.

El asunto originó un importante movimiento sísmico en el subsuelo de la política porque la irrupción de la Mesa llevaría aparejada consecuencias imprevisibles –o bastante previsibles, bien mirado—para los inminentes comicios. Los responsables de la Mesa aseguran por un lado que no está tomada la decisión, pero por otro que tampoco la descartan. El suspense, pues, continúa.

A José Pablo Vázquez y otros dirigentes lo que les pide el cuerpo es afrontar el envite, medir en términos electorales el calor social que han encontrado cuando han convocado movilizaciones y miles de personas -–cifra no baladí, precisamente, en una ciudad de las características de Huelva—se han echado a las calles.

Hay quien piensa que la presencia de la Mesa de la Ría en unos comicios locales traería aire fresco a una política que en la actualidad está demasiado enrarecida. Quizá esa sea una de las claves por las que ni PP ni Psoe miran con demasiados buenos ojos esa aventura: les obligaría a modificar sus agendas para ir detrás de sus mensajes, algo que a ninguno conviene. Por eso, volviendo por pasivo el concepto, lo que quizás convenga al a veces abotargado aire político de la ciudad sea un mensaje de gran calado social, que ponga en solfa verdades aparentemente inamovibles, aunque sea solo para tomar la temperatura a la opinión pública. Aunque solo sea para comprobar la cintura de los dirigentes políticos a la hora de fajarse con posiciones transversales, que se salen del frontón diario.

La otra consecuencia de la irrupción de la Mesa en política --y eso es algo que tampoco ha pasado desapercibido ni en el ayuntamiento de Huelva, en la práctica sede de operaciones del Partido Popular provincial, ni en la calle de La Palma, cuartel general socialista— es la posibilidad de que obtuviera representación electoral. En ese caso, con un PP en retroceso –solo dos concejales le sobran de la mayoría absoluta-- y un psoe en esforzado crecimiento, podría darse la posibilidad de que la plataforma acabara siendo bisagra. Y entonces, je,je,je, entonces me pido ser José Pablo Vázquez por un día: me llamarían alto, rubio, potente, gran profesional, mejor persona, insuperable pensador, sólido líder social. Se les acabarían los adjetivos, tendrían que inventar nuevos. Besarían el suelo por donde cae la ceniza de mi pipa. Luego ya vendría la realidad y su rodillo, pero mientras, en fin, a lo mejor es cuestión de analizar si los gestos que se han producido después de un pequeño globo sonda invitan a tirarse al ruedo o a seguir calentando --¿por el momento?-- el ambiente en las gradas.


Los solidarios

Lunes, 29 de noviembre de 2004
El presidente y varios colaboradores de una pretendida ong solidaria de Huelva tendrán que responder ante la justicia por una decena de acusaciones de inmigrantes. Según la denuncia, los imputados se dedican a cobrar cantidades desorbitadas por gestionar el traslado de sus familiares a nuestro país, lo que nunca se lleva a cabo. No es la primera vez que salta a la luz pública un escándalo similar en el que a los que casi nada tienen le quitan hasta el casi, aprovechando su buena fe y su desesperación.

En Huelva hay otra ong, igual de solidaria, al parecer, que llega a cobrar por, ejem, agilizar los trámites, tú sabes, de la llegada de los papeles a los incautos que tienen la mala suerte de caer por allí. No ha trascendido aún porque ningún extranjero ha reunido el valor suficiente para ir a la policía. Y hace años un grupo de aprovechados fomentó encierros de inmigrantes en distintos edificios públicos de Huelva y Sevilla con intenciones similares. Los engañaban asegurando que así conseguirían permisos para quedarse en nuestro país. Acabaron incautándole los pocos papeles que tenían y sacándole la pasta que podían, horas antes de desaparecer a toda velocidad.

La solidaridad, ya lo ve, se puede convertir en negocio –abyecto, vil, repugnante, pero negocio—seguro: escaso riesgo, puesto que la clientela dificilmente reclamará dada su particular situación, y un amplio mercado, que alcanza su apogeo en los meses previos y posteriores al desarrollo de las campañas agrícolas. Nada más fácil que comerciar con la necesidad, con el miedo, con la miseria. Nada más asqueroso. Nada más despreciable.

Hombre pobre huele a muerto, escribió Machado. Inmigrante sin nada huele a negocio, dirán en la solidaria ong. Nada nuevo bajo el suave sol del invierno, en cualquier caso. Este asunto es, simplemente, una versión revisada de aquellos pícaros que se aprovechaban de ciegos o tullidos, o de aquellos buscavidas que acudían tras las batallas a rebuscar en los bolsillos de cadáveres y moribundos, por si apañaban alguna moneda. O de los saqueos a superficies comerciales que se producen tras incendios o terremotos en determinados lugares. Solo que este tipo de solidarias ong,s cometen sus supuestas fechorías con carnet, con una pretendida hoja de servicio, con coartada. Con un par. Y de forma organizada.

Pero no ocurrirá nada, aunque el asunto invita a no quedarse en esas denuncias y seguir profundizando: si nadie ha movido un dedo cuando el escándalo del crimen del jueves santo --el mayor asesinato racista de la provincia, que se ha saldado con un solo encarcelado y, sospecho, unos cuantos niñatos muertos de risa-- no creo que la reacción sea más furibunda por este tipo de prácticas. No vayamos a liarla, y empezamos por una ong y acabamos descubriendo un tinglado con más ramificaciones. Niño, cierra el periódico, y pon la tele. Mira a ver, que creo que esta noche sale Malena Gracia, que por lo visto ha cobrado por chupársela a no sé quien. Que eso sí que es fuerte.


Mohammed

Lunes, 22 de noviembre de 2004
Tuviste mala suerte, Mohammed, te lo escribí hace meses y me reafirmo ahora, que ha pasado el juicio. Mala suerte por nacer en tu país, por nadar con soltura en la pobreza, por oir hablar de los viajes en pateras, por descubrir que los que nada tienen, como tú, nada tienen que perder. Por soñar que el paraíso tiene grafía occidental, por decidír tirar hacia delante aquella noche de luna. Por alcanzar la orilla con sigilo, por arrastrarte por la playa, por confundirte con la noche. Por evitar que los latidos sordos de tu corazón te acabaran delatando.

Tuviste mala suerte, Mohammed. Te habías supuesto que el primer mundo iba a recibir con los brazos abiertos a los supervivientes, aunque solo fuera por pose, por calmar conciencias envenenadas, por reconocer a los que arriesgan lo único que les queda. Y lo que te encontraste, Mohammed, a tus años, fue bien distinto. Tuviste mala suerte, Mohammed, ya te digo. En vez de ser moro sucio, viejo e medio inútil tendrías que haber sido árabe, a ser posible un rico heredero de un reino especulador, muy bien relacionado con el lobby del petroleo y las armas. Ya verías si te iba a hacer le pelota, Mohammed, como se la hacen a los jeques que cada verano arriban por la costa del sol. Y ya verías, Mohammed, si la policía se iba a volcar en la investigación para encontrar a los culpables de tu asesinato a palos, Mohhamed. Si en vez de ser tuyo –ya sabes, un moro más, un escollo en el paisaje, una molestia para los viandante, un mal necesario, un escorzo en la sociedad del bienestar-- hubiese sido el de un árabe –no hace falta que te cuente la diferencia entre moro y árabe, a ti, que la tienes escrita en tus carnes— el cadáver que encontraron a las puertas de la estación de autobuses aquel jueves santo con restos de sangre nueva junto a la tuya. Nadie la analizó, nadie cayó en ese pequeño detalle, Mohamed. Tuviste mala suerte, ya te digo, porque en el juicio nadie protestó con la suficiente fuerza. Hubo una queja, y poco más. Que tampoco está la cosa para mucho fandango. Que a ver si nos vamos a liar, y tenemos que reabrir el caso, y algún listo sale pidiendo explicaciones de investigaciones deficientes y relajaciones varias.

Tuviste mala suerte, Mohammed. Nadie ha protestado, ni ha habido –salvo los artículos de Rafael P. Unquiles y las informaciones de Chema Rodríguez en estos papeles—quienes han levantado una palabra más alta que otra para exigir que esto no quede así, que puedes ser moro, viejo, no tener papeles, que tu maloliente presencia en las calles de la ciudad era un engorro, oig, para esos políticos que cada día se escardan el pelo con más tersura y garbo. Pero es que, en fin, Mohammed, eres una persona, y nadie tiene derecho a asesinarte, no sé si lo sabes. Y que, aunque sin nada, salvo tu desesperación, tu desgracia, tu miseria y tu vida, tienes derecho a una investigación eficaz y a un juicio justo. Y si alguien tiene que comerse un marrón –policial, judicial, social—pues que se lo coma. Sería un sano ejercicio, Mohammed, tú no lo verás, pero te lo mereces, de higiene pública. Y de justicia, aunque, Mohammed, te parezca un contrasentido.


La venganza

Lunes, 15 de noviembre de 2004
A Terry, Pitu, Perico, Luli, Atalanta, Sulta, Canela, Mora y Toni, in memoriam.

Un nuevo perro había aparecido muerto en isla Chica, envenenado al tragarse una de las bolas que desde hacía varias semanas estaban siendo esparcidas por calles, plazas y portales. Empezó a observarse, entonces, entre los animales, roces más prolongado, miradas más cercanas al cruzarse. Los vecinos, incluso, esa noche se sorprendieron de la rapidez con la que sus perros cumplían el habitualmente lentísimo trámite fisiológico. No había tiempo que perder.

A las doce y media perros y gatos fueron reuniéndose, sigilosos, en el solar convenido. Les esperaban, con gesto serio, los jefes, los labradores y los pastores alemanes, que se habían pasado los últimos días estudiando los movimientos nocturnos del barrio. Todo preparado.

Al poco llegaron ellos. Eran tres o cuatro, unos tipos avinagrados que, por lo que oyeron los gatos zapadores antes de regresar zumbando para informar, estaban muy molestos porque el celo de gatitas y perritas no les dejaban, pobrecitos, descansar por las noches. Los jefes caninos sonrieron, pensando que estos fulanos no eran los primeros que formaban la de dios es gato a cuenta de asuntos relacionados con, ejem, la naturaleza bulliciosa.

“Vale todo, menos probar, olisquear siquiera, las bolitas verdosas que llevarán consigo”, habían dicho los jefes. Uno de los tipos bajó del coche para retirar unas bolsas de basura esparcidas por la calzada. Y entonces ocurrió. Un par de bullterrier y varios boxers aparecieron de entre las sombras del portal, rechinando los dientes. Le cerraron la retirada una brigada de chuchos y un mastín, este último con ganas de quitarse de encima definitivamente su bien ganada fama de huevón. Por la puerta que había dejado abierta trataba de penetrar en el coche un pacífico doberman, secundado por los menos pacíficos bulldogs y rottweiler.

Todo se hizo siguiendo la estrategia largamente perfilada. Mientras unos actuaban, otros –los menos dotados para la guerra, chiuauas, pekineses, caniches—limpiaban usando su propio pelaje para evitar huellas innecesarias. Un baño colectivo redondeó la ocultación de pruebas.

Al día siguiente los periodistas informaban de la aparición de cuatro cadáveres en una calle de Isla Chica, muertos posiblemente en un ajuste de cuentas entre bandas rivales. Al parecer, en la pelea habían usado animales que, posiblemente, participan en combates clandestinos.

Entonces uno de los perros de los agentes, mientras buscaba drogas, encontró restos verdosos. En el portal más cercano un pointer negruzco le miraba grave y cómplice. El perro policía devolvió el gesto, lo entendió todo y, disimuladamente, retiró el incómodo hallazgo hasta la alcantarilla. Cuando volvió a fijarse en el pointer, éste le guiñó el ojo derecho y prosiguió el paseo.


Cine

Lunes, 8 de noviembre de 2004
“Yo de ti cogería ese avión y me marcharía en él. Si no, te arrepentirás. No hoy ni mañana, pero sí algún día”. Casablanca. Michael Curtiz.

El director de cine José Luis Garci ha asegurado en la última de las exitosas charlas de El Mundo –qué lujazo para esta provincia poder disfrutar de las conferencias que con tanto acierto coordina el escritor y periodista José Antonio Gómez Marín-- que las grandes películas son capaces de salvar una vida y recordó con especial melancolía el día en que descubrió que Hollywood no existe, que es un territorio mental. Se quedó corto el director de Asignatura pendiente: uno de los grandes traumas que cualquier niño sano debe tener es percatarse de que los actores no hablan con la voz que nos llega, que las películas son en sí mismas, que fuera del encuadre no hay nada, que los fotogramas engañan al ojo humano. Que ir al cine es disponerse a acudir a una mentira consentida, que la facilidad, maldita sea, con la que Bogart y compañía seducían venía en el guión. Que todo estaba preparado.

Que los pueblos del oeste donde se producían aquellos maravillosos duelos se plegaban nada más concluir la escena, que la adictiva maldad satisfecha que supuraba Sharon Stone se diluía al oir “corten”. Que Marilyn no es que entrecerrara la mirada para impedir que los hombres dedujeran sus verdaderas intenciones, sino que era miope. Que el pacto consiste en dejar que te mientan, a condición de que lo hagan bien.

“La cara de Bogart es el cine”, indicó, ante un auditorio embelesado, para explicar posteriormente que no hay mejor medicina para combatir la tristeza que una película de John Ford. Garci sabe –como usted, como Gómez Marín, como cualquiera—que es la vida la que imita –bastante defectuosamente, por cierto-- al cine.

La cara de Bogart es el cine. Y lo es el contoneo confuso de Ingrid Berman al entrar en Rick,s –“de todos los cafés del mundo has tenido que venir al mío”--, y el cuartucho aquel de siglos atrás, en la Belle Aurore –“qué es eso, cañonazos o latidos de mi corazón”--, y el paseo con el capitán Renault bajo la niebla. Y los sombreros de la despedida, y la avioneta preparada para partir. Y aquel encuentro –“todos conocen a Rick en Casablanca. Y a Victor Lazso en todo el mundo”-- y Sam –“tócala otra vez, si ella lo pudo resistir, yo también podré”--, y el vicio clandestino –“qué escándalo, qué escándalo, hay que cerrar. He descubierto que aquí se juega. Sus ganancias, señor. Gracias”--.

Holywood no existe, desveló Garci en Huelva. Fue una hermosa invención, un bendito engaño, un sueño plegable. Pero sobre, todo, ay, un modo de disfrutar el hecho de que durante dos horas la vida, ese animal rencoroso, esa caricia almibarada, le pase a otro.


Francisco y María

Lunes, 1 de noviembre de 2004
María fue la primera en darse cuenta: no le gustó aquel olor esquivo, como a piña huidiza, que le llegó desde más allá del montículo que tenía delante. No le daba buen aguero: era el mismo de aquella vez en que el Jacinto y el Julián quedaron atrapados dentro del pozo; y también el de aquella tarde de invierno en que Marcela iba a ponerse de parto, pero el bebé acabó haciendo un repentino escorzo, bloqueandose a sí mismo la salida y la ceremonia de la vida acabó derivando en la liturgia de la muerte. Idéntico que aquella vez cuando, sin que nadie acierte a explicárselo, el camión de Gregorio cobró vida propia y le pasó por encima cuando le hurgaba la panza.

Francisco, impedido desde hacía mucho tiempo, siempre tuvo explicaciones para todo aquello: un túnel muy antiguo y deteriorado, un problema con el cordón umbilical, una caja de cambios rota por el uso. Desde el asiento de conductor –disponía de permiso para ello-- miró a María como siempre la miraba en esos casos: con ternura, con curiosidad porque todavía un simple olor estimulase su imaginación. Se fijó en los pliegues de la piel que todavía siguen firmes en ese territorio de la memoria que dispone de suelos anaranjados y aires esponjosos. Miró a María como solo se mira cuando lo que se ve no es una imagen, sino una sensación. María le devolvió la sonrisa, entre resignada y jovial, como cuando no se sonríe a un hombre, sino a una idea hermosa.

Las llamas bajaban a gran velocidad. El coche no arrancaba. Ese olor.

Mientras él trataba de ponerlo en marcha. Al hacer un último esfuerzo atrapado entre el volante y el asiento. Y ella le aferró la mano. Y en su piel rasposa y ajada halló la paz que necesitaba, y el amor que necesitaba, y la fuerza que necesitaba, y la decisión que necesitaba. Y lo miró como cuando aquella vez en que él balbuceó que la quería, que era la mujer de su vida. Y cuando el sí quiero, y cuando los niños, y cuando las tierras, y cuando todo lo demás. Y agradeció al cielo que por fin pudiera decirle sin decirlo lo que quería decirle, que las palabras, esos tropezones del corazón, por fin sobrasen.

Y él le dijo que se bajara del coche, que corriera como nunca hubiera corrido, que le dejara allí, que su último pensamiento sería para ella. Y ella sonrió como solo se sonríe por última vez, cuando todo sobra. Y las llamas se acercaban, y el corazón galopaba. Y ella seguía sin desclavar la mirada, y sin desdibujar la sonrisa, y sin mover un músculo del cuerpo. Y el le imploró que se salvara ella. Y ella abrió más la sonrisa, y dijo “gracias”. Y se echó en los brazos de él. Y entonces, solo entonces, las llamas alcanzaron el vehículo.

Horas más tarde, los técnicos del Infoca, y los guardias civiles, y el juez de guardia, y los vecinos, no hablaban de otra cosa: del olor extraño, como a piña huidiza, que desprendía aquel coche y del abrazo profundo y desesperado que unía aquellos dos cuerpos que, si no fuese porque eso era imposible, se diría que, en realidad, era un solo cuerpo con una doble versión.


Tere

Lunes 25 de noviembre de 2004
No te he visto en mi vida, Teresa, o Tere, como te llamaban tus alumnos, tus compañeros y tu familia, pero sé de tantas Teresas, o Teres, que casi puedo adivinar el infierno en que se movieron tus últimos días. Me he fijado en cómo posas en las fotos que ha publicado la prensa: tenías una mirada densa y jovial, pero había un punto de amargura matizada que solo se descubría si se observaba largamente la imagen. Conozco otras Teresas, o Teres, que se llaman con diversos nombres posibles, pero en el fondo de sus ojos, alguna vez, apareció una soledad esquinada, un amor a contramano, un cubano sin papeles que pudo ser de Huelva o de fuera, un golpe alguna vez, una disculpa, una noche de lágrimas, una decisión, un miedo helado, una voz, otro golpe, otra disculpa, y otro golpe. Lo que ha cambiado en tu historia ha sido la virulencia de la agresión, el ánimo asesino de un malnacido, la sangre a borbotones, la gasolina, el coche ardiendo, la tragedia añadida del fallecimiento de tu abuela.

No te he visto en mi vida, pero puedo suponer las noches que pasaste ensayando el modo de decirle a ese hijo de la gran puta que no lo querías más a tu lado, suponiendo sus gritos, su mano levantada, su puño cerrado, su lengua restallando insultos. Te sospecho revistiendo de seda frases que solo pueden ser de hierro. O de bronce. Te puedo ver, Teresa, o Tere, como a cientos de Teresas que se llaman de otro modo, posponiendo la decisión para evitar represalias, soñando que no son sus manos las que te ensucian la espalda, ni su aliento el que te contamina la boca. Sé de tantas Teresas que podría describir cómo una y otra vez te arrepentiste de no plantarte, y esperar un día más –“tiene problemas, es comprensible, pobre, a mi en el fondo hasta me da lástima”--, y una semana más, y un mes más. Y puedo, Teresa, imaginarte a ti, y a todas las Teresas que sin saberlo encarnaste, revistiéndote de normalidad, y yendo al trabajo, y saludando a tus compañeros, y explicando el inglés a tus alumnos, y posando, sonriente, para la foto aquella. Y paseando con tu madre por tu barrio, y cuidando a tu abuela y preparándote la lección del día siguiente. Proyectando, Teresa, o Tere, una sombra de normalidad cotidiana sobre la que se deslizaba la tragedia.

Pero sobre todo, Teresa, o Tere, te puedo imaginar en el último momento, a ti y a todas las Teresas que en ese instante eras, deseando que fuera imposible, que eso no pasara, que no existiera ese jueves de otoño.Y te imagino en ese último segundo, Teresa, queriendo, como tantas veces, aplazar el momento, cambiar el guión.

Ahora, Teresa, estás junto a otras teresas que tienen otro nombre y una historia que olvidar. A las que me gustaría escribir otras vidas. Pero solo, Teresa, os puedo escribir un artículo que, te lo juro, está hecho con el hígado, con las tripas, y con el corazón. Un beso.


Políticos

Lunes 27 de septiembre de 2004
La ciudad de Huelva se dispone a asistir a uno de los periodos políticos más interesantes de los últimos años al ser considerada vital en las estrategias de los principales partidos en un corto plazo de tiempo. Los socialistas, tras la elección del secretario general de la capital, afrontan el nuevo curso político con toda la renovación hecha y sin interferencias internas que les disturbie, dispuestos a culminar su gran objetivo: volver a gobernar la ciudad. Mantener Huelva es, asimismo, el gran objetivo del PP, que también ser marca conservar la mayoría de los municipios de su cinturón –todo hace suponer que alguno perderá a favor del PSOE en las próximas elecciones-- y avanzar algo en zonas como la costa y el condado.

El gran reto del nuevo equipo socialista de la capital es recuperar el gobierno de la ciudad y en esa clave, según se interpreta en el entorno socialista, se ha confeccionado el nuevo equipo dirigente. De ahí la incorporación y la reubicación de varios pesos pesados en la ejecutiva: la ya veterana Cinta Castillo, a la que se confía una profundización del calado político del nuevo equipo; el sindicalista Luciano Gómez, del que se pretende aprovechar su ascendente en determinados comités de empresa del polo químico, una de las claves de la nueva etapa; o el periodista José Fiscal, que cambia de cometido, con quien se garantiza una buena gestión de comunicación, algo fundamental para que la sociedad entienda y calibre el mensaje socialista. A pocos observadores se escapa las destacadas ausencia de dos mujeres, Manuela Parralo y María José Rodríguez, ambas con parcelas de gestión muy definidas en la Diputación provincial.

Presencias y ausencias hacen colegir que el PSOE volverá a confiar en el portavoz municipal para la recuperación de la capital, en manos del PP desde hace una década. Los socialistas se apoyarán en la gestión de la Diputación, la Junta y la Subdelegación y tratarán de aprovechar la tendencia marcada en las últimas confrontaciones electorales en la ciudad, si bien es cierto que el PSOE como marca ha estado siempre por encima de los resultados del candidato, circunstancia diametralmente opuesta respecto al PP: el alcalde siempre ha obtenido mejores resultado que esa formación en la ciudad.

Frente a la ofensiva socialista, que considera que se halla ante una ocasión inmejorable de volver a gobernar la ciudad –en cualquier caso sería la última oportunidad para Díaz Trillo: o alcalde o nada— se situará un partido popular que está obligado a rentabilizar mejor sus logros –deberá emprender una política de comunicación similar a la de sus primeros tiempos-- y a no descuidar determinados flancos, por donde se le están colando invectivas que podrían ser determinantes. El alcalde y su equipo están obligados a reactivar su política de cercanía, la que le dio el triunfo en 1995.

La batalla de Huelva, pues, está comenzando. Promete emociones fuertes y grandes decepciones. Emoción y tensión. Escenas de terror y de comedia. Deguste cada acción, cada declaración, en clave política. Y cuando pasen dos años y medio, acuda a la hemeroteca. Ya verá qué cantidad de conclusiones saca.


La filtración

Lunes 20 de septiembre de 2004
Bueno, bueno, jeeeee,je,jeeeee. Vamos a ver como se nos da esto hoy, a ver si ésta me sale mejor que la anterior, que salí con pelos pillados en la gatera. Esta es gorda: a ver como acabo de enredar las cosas en el Partido Republicano Demócrata, para que todos terminen odiándose entre sí, nadie se fíe de nadie y yo salga a hombros. Tendré que meterle fuego al bosque, para que luego apagarlo. Así pasaré a la historia como el que sofocó el incendio, no el que lo provocó. Cuanto peor, mejor, que dijo Stalin. O alguien así, que tampoco tiene uno una cultura más allá de la cartilla Palau, y todavía tenía dificultad en colocar bien los palotes.

A ver, a ver. Jeeeeee,je,jeeeee. Un grupo de senadores máximos parece estar de acuerdo en una propuesta con un equipo y un nombre para que encabece el próximo comité de dirección. Mal asunto, porque si la cosa se arregla así, de forma espontánea, ¿cuál es entonces mi papel aquí, en el Comité Internacional de Gestión, en el departamento para asuntos de Chiquitistán? No, si todavía se van a dar cuenta de que solo sirvo para enredar. Nada, nada. Arreglemos esto. A ver, a ver. Hay un Diputado General que no aparece en esa propuesta, pero que por la importancia de la ínsula que gobierna está en condiciones de exigir un papel decisivo en el próximo comité. Bueno, bueno, esto va a ser más fácil de lo que parece.

Ya está hecho. Le han propuesto que encabece el próximo comité de dirección. Y hasta es posible que haya un consenso. Ahora un sector de las bases hará de forma oficial la propuesta, a la que se irán sumando más y más gente, por razones obvias. Pero, claro, ahí tendré aún menos influencia que ahora. Y lo que es peor, nadie de mis jefes pensará que yo he intervenido en algo. Y, glubs, se darán cuenta, difinitivamente, de que mi papel es prescindible. Que no sirvo más que para liar las cosas y causar daños personales. Y no podré acudir a más cócteles sociales, ni lucir mi simpar simpatía. Nada, nada, tengo que seguir quemando el monte, para que pueda seguir sacando mis lustrosas mangueras. Venga gasolina. Soy Nerón, en chiquitito: incendio Roma y toco la lira. Bueno, sé que es muy simplista la leyenda, y que a lo mejor es hasta mentira, pero es que en la Palau no venían mejores metáforas.

Que la opinión pública, así, conozca las tripas del Partido Republicano Demócrata, que sepa sus interioridades, y por tanto, que esta formación se coloque más cerca del abismo, no es importante. Lo importante es que yo sobreviva.

Bueno, bueno. Ya está: voy a filtrar a la prensa la propuesta, para que el Diputado General tenga que contestar con urgencia en cuanto un periodista le pregunte. Que se pronuncie ya. Jeeeeeeee,je,jeeeeee, si es que no me beso porque no llego. El jefe máximo creerá que ha sido alguien de los senadores conjurados, éstos del entorno del Diputado y éste del jefe máximo. Jeeeeeee,je,jeeeeeeee, y ahí entraré yo para mediar entre unos y otros. Y vuelta a empezar. Y todos creerán que sirvo para algo. Y los seguiré engañando.


Mujeres

Lunes 6 de septiembre de 2004
El Consejo de Gobierno de la Junta ha nombrado a María Isabel Rodríguez, ex concejal de Trigueros, nueva delegada provincial de la Consejería de Medio Ambiente en sustitución del discreto y eficiente Justo Mañas, que ha ascendido a delegado del ejecutivo andaluz en Huelva. No pasa desapercibido a los observadores que el nombramiento de una mujer al frente de un departamento tan sensible, una materia transversal que afecta al resto de las Consejerías, es un modo de reivindicar y subrayar la creciente influencia femenina en la administración. Una forma de explicar lo antiguo que queda que las mujeres se dediquen solo a Asuntos Sociales y, como mucho, Cultura. En Huelva, en la Junta, se ocupan, además, de la innovación, de la industria, del urbanismo, entre otros departamentos. Un guiño a los necesarios nuevos tiempos. Una apuesta firme por el acceso femenino a todos los resortes de influencia. Un acierto.

Hay quien ha querido ver en esta designación un paso más en el liderazgo socialista no solo en la gestión política, sino en la intrahistoria de esa gestión: el PSOE fue el primer partido en establecer el sistema de paridad hombre-mujer. Y no le han ido mal las cosas: ha recuperado el Gobierno central, mantiene solidamente la Junta de Andalucía y retiene con holgura la Diputación. Y en nuestra provincia controla la mayoría de los ayuntamientos, si bien es oposición en la capital y en su área metropolitana. La creciente incorporación de la mujer al mercado laboral y a los puestos de decisión tiene de este modo su reflejo en la política que hace el psoe: en esta provincia una mujer ocupa el cargo de portavoz del grupo de gobierno en Diputación, de vicepresidenta de esa institución así como la titularidad de diversas Áreas de gestión. En Andalucía una mujer es presidenta del Parlamento, vicepresidenta –a nadie escapa la influencia de Petronila Guerrero en la mayoría de los ascensos femeninos con marchamo onubense--, y titular de la mitad del gabinete de Manuel Chaves. Y en el gobierno central, una mujer ocupa el número dos del ejecutivo –ha sido la primera presidenta del Gobierno en funciones en la historia de España-- y más del 50% del Consejo de Ministros. Por no ponerme pesado con los cargos en el Congreso y en otros órganos. La sociedad, por lo que se ve, responde a la determinaciones coherentes.

Frente a ello, el principal partido de la oposición está obligado a hacer todos los retoques que sean necesarios para no quedarse atrás. Y no bastarán estrategias cosméticas sino decisiones fruto del análisis y la convicción. Tras el reciente y muy comentado relevo en un ayuntamiento, que ha sido resuelto impidiendo que una mujer se convirtiera en la primera alcaldesa del PP de un municipio de más de 10.000 habitantes –una arriesgada determinación de inciertas consecuencias, por cierto--, los populares están obligados a unirse a la ola de cambios sociales y colocarse al mismo nivel, al menos, que el PSOE en el reparto paritario de influencia política. Los nuevos tiempos lo reclaman. Y la lógica política también.


El emperador

Lunes 13 de agosto de 2004
“Lo importante es amar, no que te amen, escribió alguien. Menuda gilipollez”, le dice un lúcido, cínico y descreído Sacristán al hijo de la mujer que estaba hasta las cachas por él, con cuyo marido había hecho una férrea y sólida amistad. Ocurre en “Un lugar en el mundo”, una de esas patadas en el corazón, el pecho y las espinillas que se hacen droga, una de esas películas que tienes que paladear cada cierto tiempo para reafirmarte en determinadas convicciones, una de esas historias que se quedan impregnadas en esa sustancia elástica y esponjosa que de forma convencional llamamos alma.

Fue la primera película que vi en el Emperador, el cine ubicado en la calle Berdigón de la capital onubense. La recuerdo por sí misma pero, sobre todo, ay, por la liturgia que le rodeaba. No eran ajenas, claro, la oscuridad, ni saber que durante las dos próximas horas la vida le iba a pasar a otro, ni que lo que iba a oir y a ver no era más que ficción recreada. El cine es, en suma, otra realidad, más cercana a los sueños y la ilusión. El estado perfecto de cualquier ser humano cuerdo: observar, sin que te salpique, solo lo que te dejes, aventuras que siempre son ajenas. Y tiene uno asociadas esas deliciosas sensaciones al Cardenio, en Ayamonte, y al Emperador, en Huelva.

Ahora se ha conocido que el Emperador cerrará sus puertas en Octubre, tras más de 40 años de vida. Para los que somos de pueblo, el Emperador era la única forma que había de ir al cine si querías ver películas de estreno. “Regreso al país de los Emires. Tolerada”, decía la voz de la radio. Y uno iba, y veía el pais de los Emires, y se envolvía en fragancias orientales que solo se huelen en el cine. Y la piel cosquilleaba, y uno fantaseaba con los prodigios que iba a encontrar donde solo pueden estar, en salas cerradas y a oscuras.

Se cierra el Emperador, como se cerró hace poco el Fantasio, otro de esos lugares donde el corazón se me ha desbocado alguna vez. Como se van cerrando en las ciudades todos los cines-cines, con salas amplias, espaciosas, a favor de microsalas un poco más grandes que el salón de casa, donde todos los caballos majestuosos que intervinieron en la caída de Toro Sentado se convierten en pequeños ponis, donde los grandes besos no dejan de ser castos piquitos. Estoy casi convencido que una un multicine, Bogart tomaría Bitter. Sin alcohol, naturalmente.

Espero que ocurra con el Emperador lo que con el Roxi, según cantaba Serrat. Que los fantasmas que alguna vez han tomado cuerpo entre tinieblas, que esos tipos que te han hecho gozar, y sufrir, y maldecir, y estremecerte de miedo o de gozo, y soñar, y reir, y llorar, lo pongan difícil. Que boicoteen las piquetas, que un batallón de lanceros bengalíes tome posiciones en las puertas, que Lara Croft seduzca al arquitecto y le robe los planos del edificio nuevo, que en el último minuto, como en las mejores películas, alguien llegue y mande parar el derribo. Y luego pongan el The End. Que será, como todo en el cine, de mentirijillas.


El Inconsciente

Lunes 24 de agosto de 2004
Dí que sí, chaval. Tú que vas a ser consciente, tú qué va ser culpable de nada. Culpable la sociedad, que te ha hecho así. Los ciudadanos, que no se mojan en contra de la inmigración; los moros, por buscarse tan provocadoramente aquel lugar para pasar una noche. Habrase visto: atreverse a usar una estación para dormir, teniendo hoteles y hostales. Pero tú, nada, chaval, chico. Tu no eras consciente. Lo mataste a palos, y los otros dos escaparon en tablas, pero igual podías haber ido allí a pedir el horario de autobuses para Matalascañas. Ya sé que las tres de la mañana es una hora un poco rara, pero recuerda, muchacho, que tú no eres conscientes, y tienes una percepción de la realidad un poco, como decirlo, a tu manera. Eso, a tu manera. Que no acababas de discernir si en tu reloj ponía las tres de la madrugada o de la tarde. Seguro que te enfadaste. Y claro, qué ibas a hacer. Pues matar a un moro y mandar al hospital a otros dos. Quien no, chavalín.

Dice tu abogado en una brillante información de Chema Rodríguez en estos papeles que tú eres un enfermo, no un asesino. Que estas mal. Poco menos que hay que tenerte pena. Y tiene razón, hombre. Estás regular de la azotea y no eras conscientes cuando blandiste el bate de béisbol, cuando te escondiste la navaja, cuando asestaste uno a uno los golpes que iban quitándole la vida poco a poco –el trabajo, siempre bien hecho, muchacho, que sepan cómo se curra aquí-- a un anciano pobre, muerto de frío, con hambre, que cometió el tremendo delito de llegar hasta nuestra tierra pensando que podía encontrar algo para subsistir. Pero ahí estabas tú, valiente, machote. Bueno, disculpa, me estoy pasando con los halagos, porque sé que tú no eras consciente de tu heroicidad, y actuaste por instinto. Igual podías haberles pedido la hora, que no te acababas de aclarar, tan poco consciente como eres. Ya sé que usar un bate de béisbol y una navaja para reforzar una pregunta está un poco fuera de lugar, pero es que el sueño de algunos es demasiado profundo y hay que emplear métodos expeditivos para despertarlos.

Tú no te preocupes, chaval, muchacho, que tampoco hiciste nada malo, y de todos modos no eras consciente de nada. Ni siquiera cuando por efecto de la paliza crujían los huesos de la cabeza, de la cadera, de las costillas, de las piernas, del cuello de esos temibles invasores. Cuando la sangre de aquellos desgraciados –te sorprenderías, supongo, de que fuera roja, como la tuya, como la mía. Que estuviera caliente y densa. Bueno, supongo que tampoco serías consciente de eso—bañaba los cartones donde dormían los muy hedonistas. Búscate, chico, esa palabra en el diccionario, que supongo que no eres consciente de su significado.

Nada, chaval inconsciente. No tienes por qué preocuparte. Seguro que nadie sospecha nada y en un pispás se arregla todo. Aunque hay algunos, ya sabes, gente extraña, que opina que quizás “no consciente” no es la mejor forma de definirte. Que quizás te venga mejor otro concepto. Más cerca de la Celestina, más lejos de Freud. Mi heroe.


Copla

Lunes, 9 de agosto de 2004
No es canción, se llama Copla y cabe dentro la vida

Carlos Cano.

El Festival de Música de Ayamonte, que ha vuelto a las manos del artista Florencio Aguilera –qué bien glosó ayer el maestro Garrido Palacios el municipio que servirá de escenario de este prestigioso certamen, qué afine en el adjetivo, qué carnosidad supo inocular a su explicación de la luz que baña el anochecer tras los montiños—abrirá este miércoles su programación con una noche de coplas y de fados. Comparten estos dos palos un tronco común –melacolía certera, cierto alejamiento estratégico de sus respectivos orígenes y, en menor medida, cierta saudade, concepto intraducible que denota al mismo tiempo nostalgia, sentimiento y ternura—e imprescindibles divergencias, entre las que no se encuentran, desgraciadamente, su adscripción política. Andan historiadores de su ombligo, exegetas de palabras hueras y demás plastas homenajeando a Onán en una nueva revisión de oh, ah, la importancia de la canción popular en los regímenes políticos. Y, naturalmente, ya han caido unas cuantas figuras de la copla por su adscripción –presunta, ya sabe usted que el artisteo de la época bastante tenía con buscarse la vida para menear el bigote un par de veces al día—a cualquiera de los dos bandos en conflicto durante la guerra civil, y su posterior consecuencia en la posguerra. Qué pesadez: ahora han recuperado la copla no para disfrutarla sino para exhibirla como elemento de confrontación... varias décadas después. Angelillo contra Concha Piquer. Chiclanera contra Ojos verdes. Todavía. Qué antigüedad.

Un tipo que amaba la copla, Carlos Cano, dejó escrito que “la dictadura la marcó intelectualmente como algo propio: casi la orinó como un perro a su árbol”. Sin duda fue así, y por eso la copla nos llega aún unida a una época tenebrosa. Como ocurrió con los toros y el fútbol, si bien estos dos espectáculos ya se han sacudido su herencia pasada. Un natural de José Tomás y un quiebro imposible, aparentemente sencillo, que desafía la geometría, las matemáticas y la lógica de Zidane, han permitido separar el envoltorio pasado del brillo presente. Discernir entre su contexto pretérito y el actual. La paja del grano. No ocurre así, todavía, con la copla. A pesar de los tonos canela, suaves, embriagadores, susurrantes, envolventes, deslizantes de Pasión Vega, de Clara Montes o de María Vidal, que abre el certamen ayamontino.

La copla y la política. Todo fue un cuento malo: la pegajosidad del régimen franquista no fue más que una detestable estrategia para que los ciudadanos unieran -¡como algo bueno¡- la dictadura y la canción. Y lo consiguió, desgraciadamente. Pero no del todo. La copla, en fin, había que comer, testimoniaba un voluntarismo ideológico determinado: efectismo, nacionalismo, majeza, pero, ay, no podía evitar cierto número de contrasentidos: el inmoralismo evidente en la mayor parte de personajes femeninos y una tristeza de fondo que pretendía acolchar la experiencia de un pueblo que había pasado por la experiencia de una guerra.

Ya lo escribió Carlos Cano: la copla fue la voz de la marginación moral, el dolor y la soledad de las mujeres maltratadas, padres y mariquitas; la terrible moral de una sociedad reaccionaria y represora. La clandestinidad moral se esconde, entonces, entre las coplas, en el humo del cabaret y el puticlub de carretera, donde mantiene vivo su punto vital, prueba del carbono 14 de su poder emocional, hasta que la memoria histórica y sentimental de España la recupera reconociendo en ella el valor de la referencia, el punto para reconstruir la memoria de una música que narra la pasión de vivir el amor como principal valor. El festival de Música de Ayamonte empieza con coplas. Empieza, pues, muy bien.


El alcalde

Lunes, 2 de agosto de 2004
Ahí estaba usted, don Narciso, con su mono de honrado trabajo, su barba de dos o tres días, su indignación --"¿pero como es que se van los equipos, se se acaba de reactivar el incendio y vienen otra vez las llamas?"--, su mundología --"este incendio solo se va a acabar cuando ya no haya monte para quemar"-- y su tesón. Y ahí estaba su colega --"Manolo, sube conmigo, que esto lo tenemos que afrontar nosotros, si no, de qué"-- y su manguerilla. Y ahí estaba el fuego, don Narciso, que como usted perfectamente sabe tiene vida, es traicionero y en un pispas te hace la envolvente y te la juega.

Pero sobre todo, don Narciso, ahí estaba usted, vistiendo el cargo de alcalde no con trajes perfectamente cortados, ni con corbatas compradas en la boutique más pijorra de Madrid, ni con ademanes de aparatchick del estado. Vestía usted el cargo con la dignidad que imprime la ropa de faena y la mirada limpia y decidida, que a ver cuantos de los de su profesión pueden decir lo mismo. Era usted el alcalde más alcalde de todo el pais en ese momento, Don Narciso. Muy pocos regidores se la estaban jugando por defender lo único que tenía usted y sus vecinos: sus escasas posesiones, sus tierrucas, sus animales. Su forma de vida. Su plato diario. Y de paso, su dignidad: "¿como cogno voy a tranquilizarme, si estoy en lo alto de un tejado, el fuego avanzando rapidamente para acá, mis tierras arruinándose y ustedes acaban de levantar sus equipos?".

Tuvo que elegir usted, don Narciso, entre salir zumbando, como le aconsejaban, o quedarse ahí para defender lo suyo, que era lo que le pedía el cuerpo. "¿cómo voy a irme, si lo que tengo es esto? Si me voy, me arruino, y nos arruinamos todos, y perderemos las casas, y las tierras. Y todo. Manolo, mira a ver si podemos enchufar la manguera a algún sitio".

Y ahí estaba usted, don Narciso, siendo alcalde de su aldea, ganándose de verdad un lugar en la posteridad, haciéndose acreedor de un monumento, al frente de dos o tres vecinos, como un general al mando de sus ejércitos. Iba a escribir "erguido orgullosamente frente a la fatalidad" pero sé que usted no aprobaría esa cursilada, que mejor se la endilgamos a otros alcaldes con más pedigrí y menos agallas --"a ver, concejal, recuerda esta frase para cuando tengas que dictar mis declaraciones a algún plumilla amigo: erguido orgullosamente ante la fatalidad. Si es que soy un literato. O como se diga"--.

Y el fuego atacó, como lo haría, en efecto, un batallón enemigo, sus flancos débiles, que a esas alturas, don Narciso, eran todos. Y ahí estaba usted, con Manolo y la manguera. Multiplicándose, tratando de aplacar las llamas, que a esas alturas se habían desdoblado --usted sabe que crepitan con un sospechoso ronroneo antes de abalanzarse, incluso que tras acabar su trabajo se alejan con un paso más seguro y parsimonioso-- y amenazaban la cuadra. Y daba gusto verlo corriendo de un lado a otro, defendiendo su posición ante el avance enemigo, estableciendo pequeños cortafuegos, instalando trampas a las llamas. Achicando los espacios para no dar tiempo a que el enemigo piense --las llamas se encorvan en su retirada si escapan derrotadas, solo hay que fijarse un poco para comprobar que el estado de ánimo del fuego no es siempre el mismo--, haciéndole escoger el camino que uno quiere y esperarlo unos metros más allá, para acogotarlo.

Ahí, en fin, estaba usted, don Narciso, dignificando el concepto de alcalde, consumiendo horas y horas en su pelea. Echándole narices. Poco a poco les fue ganando terreno a las llamas, que ya les quedaban a esas alturas pocas ganas de crepitar. Dicen que se retorcían, que trataban de envolverle escondiéndose con sigilo tras su casa, que hubo un momento en que intentaron atacarle haciéndose las muertas e incorporandose subitamente. Y les puso en retirada. Y su aldea se salvó. Y usted le quita importancia a lo suyo, explicando que no le quedaba otra, que era la pelea o la ruina. Que cualquiera hubiese hecho lo mismo. Da gusto, don Narciso, saber que quedan regidores como usted. Son muchos alcaldes, en fin, los que juegan con fuego, pero muy pocos, de ahí, su mérito, los que le derrotan. Así que ya sabe, don Narciso, aquí tiene usted un votante moral. Siempre que se comprometa, por supuesto, a no cambiar jamás la honrada ropa de faena por la corbata.


Julio

25 de Julio
Tú quizás no los sepas (eres joven y te crees que siempre fue así: aire acondicionado, ordenadores que te permiten consultar la prensa de Chile o la hora de las mareas al sur del Cabo de Hornos y teléfonos móviles para quejarte --oigh, Piluca, este torrado me está fustigando la permanente y me está poniendo el cutis al bies--) pero entonces hacía el mismo calor a finales de julio y no pensábamos nada del cambio climático, ni del agujero de ozono, ni de la polución: era verano porque hacía calor, y hacía calor porque era verano.

Tú quizás no lo sepas --hay claves que solo se entienden si jamás las aprendiste-- pero entonces la única alerta roja fiable era la que emitía el sol cuando dejaba tras de sí un sombreado de sangre al ponerse sobre los montiños. Los hombres no se echaban a temblar como ahora --uigh, que subidón, voy a incrementar un par de grados la climatización de mi coche-- sino se encogían de hombros, lo consignaban a efectos de inventario, pensaban que malo sería el día en que julio marceara, y noviembre agostase, y preparaban equipaje doble de pañuelos. Y entendían que la tierra humease, y los animales marcasen el paso con más brío en dirección a la alberca.

Tú quizás no los sepas (eres joven, insisto, y te crees que el tiempo siempre lo ha dado en la tele una chica pizpireta) pero ya entonces julio mordía por la espalda y su aliento derretía las hojas de los calendarios. En el mejor de los casos los amarilleaba con inusitada antelación si no estaban suficientemente resguardados.

Ya entonces los hombres del campo calculaban si el verano no se estaba tomando más a pecho de lo debido su obligación, y ya entonces concluían que no, que cada julio es, en realidad, el mismo julio. Que la caló se renovaba, pero su mordisco era idéntico al mordisco del julio anterior, y del julio de 100 años antes. Un tizón grave, una puñalada candente. Un incendio invisible en mitad del almanaque. Un abrazo que achicharraba del que no te podías despegar.

Julio era el tiempo de la caló, tan pegado a la tierra: julio es Puerto Hurraco, y los primeros deguellos de la guerra civil. Julio y la sangre: fiestas de cuajarones resecos en los pueblos donde una vaquilla, o un burro, o un pato, o una cabra acaban siendo descuartizados para mayor gloria del patrón.

En el tiempo de la caló un animal siempre tiene la culpa: se acaba de saber que un veterinario fixoputa degolló en pleno rocío a un pobre mulo, cuyo dueño no quso pagar los 100 euros que, al parecer, costaba la inyección que le hubiese permitido morir sin dolor. El animal --el animal es, como usted supone el propietario del desdichado cuadrúpedo-- se negó a semejante dispendio. Espero que, en justa correspondencia, si alguna vez el sujeto necesita una operación, tipo amigdalitis, o así, alguien caiga en la cuenta y alivie nuestra contribución colectiva a la seguridad social retirándole la anestesia. Sería un detalle.

Tú quizás no lo sepas pero siempre fue así: y solo ahora --oigh, voy a darme otro bañito-- andamos con alertas y pamplinas. Julio, ya lo escribió Barbeito, es una siesta, una mujer gozosamente aliviada y mucho tiempo para perderlo. O para ganarlo.


EL TEMBLOR

Lunes, 12 de julio de 2004
Hay más de un cargo publico onubense al que le pitan los oídos. EL MUNDO HUELVA NOTICIAS, en su leída –y temida—sección “el rompecabezas” ha informado de un determinado dossier que circula de despacho en despacho, de mesa en mesa, que, al parecer, recoge las “actividades de ocio” de uno de esos sujetos que salen diciendo cosas serias y graves, poniendo cejas altas. El periódico no da más señales por lo que más de uno se ha echado a temblar. Desde aquí pido que se publique o la identidad del fulano –para tranquilidad del resto y cotilleo del público en general—o las entretenidas actividades en sí que recoge el documento, para solaz y diversión de los que somos lectores mirones. Y si puede ser ambas cosas –identidad y circunstancias-- pues mejor.

Hubo un tiempo en que los dossiers formaban parte de la cotidianidad, del lenguaje tácito de los negocios más o menos transparentes y de la alta política, que se mezclaban tanto. Salía más rentable pagar a una agencia para que siguiera a un fulano durante un mes y, con todos los puntos débiles sobre la mesa, negociar en condiciones ventajosas que partir desde similares posiciones. Acuerdos inexplicables tenían, después lo supimos, su interpretación: había un dossier por medio.

Cuenta Alfonso Rojo en uno de sus libros el caso de un político de recta moral, honesto, gris en sus costumbres, familiar, amante de su esposa e hijos, al que su partido le incluyó en la Comisión de Secretos Oficiales del Congreso. Un periódico se marca como objetivo publicar determinada lista de personas vinculadas a un importante chanchullo que solo podían conocer los miembros de esa Comisión. El diario contrata a una chica para que le líe y, a regañadientes, con mil dolores horadándole la conciencia, al final el pobre protagonista acaba en la cama, por primera vez y prometiéndose que será la última, con la muchacha. Al día siguiente, unos periodistas le convocan, le muestran las fotos y le exigen la lista de la Comisión si no quiere ver publicadas sus grasientas nalgas en posición poco vertical. El hombre, desquiciado, hundido, maldiciendo sus huesos, arrepentido, acaba traicionando sus principios y entregando la relación de personas. Al día siguiente aparece en el periódico, uno por uno, los nombres de la lista y... su foto con la rubia y unos interesantes accesorios, bajo el título: “el diputado se divierte”. El político acaba colgándose de la lámpara.

Hace años un anónimo dossier recogía que dos egregios responsables de una mancomunidad sevillana estaban cargando con la Visa de esa entidad sus visitas a un reputado establecimiento. Y recientemente un dossier ha revelado las alegrías de un alto cargo del gobierno balear, que tuvo el cuajo de pagarse una lumi del club moscovita Rasputín con cargo al presupuesto público (el pueblo debe procurar el disfrute de sus gobernantes para que éstos ejerzan mejor su trabajo, debió pensar con ocho o nueve vodkas de más. A ver, Ruski Petrova, sube conmigo, que quiero que me toques la balalaika). Y más casos, que precisarían varias páginas. Ya sabemos el qué. Ahora hay que preguntarse para qué. ¿Cuál será el objeto del dossier que circula de despacho en despacho por Huelva?.


La inmoralidad

Lunes, 5 de julio
---Como te lo cuento: resulta que un matrimonio de Villanueva de los Castillejos ha tenido el cuajo de relatar en televisión el modo en que tres niñatos violaron repetidamente a su hijo de cuatro años.

--Si es que hay gente que... Hombre, por favor, que estamos hablando de un chaval que tiene la edad de mi hijo, y la de los agresores debe ser como los tuyos.

---Si. Mira, por aquí vienen. Tomaos un refresco, mientras esperamos a vuestras madres, que siguen de compras, o en la peluquería. ¿O era en el gimnasio?

--No recuerdo. Me da igual. Oye, por cierto, como sigue eso que me contaste, lo del ayuntamiento?

---Bah, perfecto, sin problemas. Como en otras ocasiones, el concejal de urbanismo ha aceptado el 7% de la comisión y lo va a arreglar todo. El alcalde se lleva el 5%, y solucionado. Ya le he dicho a los de la promotora que me coloque el dinero, en b, por supuesto, donde siempre.

---Si es que eres un figura. Niño, no sorbas el refresco. Pues yo estoy ahí con el tema de la finca, macho. El encargado pone a trabajar a los sin papeles por las noches, y por el día los esconde en la parte de atrás de los invernaderos. Pero claro, con estas calores, xoder, ya han palmado dos negros.

---Bueno, ya les interesará a sus compañeros no levantar la liebre, no te preocupes. Y tu negocio de las camisetas, como va? Niño, ¿te quieres estar quieto?

---Viento en popa, tío. Me hacen las prendas en el sur de Pekin. Y como los que las fabrican son niños de entre 5 y 11 años, que trabajan 15 horas al día, sin ventilación, casi a oscuras, no salen, no gastan nada, no conocen otra cosa... Macho, que me sale baratísimo.

---Tú si que sabes. Pues Ignacio me ha dicho que en cuanto te llegue la partida, que le avises, que tiene un chanchullo con una empresa de chinos, o filipinos, o algo así, que tienen un negocio de copias de cd,s, de estos de los top mantas, que ahora también falsifican marcas. Que le pega el lagarto, o el jinete jugando al polo, lo colocamos como otras veces, sobornando jefes de compras, y le subimos un 70%. Yo pongo las planchas, eh. Que tengo a tres moritos instalándomelas en la nave. Luego no les pagaré nada, y les amenazaré con decir a la policía que son del 11-M. Y ya está. Niño, con el refresco. No hay nada más pesado que tener a varios niños en la mesa.

---Sí. Por cierto, despues, ejem, iremos a celebrar los negocios donde otras veces, ¿no? Ya sabes que me encantan las niñas de entre 14 y 17 años.

---Si, claro. Miguel me ha dicho que ha género nuevo, un ballet infantil de Ucrania, o algo así. Las niñas se han escapado durante una gira, por lo visto. Todo nuevo.

---Perfecto. Niño, quieres dejar ya de sorber. Desde luego. Por cierto, macho, a ver si hablamos con Manolo, y que le diga al director de cualquiera de las teles que controla que le metan caña al matrimonio que fue a Tele 5. Me parece obsceno que salgan contando esas barbaridades. Me parece una inmoralidad.


Portugal

Miércoles, 30 de junio de 2004
Entonces ya ocurría. La radio –ese cordón umbilical que me mantenía unido a ese trazo de realidad tratada que de forma convencional llamamos actualidad—hablaba portugués. Sobre todo los domingos por la tarde, en que los goles –ya he expuesto alguna vez que por la radio todos los goles son golazos, no como en el estadio—suavizaban la cercanía amenazante del lunes. Y hablaba en un portugués cerrado y rápido, vibrante. Los locutores deportivos portugueses que vivían en mi Vaguard verde alargaban y arqueban las eles de los golllleeesss cosquilleando el velo del paladar un buen rato, como hacían los españoles. Pero flotaba en sus frases puntiagudas una musicalidad mullida, confortable, que jamás encontré en Paco Ortiz, en Vicente Marco, en Pepe Bermejo. Un ritmo que a fuerza de artificioso me parecía entrañable. Por eso mi radio hablaba a ratos español, a ratos portugués. Porque buscaba la familiaridad de las alineaciones –llegué a memorizar unas 20 la temporada 79-80, incluidas las del Hercules, el Recre, el Elche y el Cádiz—pero también los tonos anaranjados y grises que desprendían las palabras esquinadas, zigzaguentes, envueltas de una tristeza laxa, de los narradores lusos. O Sportingggggg de Lissssboa, decían, cerrando mucho los labios, dejando pasar a duras penas el último tramo de la palabra, que en realidad era la última mitad del equipo. Era una gozada oirlos. No encontré un ritmo parecido en ninguna otra radio.

Ahora he vuelto a descubrir a los narradores portugueses coincidiendo con la eurocopa. El diccionario se les quedó pequeño la noche en que eliminaron a Raul y al resto de las grandes personas y mejores futbolistas, o al revés, que ahora me lío, que representaban a España. Empleaban nuevas palabras pero.... el ritmo era el mismo. Idéntico el ahormamiento de las eses líquidas finales. Iguales las dificultades para sacar el último tramo de la palabra. Nunnnnooooo Gomessssss. Con ese ritmo esponjoso, con esas palabras hinchadas. Desde entonces yo voy, por supuesto, con Portugal.

Y más después de poner en su sitio a Raul y el resto de la panda. Ya iba, de hecho, las tardes lentas en que mi radio conectaba alternativamente en español y en portugués con el Colombino y con el estadio Das Antas. En que Eusebio jugaba en mi equipo, abriendo las puertas a Dirceu, otro crack. Ya iba aquellas tardes en que rechazaba que Portugal fuese el extranjero, como venía en mis libros de geografía. Cómo iba a serlo, si podía verlo al otro lado del río, con sus montiños sombreados y sus casitas blancas. Cómo de extranjero, si lo encontraba en el acento de mis abuelos, en las conversaciones cotidianas de mi madre y mis tías. Cómo de extranjero, insisto, si hubo un tiempo en que podía pensar en portugués y hablar en español al mismo tiempo. Como va a ser Portugal el extranjero, si todavía forma parte del primer paisaje leve –un río, unas barquitas, un campo reseco— en que descubrí que la frontera –la alfándega—está ahí no para dividir paises sino para separar acentos. Se va a enterar Holanda.


Espectacular operación

Lunes, 7 de junio de 2004
El sargento Arensivia estaba nervioso esa mañana. No era para menos: hacía tiempo que no le encomendaban una misión tan delicada, tan peligrosa, que exigiera tanto tacto y tanta maña. Así que se pimpló de un solo trago el carajillo, se acabó de abotonar la guerrera, comprobó que la porra –la defensa, le llamaban los cursi, manda narices—estaba en su sitio y en perfecto estado de revista. Y salió del bar con el aliento incandescente y la mirada rojiza.

Ordenó a sus hombres que formaran y les echó una arenga. Todo lo que hacemos es por el bien de nuestro deber y para cumplir con los ciudadanos. O quizás lo dijo al revés, pero tras el quinto carajillo de la mañana ya no estaba para muchas florituras verbales y las palabras le salían sin pulir. El caso es que dijo sus y a ellos, se echó mano al paquete, se volvió a colocar el último botón de la camisa –es que tengo tanto músculo que esto se me sale cada dos por tres—y ordenó que se iniciara la misión.

Los peligrosos malhechores estaban a lo suyo. Si Arensivia y sus hombres –voy a proponer crear una unidad que se llame “Los hombres de Arensivia”. Me suena de algo—no los conociera tan bien podría decirse que eran pobres inmigrantes, con la necesidad mordiéndoles el estómago, con la sorpresa y la resignación asomándo por su mirada. Con sus cd,s desperdigados por la manta, con los músculos dispuestos a recoger rápido y salir zumbando si huelen a la policía. Pero, ja, a Arensivia se la iban a dar. Esos tíos eran lo que eran: un riesgo para la sociedad, una cuña en la convivencia, lo peor de lo peor. Un tropezón en los orondos beneficios de las compañías discográficas, sí, pero sobre todo, y eso es lo que me molesta más, chicos, la demostración palpable de nuestro fracaso: la gente los ve y piensa que no sabemos acabar con este gravísimo problema.

Son muy dañinos, seguía largando Arensivia, tras un nuevo coletazo, ya con la guerrera desabotonada y el aliento derritiendo las junturas de las puertas del furgón. Así gue a ellos, shin mmmiramientossss.

El resto ocurrió en una concurridísima calle peatonal. Carreras azules y negras. En la persecución se llevaron por delante varias chicas, que acabaron necesitando asistencia médica, golpearon carritos de bebés –algunas madres tuvieron que refugiarse en las tiendas--- y propagaron el pánico entre los viandantes, que no sabían qué estaba pasando. Gritos, sirenas. Una mujer lloraba mientras abrazaba a su hijo de 4 meses para protegerlo de tan vibrante operación. En su desesperada huida, un vendedor, que era acosado por una turba azul con porras fáciles, chocó contra un escaparate –ahora sé como suena el hambre, la necesidad, el desarraigo, el desconsuelo, todo junto— y estuvo a punto de abrirse la cabeza. Heroicos agentes, sí señor. Ya está en el suelo: toma, toma, toma. Para que aprendas, Mohamed. A ese, que se va. Ponle la plancheta. Toma, toma, toma. Y las esposas. Y para que no se escape, la pierna, encima, como el de Gran hermano. Ja,ja,ja, la pierna encima. Qué golpes tengo. Y que lo diga, Arensivia. Qué golpes tienes.


CUENTOS DE HADAS

Lunes, 24 de mayo de 2004
Una profesora de la Universidad de Huelva ha publicado un estudio en el que desmitifica los cuentos de hadas como herramienta educativa para adolescentes. Las fregoncitas que aguardan, entre suspiros flácidos, la llegada de un príncipe azul que les dé un casto beso y las saque de allí para llevarlas a palacio, donde dormirá sobre múllidos colchones, son víctimas de patrones equivocados de conductas, viene a razonar la autora del trabajo. La mujer no debe esperar que la salven, sino actuar. Los príncipes para quien se los trabaja, que diría Letizia. Si es que quieres un príncipe, claro. Que no tienes por qué querer nada.

Los cuentos de hadas, en fin, son unidireccionales y, en su inmensa mayoría, conservadores. Con enseñanzas anacrónicas e ideología ultra. Pero qué quiere usted que yo le escriba... o le cuente. Que ya lo sé, que esos relatos se las traen. Que son nocivos para la mente, que contienen enseñanzas machistas y lo que usted quiera. Pero han sido tantos días perdiéndome en ellos, disfrutando de reinos lejanos, de frágiles princesitas, de doctos magos, de osos parlantes, del bien y el mal claramente señalados –en la vida real esos dos conceptos se confunden, se superponen, mutan, y no hay forma de distinguirlos--, de briosos caballos, de niños heróicos, de tímidos soldaditos, de molineros pobres con hijas hermosas, de flautistas carismáticos, que es imposible que pueda mirarlos desde un prisma así de objetivo. A fin de cuentas, uno es lo que leyó.

De hecho, daría la mitad de mi techado por volver a leer por primera vez esos cuentos y degustar sensaciones iniciaticas. Por zamparme la casita de chocolate --¡de chocolate¡-- una tarde de verano, y perderme en medio del bosque siguiendo unas miguitas de pan, demostrándome a mí mismo que soy capaz de salvar cualquier situación, por terrible que sea. Y superar mi aversión a las verduras devorando pisto, junto a Pepillo Gordón. Y qué pugnetas, por galopar sobre un corcel blanco y pegarme el pegote de salvar a una bella damisela que duerme desde que la muy torpe y miope se pinchara con una rueca (qué palabra más bonita: con bordes un poco rasposos, para evitar endulzar más el ya de por sí empalagoso cuento). Y ser el lobo de la casquivana caperucita (es imposible que una niña no distinga entre su abuelita y un animal, lo que me indica que tanta pregunta aparentemente ingenua respondía más bien a una vieja táctica de seducción. La víctima, siempre lo supe, fue el pobre y desconcertado lobo).

Y tener un amigo tan fiel y a la vez tan independiente como el gato que se calzó las botas de siete leguas. Y pegarme el vacile de comerme todo lo comestible una vez transformado en bello cisne. Y crear una asociación contra la violencia doméstica para acoger a Cenicienta. Y ser tan sabio como el niño que descubrió que el emperador iba desnudo, y tan valiente como para reconocer que tengo miedo, como Juan sin idem. Y tan perseverante como la madrastra de Blancanieves. Y poder visitar a los tres cerditos para darle un capón al mayor, por creerse más chulo que sus hermanos. Pero sobre todo, regresar a mi cuento favorito, el de los siete cabritillos –la moraleja es que las apariencias siempre engañan--, reventar la puerta con unas tenazas, dejarme de preguntitas liantes y darles lo que se merecen a esos chivitos pijas. Entre ellos y yo hay algo personal.


Manolo Peral

Martes, 18 de mayo de 2004
El fallecimiento de Manolo Peral, una de las voces históricas de la radio de Huelva, ha seguido mermando a ese medio de comunicación de sus referentes históricos, de sus más famosos hacedores. Manolo Peral antes de ser una persona fue una voz, claro. Una voz oscura, elegante, ligeramente arenosa. Una voz cóncava, al estilo de antes, que había que vocalizar correctamente para salir a antena. Lo ha dicho Juana Ginzo: “ahora entonáis como aguda la primera palabra y acabáis preguntando pamplinas mal enfatizadas”. Una maestra.

Peral formaba parte de esa generación de locutores –qué palabra tan bonita, locutor: ahora prefieren llamarse comunicadores, o incluso cosas que suenan peor—que se metían en la vida de uno por el oído, que es un sentido resbaladizo y generoso. De esos que uno conoce antes de verlo. De esos que entonaban como manda el sentido común y preguntaban cosas sin, necesariamente, creerse más chulo que el entrevistado. De esos que, además, igual editaban un informativo que presentaban una gala de sevillanas; lo mismo hacía un reportaje sobre la jondura del flamenco que ponía en antena un programa de discos dedicados.

La radio entonces era un acontecimiento en sí mismo, un espectáculo de colores presentidos, un carrusel de fantasía con voces en relieve. No había apenas televisores y era el único modo de saber qué pasaba fuera de tu casa. Y todo era espectacular: soy de los que se aficionó al fútbol no cuando asistí a mi primer partido, que me pareció aburridísimo, sino con Carrusel, donde todo gol era un golazo, toda combinación estaba trazada con tiralineas, como decía con su voz ronca, clásica, Paco Ortiz, otro histórico que también acaba de desaparecer.

Conocí a Peral una de esas tardes en que el sol cae a plomo: mi madre y mis tías segaban y escuchaban la novela. Agosto justificaba su fama. El río era una lengua de plata calma. Las hoces susurraban. Zas, zas. Zas. Yo zascandileaba alrededor de la radio, que estaba junto al búcaro en un claro de la siega. Trastrabillé y caí. Casi hociqué contra el aparato. Manolo Peral y otra voz a la que ahora no identifico leían las noticias. Quedé fascinado, claro. Desde entonces –mediados de los setenta—no ha pasado un día sin que no haya oído radio. Con el trascurrir del tiempo acabé conociendo en persona a Peral –volviéndolo a conocer: la radio te permite esa paradoja-- y a la mayoría de quienes me fabricaban la realidad de modo artesanal, cincelándola con pausas, remachándola con tonos. De hecho, trabajé con muchos de ellos. Considero un privilegio haber podido pasar horas muertas junto a las voces que envolvieron gran parte de mi tiempo.

Y me ha ocurrido con Peral, y con todos ellos: oyéndolos de tú a tú, tomándo un café, no podía evitar recordarlos como entonces, sin cuerpo, iniciáticos y sepias. Fascinantes detrás de sus palabras bien entonadas. Locutores de noticias que palpitaban en la radio de la siega. Gente de otro tiempo.


Niño Miguel

Sunday, May 2, 2004
Usted se hubiese reído mucho, don Juan, achinando aún más esos sus ojos que han visto tanta miseria, tanto truco para poder mover un poco el bigote, tanto agradaor de esos que le llevan el paraguas y le cuentan chistes al señorito para amenizar la espera. Usted no imagina la de tonterías que se están contando sobre usted, los titulares tan gordos y tan vacíos que le han dedicado. Los halagos exagerados hasta el ridículo que le han endiñado. Pero hay que vender, don Juan, como usted tenía que cantar para poder cenar algo esa noche, y mañana ya veríamos como se ganaba el desayuno. En mi negocio, como en el suyo, a veces hay que cantiñear. Y tocar de oído, sin más partitura que la necesidad y las prisas.

Pero tiene gracia, don Juan, que gente que ni le conocieron, ni ganas, se estén deteniendo en desmenuzar aquel quejío imperceptiblemente amargo que afilaba las últimas sílabas de cada estrofa aún cuando hubiera acometido una canción alegre. O que se estén haciendo gayolas mentales sobre la importancia de “Mi Primera Comunión”. Y ya no le cuento nada de “El Emigrante”, qué forma de destrozar la maravilla que usted compuso sobre el exilio, con la que engañó tan bien a Franco haciéndole creer que era sobre el desarraigo patrio. Qué sabrán ellos, don Juan, del hambre que golpea el estómago con carácter retroactivo varias décadas más tarde.

Se ha tenido que morir, ya lo ve, para que le hayan hecho justicia. En España la gente mejora mucho cuando palma.

En Huelva tenemos varios casos de esos, don Juan. Hay uno que me es especialmente llamativo: el del Niño Miguel. Ya verá usted, don Juan, como si alguna vez sucede alguna desgracia nos inundarán de letras gordas, de homenajes póstumos, de discursos tópicos sobre su vida y su obra. Nos habrán xodido, don Juan, usted lo sabe. La mitad de esos tipos serán pregoneros de alquiler, de los que van de plaza en plaza, de pueblo en pueblo; de los que cambian el nombre de la Virgen, de las calles más conocidas y ya tienen discurso nuevo; y a la otra mitad, o casi, le habrá importado tres pitos ese ácrata que decidió un buen día mandarlo todo a hacer pugnetas, refugiarse en su modo de entender el mundo, ese fulano que le llegó a hacer algo más que sombra a Paco de Lucía, que despreciaba el academicismo por extremadamente correcto, que no tenía mayores problemas en proyectar en la guitarra sus estados de ánimo. Que ahora toca en las terrazas desaliñado, sucio, buscando faena. Ya verá usted que si ocurre algo empezarán los enterados a emborronar folios y folios, a alabar la Ramírez con la que epató al mundillo, a hacerse lenguas de su controvertida historia familiar –su padre protagonizó una suerte de Bodas de Sangre, con final bien distinto--, y hasta a calificarlo de guapo. Y a escribir espesos tochos llenos de terribles adjetivos que ni ellos entenderán sobre ascensos y descensos fulgurantes, sobre famas desperdiciadas (aquí se pondrán moralistas, y ya será para vomitar). Está a tiempo el Niño Miguel, usted lo entenderá, don Juan, de enviarlos al caraxo por adelantado, de subrayar que los homenajes póstumos generan sarpullidos, de oponer desprecio a indiferencia, de explicarles eso que solo se entiende en flamenco: “en mi hambre mando yo”.


La culpa

Viernes, 30 de abril de 2004
Un guardia civil retirado ha incrementado la bisbiseante lista de los crímenes de la reseca andalucía rural al entrar en un bar y dejar en el sitio a una mujer y herir de gravedad a otras dos personas, familiares de aquella. Ha ocurrido en Santa Olalla del Cala, pero el lugar es lo de menos. Sucede cuando abril agostea más de la cuenta, cuando el almanaque se enrojece sin razones conocidas, o conocidas con resignación. Pasa, en fin, cuando el sol se apijama en naranja rotundo. Entonces ocurre. Que bien lo explicó bien Lorca: “que yo no tengo la culpa, que la culpa es de la tierra y de ese olor que te sale de los pechos y de las trenzas”.

Ha ocurrido en Santa Olalla, cuyas esquinas son estos días abrevaderos de rumores, cuyas calles se empedran de explicaciones sobreentendidas, sucias de tierra, de celos y de cuajarones. Un bar, gente que cuenta, miradas esquinadas. Y abril que engaña al calendario, y agosto que se transfigura. Y el campo tan cerca, y el tiempo tan lento, y el calor tan extemporaneo y asfixiante. Y una mirada que se atorva, y una intención que se infecta, y una pistola que se empuña. Y un mal paso, y una mala frase: “quitarse de ahí, que vengo a matarla”. Y una amenaza que se cumple, y una mañana que se agrieta. Y un cuerpo que se desploma. Que yo no tengo la culpa, que la culpa es de la tierra. Mala cosa es que mayo entre a contravereda en abril. Mal asunto que abril agostee.

No se habla de otra cosa en el pueblo, más apiñado, más pequeño, con más memoria que de costumbre. Siempre fue así: por una linde, por un rebaño, por una hembra. Por un hilo de agua, por una partilla. Una mañana de sol pleno, y la piel que se reseca, y la lengua que sobra, y las ganas que se juntan. Y una navaja que reluce, o un cañón que se alimenta. Y unos músculos que se tensan. Y una sombra que zigzaguea. Que yo no tengo la culpa. Y una voz que se agrava, y otra voz que rechina. Y el tiempo que se suspende. Y el río que ya no corre. Y unos ojos que se entornan. Y entonces sucede.

Cuentan y no paran las lenguas, como siempre ha ocurrido: antes en el pozo, en el riachuelo, convertido en foro donde se venteaban blancuras de ropa, de cuerpo y de alma. Culpas y de culpables. En Lorca eran galopes en la noche, caballos embridados, reventados a sudor. “Nana, niño, nana del caballo grande que no quiso el agua”.

Más Lorca es imposible en esta desdichada crónica de celos retorcidos, de disparos entreverados: un guardia civil que deshonra al cuerpo, una pistola que muerde, un ambiente rural, una plaza donde el reloj sufre amnesia. Una caló antigua, unos vecinos que establecen causas y consecuencias, que entrelazan presencias y ausencias. Y una historia que se desteje, que se deshilacha, que solo podrá relatarse en voz baja y con recato cuando no haya testigos. Servirá para entretener noches de invierno, cuando el calendario entre en sí mismo, cuando abril sea solo un mes, y no una muesca.


El circo

Lunes, 19 de abril de 2004.
Entonces ya ocurría. El anuncio de un circo–que siempre disponía de letras grandes y excitante boca a boca—equivalía a un inminente chaparrón. Siempre llovía. No fallaba: la entrada de los niños a aquel recinto mágico, donde había mujeres barbudas, y equilibristas arriesgados, y feroces leones achantados por valerosos domadores, y chisporroteantes payasos, el mayor espectáculo del mundo, ya le digo, siempre se producía con los zapatos gozosamente embarrados. Al circo, pues, íbamos con chuches, con los nervios masajeándonos la nuca y con paraguas. Dispuestos a ver perritos sabios, y hombres bala, y magos infalibles. Y ponis simpáticos. Y elásticos saltimbanquis. Y elegantes mantenedores que eran capaces de originar, solo manejando su voz de tenor rebelde, aquel delicioso batiburrillo, aquella inmersión en un tiempo en que todo pasaba en mayúsculas. En una de esas conocí a Ángel Cristo.

Ya era famoso, tanto por su circo como por su romance con una de las vedettes de la época. Entonces no existía Salsa Rosa –los manchurrones hubieran relucido muy mal en una tele en blanco y negro—y todas las chicas que salían en las revistas eran lo que eran, pero se les daba un revestimiento más o menos digno. Entonces las protagonistas del Hola, o del Pronto, se enamoraban facilmente. Ocurría que tenían corazón frágil. Se explicaba así. Siempre sospeché que la vedette –bueno, sustituya usted esa palabra por la que considere más ajustada a la realidad—tenía más peligro que los tigres con los que se la jugaba el domador. Y que sí el se enfrentaba a un felino, ella todas las noches dormía con un bóvido.

Luego Ángel Cristo empezó a salir en las revistas porque lo maltrataban sus fieras, que se ve que le perdían el respeto a la vez que su vedette. Si esto lo hace una leona, por qué no lo voy a hacer yo, que soy un leon, se preguntarían, mientras se anudaban al cuello la servilleta. Y luego vino todo lo demás: a la vez que perdíamos la inocencia, y preferíamos no tener que limpiar los zapatos embarrados, o descubríamos que había mejores entretenimientos que un circo lluvioso, Ángel Cristo perdía más cosas: acabó pasando más apuros con Hacienda que con sus tigres. Le temía más a una carta del banco que al bufido de un leopardo.

Ángel Cristo ha vuelto a Huelva con un circo. Pero me cuentan que nada es como entonces: que el otrora gran domador es una fotocopia borrosa del de los carteles, que dirige un negocio lánguido, que la nostalgia no es buen lubricante de la máquina de hacer dinero. Que en los circos a la luz del día a los payasos les devora la tristeza, que los saltimbanquis son a la vez los domadores y los que pasan la escoba al acabar la función. Que los perritos han denunciado su situación a la asociación para la defensa de los animales. Que los felinos mascullan revoluciones inconclusas, y los magos ya no saben qué hacer para que no se les vea todos sus trucos. Solo una circunstancia permanece: la lluvia. La otra tarde volvió a caer un gozoso chaparrón coincidiendo con la llegada del circo de Ángel Cristo. Se ve que, en efecto, lo fundamental permanece.


Sin mayúsculas

Lunes 12 de abril de 2004
Entonces ya ocurría. La semana santa se escribía así, sin mayúsculas a fuer de cotidiana. Era un paréntesis sin relieve, como son todos los estadíos de esa edad fantástica en la que todo sucede deslizándose en colores. Era una especie de ensayo general de cara al verano. Un bocado fresco, un trozo de calendario arrancado con manos infantiles, sin fuerza pero con decisión. No había constancia de que atravesaramos un tiempo especial, pero el propio ritual de la época proporcionaba señales diferenciadoras. Un guiño para iniciados.

En aquella época –Ayamonte, finales de los setenta—la semana santa –insisto en la determinante ausencia de mayúsculas: esa edad te permite licencias que luego son faltas—era una camisa picajosa, recién comprada, puesta con prisas el domingo para evitar que se te cayeran las manos, o algo así; y una corneta lejana, y un tambor tedioso. Y unos amigos con una enfermiza adicción al incienso y el costal. Y unas zapatillas blancas que, milagro tímido, de vez en cuando asomaban debajo de grandes cajas sobre las que habían puesto unas escenas tremendas.

Y la voz de un capataz a punto del paroxismo y la ronquera. Y unas órdenes que chasqueaban en el aire de abril, y un paso que por arte de magia se ponía en movimiento.

Y un capirote demasiado largo, terriblemente despegado. Y una mano experta que se apiada, y una sonrisa tímida de agradecimiento y respeto. Y una capa azul primero, y luego blanca. Y una terminología cómplice, el primer lenguaje técnico que usé. Y unas horas que amarilleaban. Y un atardecer que cada vez se dejaba caer más.

Y unos ojos asombrados, y el relente de la noche. Y el jueves, un prematuro olor a mantilla, a traje negro reventón. A mujer gozosamente enlutada. A azahar tardío, a primavera plena. Puedo jurar que olía a mar tenue, matizado por juncos. Porque esa es otra: la semana santa sin mayúsculas sobre todo olía. A cocas, a sidra. A dulce de calabaza. A ensaladilla, a anís. A falda nueva. A niña. (No puedo describirlo, pero aquel tiempo olía a niña. Años más tarde pude redescubrirlo, pero entonces la semana santa ya se escribía en mayúsculas y ya tenía color. Salí perdiendo).

Y sonaba: siseo de pies sobre el que avanzaban los pasos, golpes metálicos de los cargaores de la madrugá sorteando el piso empedrado. Y la rifa. Y las voces lejanas de los pujadores.

Un tiempo sin mayúsculas, barnizado de normalidad: una semana robada sin aspavientos al calendario, transitada sin mayor velocidad que la acostumbrada. Una época entre sepia y salmón. Unas voces que martillean las teclas, escribiendo por mí. Unas miradas de niño –lejanas, ligeramente torvas, sospechosamente fijas-- que se me clavan ahora en la nuca. Un aliento que no es mío, pero que reconozco con facilidad. Un mordisco que se lleva el color del calendario.


La cacicada

Lunes, 5 de abril de 2004
Qué injusticia, qué atentado contra la libertad, qué cacicada. No hay derecho, hombre, no hay derecho. Al ex portavoz de Izquierda Unida en el Parlamento de Andalucía –metido con calzador ahora en la Mesa del Aarlamento autonómico a pesar del fracaso de la coalición en las andaluzas y en las generales-- le han condenado por insultar, coaccionar y agredir al dueño de un bar y a un anciano, cliente del establecimiento, por negarse a ceder a sus presiones en la última huelga general. Según la sentencia, Antonio Romero lideraba un piquete de los llamados informativos y se ve que propietario y clientes del bar opusieron su libertad de no hacer huelga a los razonamientos –se escribe así, pero se pronuncia de otra manera—de quienes, banderolas en mano, amenazaban con destrozar todo aquello –incluida la espalda del cliente—si no secundaban el paro.

No entiendo la sentencia: todo se basó en el diálogo. Romero y su “turba” –así la calificó un testigo, habrase visto tamaña irreverencia— se limitaron a entablar una simple conversación: “como no cierres, te cierro la boca. Si abres, te abro la cabeza”. Y a plasmar su anuncio, claro. Encima de no agradecer que Romero sí cumpla sus promesas, y no como otros políticos de platilina, el juez castiga su encomiable esfuerzo en pro de las libertades. ¿No reclaman los ciudadanos cercanía con sus políticos? Pues más cercanía, imposible. Le fostió desde menos de 30 centímetros. Si es que no saben lo que quieren.

No hay derecho, ya digo: que un prócer de la libertad como él se vea en este trance no es de recibo. Hago mías las palabras de otro triunfador de las generales, Felipe Alcaraz, quien ha declarado que con su actuación Romero cumplió con su deber, y que incluso se le tendría que reconocer por ello. Hombre, reconocer, reconocer, a quien tuvieron que reconocer de urgencia fue al pobre hombre que sufrió las iras de Romero y sus piquetes. Porque esa es otra, para que vaya aprendiendo el juez: es tan generoso Romero que fue él quien hizo el mérito y dejó que fuera otro al que reconocieran. Medicamente.

Total, por unos insultos de nada, por unos golpes a un anciano –qué hacía un anciano a esas horas en el bar, hombre, en lugar de estar en casa, viendo la tele, cerca de la estufita y con las zapatillas puestas, si es que van provocando—y unas cositas más le han clavado cerca de 3000 euros de multa. Que aunque no es una cantidad desorbitada –un caprichito, una sombra huidiza, ejem, en algunos cursos de formación—sí es un arañazo a algunas estrategias. Hombre, es que empezamos así, castigando estas cosas sin importancia, y acabamos implantando una ley de huelgas que reconozca de verdad el derecho a hacerla, pero también el derecho a no hacerla, sin que te pase nada. Si es que nos estamos ablandando, hombre. Sentencias como estas lo que van a conseguir es el aplastamiento, la aniquilación y la desaparición final de las movilizaciones sociales. Total, que como coja al viejo del bar le voy a meter otro cate, solo del cabreo que tengo.


Olor

Lunes, 29 de Marzo
Entonces ya ocurría. Era por estas fechas en que el calendario se hermoseaba de grana, los campos abrillantaban sus ropajes verdes, los animales retozaban más que de costumbre. Las noches eran un nuevo y gozoso espectáculo de sonidos inéditos. Jamás lo pregunté, porque siempre supe que no había respuesta de palabras, porque nunca dejé de saber que el crepitar de las madrugadas, la cosquilla picajosa que merodeaba mi espalda, el rumor pleno y espeso del Guadiana en su cadenciosa subida –coqueta finta a los juncos y a los cañaverales, orgulloso espejo lleno de reflejos de azahar y flor de almendro, a izquierda Portugal, a derecha España-- era el desperece de abril, la reedición de la vida. El esplendoroso –y gratuito-- espectáculo que nos debía el almanaque.

Era por estas fechas en que los pregoneros se esforzaban por hallar voces nuevas para nombrar sensaciones viejas. Era domingo de señas –qué hermoso concepto, no lo busque, no está registrado fuera de la memoria sentimental y el presente tradicional de la Semana Santa—y los hombres subían trajeados y encorbatados, pasos firmes y gesto grave. Como quien se dispone a examinar si la palabra, si el verbo –tan gozosamente cerca de la carne—tiene la calidad adecuada como escaparate de ese tiempo robado al calendario. Luego supe que los pregoneros no dormían la noche anterior, ni la anterior a la anterior, que escribían y corregían, y volvían a corregir, y maldecían aquella vez que aceptaron, y agradecían a Dios, sin solución de continuidad, aquella vez que aceptaron.

La radio –entonces la vida me entraba por el Vaguard verde que presidía el salón de casa—supuraba las palabras del pregonero, pero yo no las escuchaba: las olía. Como no podía degustar el incienso breve que ahormaba el pregón, lo sustituía por los aromas que desde entonces lindan con aquella época en que el tiempo quedaba suspendido: olía a masa achispada de anís, a aceite calentándose. A la miel para los pestiños. Olía al hule nuevo que mi madre y mis tías colocaban en la mesa. Olía a ropa doblada de fábrica –dentro de nada es Domingo de Ramos y hay que estrenar, a ver si esto te está bueno--. Olía la cera de las velas que se renovaban delante de las estampas de los santos. Olía los naranjos en flor, y la yerba reventando en verde. Olía ganas, olía beso. Nunca vi los dedos del pregonero, primero nerviosos, luego seguros, moviendo los folios. Ni el gesto orgulloso de su cuerpo al pronunciar el postrero “he dicho”. Pero puedo jurar que lo pude oler a traves de aquella Vaguard, o a través del río, o a través del campo. Olía a vida emergiendo de la muerte –eso era, en fin, el tránsito del invierno a la primavera en el campo--. Y entonces lo entendí todo: este tiempo es un concepto, pero sobre todo es una metáfora, un fin, pero sobre todo un medio. Una realidad, pero sobre todo una excusa. Un modo que tiene el calendario, que tiene la palabra, que tiene la luz de explicarnos lo que Machado definió como el milagro cotidiano –y oloroso-- de la primavera


Patricia

Lunes, 15 de marzo de 2004
Esa noche durmió inquieta, pero ella no lo supo, claro. Sus padres tuvieron que tranquilizarla varias veces a lo largo de la madrugada, ese territorio elástico y difuso en que la nada se confunde con un llanto improviso, esa banda sonora que ahorma el territorio que está hecho, a la vez, de sueño y de vigilia.

Patricia les clavó sus ojos claros y grandes. Sus padres disfrutaban siendo asaeteados por tan amorosos dardos, dejándose recorrer por esa mirada de miel y preguntas, devolviendo sonrisas fofas. Alargando el brazo para rozar, que no tocar; para deslizar la yema del dedo corazón –no podía ser otro-- como se deslizan los sueños y los deseos, el amor y el olvido por una piel que fue tu piel. En silencio.

Patricia se sobresaltó. Acababan de dar las seis de la mañana en el despertador que, arrinconado por prospectos de primeras papillas y manuales de biberones para padres primerizos, medio permanecía erguido –derrota sabida de antemano, un bebé con siete meses es suficiente experiencia—en la mesilla que lindaba con el lado de la cama que ocupaba su madre.

Y entonces se repitió el hermoso rito de la mañana, ese que estaba destinado a impregnarse con fuerza en la base de su memoria, ese apiladero donde se iban a ir amontonando las primeras voces, y los primeros llantos, y los primeros sustos, y las primeras sombras, y los primeros besos, y los primeros golpes, y las primeras decepciones. Y los primeros olores, y las primeras lágrimas, y los primeros sabores. Entonces la casa sobró vida: la habitación se iluminó. Y oyó al poco la ducha. Y su madre la besó largo y la acunó.

Y sintió como le colocaron más ropa, lo que le hizo rezongar un poco --un once de marzo no es tan caluroso como para exigir tanta bufanda-- y supo que al cabo de un rato iba a escuchar otra de las voces en las que gustaba de recostarse, segura y feliz, la de su tía, mientras duraba el horario laboral –ese martirio solo mitigado por el placer de la vuelta—de sus padres, que aprovechaban para recrear con efectos especiales lo que no eran más que gestos naturales. El amor convertía en hazaña lo que no era más que ritos fijados en códigos genéticos.

Habían decidido coger ese día el tren para evitar atascos añadidos. En el vagón ella se ovillaba, placidamente, en los brazos de su padre, que pensaba en comprarse una de esas mochilas que había visto en alguna revista de hombres modernos y prácticos.

Patricia, entonces, hizo un movimiento seco con el torax y se le quedó mirando fijamente a los ojos como nunca antes lo había hecho, con una tensión jamás usada. Inmediatamente se relajó, y esbozó una sonrisa impropia: esponjosa, grande. Definitiva. Llena de agradecimiento, de palabras nunca dichas, de emociones intuidas, de sentimientos rebosantes. Y entonces se oyó el estruendo. El tren acababa de cruzar la estación de El Pozo.


Saray

Lunes, 8 de marzo de 2004
El escrito del fiscal del Crimen de Cortegana, el último suceso que ha revolucionado esta provincia, revela que la acusada de matar a su amante a puñaladas –ella alega que en defensa propia-- volvió al lugar del suceso para recoger su bolso. El informe del Ministerio Público es digno de convertirse en un guión cinematográfico: funde fuertes pasiones, celos, sexo, un triángulo bastante poco equilátero, drogas, una chica con aspecto de mujer fatal, una madrugada revirada y los murmullos del pueblo que se hacen lenguas en las esquinas.

La acusada no ofrece una imagen al uso, de las que salen en los realitis o como se escriba, de la tele: marujas fondonas y miradas lánguidas, lamentando su mala suerte en esta vida; que son objeto de preguntas como latigazos de la presentadora que aparenta comprenderlas. Todo lo contrario: Saray aparece en las fotos de prensa mesurándose su cuidado cabello, con un pantalón ajustado, de talle estratégicamente bajo, sugiriendo más que mostrando, exhibiendo ante las cámaras una calculada displicencia, entre lejana y tardía. Habla por su móvil fashion, mientras escapa a grandes y armoniosas zancadas de los periodistas que la persiguen. Una gacela acechada por lobos.

Los mentideros del pueblo entran en ebullición quizás porque su perfil no responde a los parámetros exactos de quien, en el imaginario común, es víctima de malos tratos y de una agresión sexual. En las lenguas bífidas del vecindario hay fiscales, y abogados, y jueces. Y hay una verdad supuesta en cada frase, y condenas apabullantes, e inocencias claras. Y supuestos estremecimientos que son reflejos del aburrimiento de cualquier trasunto de Puerto Hurraco. Y un cuchillo de chispas con los dientes apretados, escribió Lorca. Y una mujer, y una madrugada, y una tragedia. Y la sangre que surca la tierra. Y una culpa.

En lugar de mirada de pesadumbre o susto ella esgrimía firmeza, y un puntito de altivez. Quizás alivio. (Por cierto: cómo reaccionaría usted si quien le maltrata desapareciera?). No ha pasado desapercibido que se haya situado más cerca de Instinto Básico –el modus operandi, a la luz de las conclusiones del fiscal, es similar, salvo en el detalle del punzón, sustituido por el más racial cuchillo de cocina-- que de las marujas de Almodovar.

Es quizás por ese look tan alejado de tópicos al uso que Saray se enfrenta a más dentelladas de la cuenta. Por lo pronto, se ha hecho público que será un jurado popular el encargado de hacer justicia. Miedo me da. Los mentideros echan humo: ya te dije yo que con esa pinta, con esas gafas de sol, con esos labios, con esa mirada, con esos cigarrillos que fuma despreocupadamente, no era trigo limpio. Ay, sí, Luisa, tu siempre tan inteligente. No, hija, que observo, que mi escuela es la vida. A ver si nos toca ser juradas, que esto no hay que perderselo. Eso, a hacer justicia, a hacer justicia.


El tac

Lunes, 23 de febrero de 2004.
Una joven onubense de 20 años ha denunciado en un juzgado que en un centro de resonancia magnética de la capital dos facultativos le instaron a desnudarse para hacerse un TAC... en la rodilla. Según consta en el escrito, la muchacha, mosqueada ante tanto celo profesional de ambos facultativos, preguntó si también tenía que quitarse el pendiente que llevaba en el ombligo, a lo que los dos profesionales respondieron que no, con que te quites la ropa ya nos vale.

La chica dice, además, que el sitio donde se desvistió para colocarse la bata que le suministraron estaba protegido por una mampara, pero que ésta se hallaba “abierta hacia el lugar donde estaban los médicos”. La prevención, ya lo sabe usted, es fundamental en la medicina. Y si la mampara estaba así, dirigido hacia un lugar estratégico, se ve que era por alguna razón. Prevenir mejor que curar, ya lo dijo Galeno. O Hipócrates. A ver si esta chica, a pesar, ejem, de su salud rebosante, va a tener algo raro. Todo sea por los y, sobre todo, las pacientes. Aunque se las vea tan llenas de vitalidad y energía. Nada, nada, que se desnude, y veremos. Vaya si veremos.

No está confirmado que en el protocolo de la lucha contra el estrés en su trabajo, que los facultativos estudian estos días en un taller dirigido a los MIR, figure el solaz y esparcimiento visual relacionado con las pacientes, pero se ve que algunos, presuntamente, se toman demasiado en serio la medicina alternativa. O, más correctamente ajustada al asunto que nos ocupa, medicina selectiva. Porque habrá que comprobar, antes que nada, si a las pacientes de más de sesenta años y con menos piercing las someten a tan... exhaustivo y generoso protocolo. Supongo que no, pero solo por ahorrar tiempo, claro, ahora que tan de boga está el asunto.

Si es que no nos entienden, habrán esgrimido. Cuando la visita dura poco, protestan, y cuando la exploración es más... minuciosa, nos denuncian. ¿Y si la chica tuviera algo más?, eh, fíjese qué marrón y qué irresponsabilidad. Que hay que verlo todo. Todo, todo. Todo.

El director del centro le ha asegurado al padre de la denunciante que para un tac de rodilla lo más que tiene que enseñar la chica al médico es... la pierna, levantándose el pantalón. No más de la propia rodilla. A partir de ahí, ya todo sobra. Sobra tan puntilloso perfeccionismo, sobra tan exhaustivo protocolo y sobra una mampara tan pública. Se han sobrado, de hecho, los médicos caso de confirmarse la veracidad de la denuncia. Porque habrá que esperar a que hablen todas las partes. Escrito sea, por supuesto, sin segundas.

No está confirmado, pero quizás la chica, una vez que le hicieron la prueba, y tras vestirse, preguntara: bueno, qué, ¿cómo estoy? “Buenísima, hija, buenísima”.


Cotilleo

Lunes, 16 de febrero de 2004
El niño que portaba aquel micrófono no llegaría a los 20. Era flaco, nervioso y mostraba una leve agresividad, de esa que no se necesita en una sala de prensa del fútbol, cuando lo único que tienes que hacer es colocar el micro y procurar parecer interesado cuando el futbolista o el entrenador te suelta todos los tópicos que se aprendió de corrido minutos antes.

“Este no viene a esto”. El tío le metió el micro a un futbolista que acababa de jugar contra el Recre, y a la segunda pregunta... le inquirió sobre determinado asunto de máxima actualidad: el desnudo de un compañero en una revista, coincidiendo con determinado romance con una célebre ex de un torero. El jugador lo mandó al guano, claro.

El protagonista del asunto, un tipo capaz de coserse el balón al borceguí, hacer piruetas, sonreir al defensa, hacerle un túnel, seguir sonriendo, taconear, subirse el cuero a la altura de la rodilla y meterle un cañonazo al portero –que yo lo he visto—iba a ser protagonista, con ese bagaje, insisto, de un programa de esos que provocan vómito, de un regueldo televisivo, de un espacio que se ocupan de desollar vivos, de profanar muertos, de destrozar reputaciones. Con millonaria audiencia, eso sí. Un mariflorindo con perilla, una ambigua sospechosa, una rubia inquieta, un presentador con ganas de irse a algo serio, y un cocainomano con corbata iban a hacerle una vivisección, sin rozar para nada su golazo, claro. Lo importante era si se había rozado o no con una muchacha que había salido la semana antes desmintiendo lo suyo con un empresario aficionado a la carne prieta pagada con visa oro.

Un ministro del actual gobierno acaba de recibir la solidaridad de un contrincante político, un barón socialista, después de que un fulano armado de un micro y una cámara, estuviera acosando durante tres ahora a su reciente novia, directora de una galería de arte. Ampárandose, el cabrito, por favor, faltaría más, en la libertad de expresión. De milagro creo que no citó la constitucion.

Recuerdo cuando al fallecido Pedro Carrasco le sobrevino una segunda época de fama... como padre de una muchacha que andaba en líos con varios tipos, ejem, digamos enconados, para ser suaves. Que manda narices que con su biografía le llegara su chaparrón de oropel por eso y por casarse con una peluquera, que lo llevaba y traía los programas del artisteo a contar historias que nunca se sabían si eran suyas o de otros que ya nada tenían que ver con él. Por no hablar de quien tiene el arrojo suficiente para entregar una vida en los ruedos, jugarse el tipo ante morlacos de 500 kilos y que lo pillen en un aeropuerto para preguntarle... por una adopción de su esposa. Telemierda? Ñam, ñam, qué rica: 4 millones de moscas –la audiencia del último bodrio en programación nacional—no pueden equivocarse.


Señoritas

Lunes, 9 de febrero de 2004

A Norberto Javier Ruiz.

La aparición de nuevos poemas inéditos de Juan Ramón Jiménez no solo ha supuesto un avance en el conocimiento de la vastísima obra del premio Nobel moguereño. Lo escribió en estos papeles Andrés Marín Cejudo, haciendo una exhibición de olfato profesional, y lo glosó al día siguiente Juan Feria, con esa envidiable estructuración matemática que caracteriza sus columnas: junto al material literario fueron hallados anuncios de la prensa de la época protagonizados por llamativas señoritas. No puede ser más revelador: en Juan Ramón, ya lo intuiamos, pero ahora lo comprobamos, conviven juntos lo difuso y lo concreto, lo ideal y lo terrenal. Y tenía las pruebas, como haría cualquiera en esa circunstancia, bajo siete llaves. Posiblemente para evitar testigos indiscretos o broncas conyugales.

Cherchez la femme, que dicen los clásicos. Busca a la mujer. Estampas de señoritas junto a poemas de un Nobel. Las musas, por fin, dejan de ser entelequia difusa, laberintos de poetas desasistidos, excusas de tinteros huérfanos y papeles secos. Siempre uno supo que las musas tenían olor, y voz, y textura. Y aliento, y sabor. Ahora un Nobel lo subraya a título póstumo. “Escribo de amores porque el amor se me ha ido”, leí una vez. “Se canta lo que se pierde”, sentenció Machado. Estampas de bellas señoritas –artistas, modelos que anunciaban medicamentos, tan propio de un hipocondriaco como Juan Ramón—ejerciendo el contrapeso de la literatura, llevando el justo equilibrio entre el ideal evanescente que persigue todo literato que se precie y el real efervescente que busca su reverso cotidiano. No solo del nombre exacto de las cosas vivía Juan Ramón.

Qué bien lo escribió Rubén, tan cercano al autor de Platero y yo: “nada al cantor determina como el gentil estímulo del beso. Gloria al sabor de la boca divina. ¡La mejor musa es la de carne y hueso”. Tantos años de clases de literatura analizando el origen de los matices, descifrando los vertiginosos recovecos por donde conducen sus textos, haciendo caprichosas hexégesis de su vida y de su obra, y resulta que al menos una de las respuestas a los múltiples interrogantes planteados tenía mirada pícara y labios carnosos. Bien por Juan Ramón: eso se llama bajar a la tierra. Quien no ha escrito alguna vez un texto con talle de mujer, quien no ha respirado por la herida de ausencia, quien no ha arrastrado en cuartilla y media la tortura honda del mal de amores.

“Os aborrezco porque, al oíros, trémulas huyen mis musas blancas”. Ahora se le entiende absolutamente todo.


Semana Santa

Lunes, 19 de enero
El periodista Manuel Jesús Montes, pregonero de la pasada Semana Santa de Huelva capital, dedicó una parte de su excelente alocución a advertir con elegancia pero también con firmeza de los peligros que se cernían sobre la Semana Mayor onubense si nadie se ocupaba no ya de frenar los embates que estaba sufriendo a esas alturas sino de buscar elementos que permitiera rebajar el nivel que crispación que la estaba rodeando.

La advertencia, por lo que se ve, cayó en saco roto, que dicen los más rancios, y el tiempo se ocupó de añadir fatalidad al presagio: si hacemos caso a las últimas informaciones, la Semana Santa de la capital se ha convertido en un campo de batalla, donde lo que más se oyen son lamentos vacíos y gruesas imprecaciones. Lo curioso –o lo terrible—del caso es que el problema no procede desde el exterior –está consolidada socialmente y los reconocimientos a su calidad y a su expansión son constantes—sino del interior. Cosa que daría igual –a fin y al cabo las guerras endogámicas son inherentes a cualquier colectividad, así que no habría novedad tampoco en ese frente-- si no se tratase de un eje muy importante en la articulación que cohesiona la sociedad con la cultura, la tradición, el arte, la religiosidad o la economía de Huelva, una ciudad que no se puede permitir el lujo de que se desintegre una de las señas de identidad que, poco a poco, se han ido incorporando.

La Semana Santa, pues, es un conglomerado variopinto no ya de manifestaciones relacionadas con la fe cristiana –si bien ese es, o debe ser, la principal razón de su existencia-- sino, más allá, un aglutinador de conciencias y un elemento dinamizador del desarrollo social de esta tierra. Y aunque dudo mucho que las movidas intestinas que se están produciendo de forma cada vez menos soterrada afecten sobremanera el momento que mayor proyección tiene –la estación de penitencia, la más celebrada por los ciudadanos—sí que se corre el riesgo de que haga mella en el desenvolvimiento cotidiano. No se me ocurre que, con este percal, el entusiasmo sea el principal empuje, por ejemplo, de alguien que pueda estar barajando formar parte de una hermandad. Ni que se entienda extra muros que aquellas instituciones que tienen por mandato difundir los valores del cristianismo –humildad, prudencia, claridad en los conceptos, anteponer lo general a lo particular, generosidad, entrega-- a la sociedad se encuentren en una situación de navajeo más o menos descarado.

Escrito de otro modo: quienes se han embarcado en una movida tan lejos de esos valores morales están obligados a dar explicaciones convincentes no solo a quienes tienen más cerca sino a todos aquellos que se verán perjudicados. Que expongan con obligada transparencia qué buscan, qué quieren, y por qué han elegido el camino de la confrontación. Porque, por ese camino, el concurso para el cartel anunciador no será lo único deficitario.


Una ruina

Lunes, 12 de enero de 2004

A Antonio S. Candilejo.

Malas noticias para los programadores televisivos: la telebasura ha sido derrotada por un espacio basado en un clásico de la literatura, las mil y una noches. No somos nada: Marc Ostasevic con menos aceptación que Aladino. Sin que éste haya tenido que confesar lo suyo con Sherezade, ni que salir del armario donde entró en busca de las babuchas. Tensión en el sector: empieza a vender más la dignidad, el entretenimiento de siempre, que los gritos histéricos de las cuatro plumas. Y no me refiero a ninguna película, precisamente.

Malos tiempos para el flojito de las gafas del mediodía, para las salsas putrefactas, para quienes prostituyen el título de uno de los himnos del desamor –“¿dónde estás, corazón?”--, uno de los más hermosos y dolorosos boleros que conozco.

El barrido de audiencia del regreso del “un, dos, tres...”, llevandose por delante a una de esas defecaciones con apariencia de programa televisivo que combina tres de las más viejas actividades del ser humano –la prostitución, el proxenetismo y el rajoneo--, ha tenido que sentar como una patada en el escroto a los creadores de la televisión moderna, ya sabe usted, esa que en lugar de cortinillas tiene eructos. Sin pronunciar la palabra “Pajares” ni una sola vez, para mayor crueldad.

Qué hacer, qué hacer. Ya está: contraprogramemos. Inventemos el "Un, dos, tres... y los que vengan después", basado en cierta capacidad de una de las más frecuentes protagonistas rosas, Malena Gracia. Así, irán parejas de famosos que tendrán que responder preguntas culturales –como se llama Bibiana de verdad, ya sabe, cuando era camionero, cuantos centímetros de bálano embravecido gasta el cubano que salió en Interviú la semana pasada...—y luego accederán a la subasta, donde se podrán pelear e insultar a gusto porque alguno haya fallado al escoger un regalo. Los libros de los que se extraerán las preguntas serán “Sara y el sexo”, cualquiera de las sesudas obras de Boris Izaguirre o “Así me los tuve que comer para llegar a la fama”, de inminente aparición, y que no va de gastronomía, creo.

Un éxito, un éxito, seguro. Uff, qué susto. Imaginate que de pronto los espectadores dejan de entontecerse con el cotilleo, y que luego abandonan los testimonios de la tarde –como me lo monté con mi perro, un boxer con picores, o qué hice aquella vez que descubrí a mi vecina engañándome con mi marido, yo, que estaba tan enamorada de ella--, y después le meten fuego a la isla, con o sin famosos dentro. Tendríamos que encarecer y dignificar la tele, ganaríamos menos dinero y los ciudadanos serían más libres. Una ruina, una ruina.


La noticia

Lunes, 5 de enero de 2003
He oído tu respiración esta noche. Tu madre no lo sabe –ella dormía silente, cuello ladeado, labios entreabiertos—pero esta madrugada he pegado bien el oido y he podido captar la actividad de tu cajita de juguetes de resonancia, racimo alveolar a punto de estrenar, y me he entretenido en contar cuantas inspiraciones hacías. Ya sé que es imposible, que tu oxígeno es el de ella, pero esta madrugada de invierno descubriste la magia.

Respirabas lento, y supongo que movías las manos, molesto porque se te espiara tu sueño reparador. O porque se te interrumpiera, aún mentalmente, ese placer continuado que supone no tener que hablar, no tener que callar, no tener que decir, no tener que mirar, ese que es el supremo de todos cuantos se practican en soledad. Supe que sabías que estaba ahí, sombra ahormada, sigilo pegajoso, pasos flotantes. Que degustaba tu tacto en la yema de mis dedos, que preparaba mi mejor silencio para poder oirte con toda la atención que soy capaz de fabricar. Oí como me oías, y como te envolvías en todas las palabras que todavía no te he dicho –lo bueno de hablar en silencio es que no se cometen nunca falta de ortografías, y los conceptos llegan puros-- y como usabas los puntos suspensivos de bufanda.

En unos días volverás a sentir en ti oidos, miradas, ruidos. Y no serán, como ahora, supuestos y mágicos. Notarás el sol, y el frío, y el calor, y sabrás como son los colores, y la lluvia será un milagro cotidiano. Y será todo nuevo, pero algunas voces y algunos silencios –el de esta madrugada, o el que martiriza el repiqueteo de teclas en el ordenador cuando escribo esto—te sonarán salvadoramente familiares, y podrás sumergirte tranquilizadoramente en ellos. Y notarás que algunas de esas voces te acarician, prudentes, con tacto frágil. Que te abrazan con las bridas puestas a las ganas. Con el freno y la cautela echados, como quien arrulla un milagro de cristal. Y que crearán para tí palabras viejas, pero sonarán a nuevas. Y repetirán el rito cuyas coordenadas no se aprenden, sino que se saben, como se sabe sin escuela besar, llorar, morder o dormir.

Y entonces renovarás parentescos, y convertirás a hermanos en tíos, a padres en abuelos, a tías en titas-abuelas (que palabra tan hermosa), y liarás a primos y tíos segundos, que no sabrán exactamente qué son –hermosa desorientación-- a partir de tu llegada. Y regalarás risa con tu llanto, que será tu primera paradoja. Y, pasados muchos años, descubrirás que ese será el paisaje original de tus recuerdos.

Y cuando leas esto te extrañarás porque te darás cuenta que, a pesar de que estoy acostumbrado a dar noticias, lo verdaderamente díficil --ya lo comprobarás tantas veces-- es explicar las cosas sencillas. Y porque, como en esa canción que escucharás más de una vez, la idea era dedicarte un escrito original y desenfadado, y me ha salido, bendito desvío, una carta de amor.


Cuento de invierno

Lunes, 29 de diciembre de 2003
En la zahurda se removían, nerviosos. El ritual, un año más, se iba cumpliendo. En la casa habían hecho café y los hombres daban retoques a las cuerdas, fijaban los garfios, colocaban la romana y alineaban las mesas; las mujeres preparaban los barreños que llenarían de sangre humeante del animal y trasladaban desde el pozo a la casa tinajas de agua para limpiar las tripas con las que harían los chorizos y las morcillas. Los tojos ya estaban amontonados en la trasera. Todo estaba listo.

Esa mañana olía: olía a leña, a hierba mojada, a invierno suave. A jara, a humo. Iba a ocurrir una vez más: en cuanto llegara el matarife –andar lento, cuchillos bajo el brazo, piadosamente envueltos en papel de estraza—todo se precipitaría y los hombres irían en busca de los cerdos, y los sacarían entre gritos, y los inmovilizarían, y los trasladarían en peso a las mesas, y los degollarían con una técnica que asustaría por lo certera y frecuentada. Y luego el ritual se repetiría con el segundo. Y las mujeres distribuirían las vísceras y los hombres beberían y jugarían a las cartas.

Pero esa mañana que se aceleraba iba a ser diferente. En cuanto llegó el matarife los hombres se lanzaron en busca de los animales. El olor aumentaba conforme se iban acercando, y sus gruñidos se hacían más densos. Los oían removerse... demasiado. Y cuando los hombres llegaron, con las cuerdas, los garfios y los cuchillos, no podían creer lo que estaban viendo: una docena de cerdos, en perfecta formación, les estaban aguardando. Habían llegado refuerzos de las zahurdas cercanas con un arsenal de viergos, de rastrillos, de zoletas, de azadones, de todo cuanto encontraron a su revolucionario paso. Disponían de un túnel, excavado pacientemente durante 9 meses, que les conectaba con el establo, por si necesitaban carga pesada. Los hombres cayeron como moscas: el efecto sorpresa fue, una vez más, decisivo. Fue una carnicería, pero a la inversa de lo pensado. Un grupo de cerdos estaba empujando al matarife hacia la romana, para pesarlo antes de darle pasaporte. Dos cerditas portaban un barreño, para que no se escapara ni una gota de sangre. Otro grupo se divertía palpando los jamones de un vecino que horas antes estaba haciendo apuestas con un amigo sobre el precio que alcanzarían las paletillas de uno de los animales en el mercado... delante del pobre gorrino.

En los campos cercanos no extrañó oir los gritos –“¡como lo están pasando los vecinos con la matanza...¡”— y en el pueblo tampoco se le dio demasiada importancia al hecho de que al veterinario le llegaran las vísceras para analizar en un misterioso sobre en el que se podía leer: “Para Don Joaquín. Esto no ha hecho más que empezar”.


A liarla

Lunes, 22 de diciembre de 2003
Qué bien lo supo explicar Goya, en el cuadro de los garrotazos. Dos españoles bien patrios, pies enterrados, inmóviles, matándose a golpes, posiblemente por cuestión de honor analfabeto, por un quítame allá esas pajas sucias de cagajones y gargajos. Qué bien lo supo decir la otra mañana un señor que llamó a una tertulia en una emisora de radio, cuando afirmó que la ola de separatismo más o menos camuflado que nos invade obedece a los genes nacionales, a parámetros reconocibles, a la idiosincracia parda: España --sostenía el inteligente radioescucha-- no puede estar mucho tiempo sin darse cabezazos contra el espejo, sin practicarse la eutanasia. Lo dice la historia y se ve que no nos damos cuenta pero portamos el estigma de su repetición, que no su revisión, continua. ¿No llevamos 25 años de prosperidad, de paz, de libertad? ¿No han demostrado UCD primero, Psoe despues y PP finalmente un sentido de estado encomiable? ¿No han disminuido progresivamente las listas del paro, no nos hemos situado en la primera división del progreso? ¿No nos hemos adentrado, hasta la cocina, en el estado del bienestar? ¿No se ha producido una modernización espectacular en el último cuarto de siglo? ¿No estamos como jamás hemos estado? Sí, ¿verdad?. Pues, ea, ya está bien. Vamos a liarla, que tanta bonanza no puede ser buena. Que se aburguesa el cuerpo y se adormece el alma. A ver, a ver. Qué podemos reivindicar, no sé, no sé, la verdad es que la cosa está xodida, porque lo tenemos casi todo. Solo si acaso nos falta un rey. Mira, mejor no, mejor un rey no pedimos, no vaya a ser que nos lo concedan también y habría que buscarle palacio. Y novia, que esa es otra. Que eso sí que sería un marrón, y no trazar autovías de norte a sur, de este a oeste de la República Federal de Villanueva de Abajo, nuestra patria.

Vamos a partirlo todo, a hacer un drama, a poner fronteras al sentido común. Seamos libres libérrimos. Que 25 años es mucho. No importa si el precio es el sufrimiento de la mayoría de los ciudadanos, o poner en peligro el remanente económico de la caja única, o detener en seco los avances obtenidos de los que disfrutamos todos. Elevemos de forma artificial la crispación social, hagamos un totum revolutum y ya verás como alguien pica.

Caín era español, con DNI y todo, sostuvo ayer en una entrevista Arturo Pérez-Reverte. No podía tener otra nacionalidad quien, con todo el mundo heredado, a repartir entre él y su hermano, prefirió arriesgarse inutilmente, cargar con un asesinato y, finalmente, no disfrutar nada. “Es mi carácter”, se ve que dijo, pero no había reporteros en esa época.

No es mala metáfora: quienes abominan de nuestro país cargan con sus tradicionales rémoras, desde la inconsciencia hasta la envidia. Desde la imprudencia hasta la desmesurada sed de venganza. Quienes rechazan su historia son los más raudos en acudir a ella y enarbolar primero la bandera y luego el garrote. O al revés, que es aún peor.


El llamamiento

Lunes, 15 de diciembre de 2003
La hermana del onubense Miguel Cadenas, que participa en la presente edición del programa Operación Triunfo, de TVE, ha hecho un desesperado llamamiento a sus paisanos para que le apoyen con sus votos y pueda seguir adelante en ese concurso. El empuje de su voz y su dramática insistencia han llamado la atención a más de uno, como explicaba en un brillante artículo un colega la pasada semana. Esa intervención en una emisora de radio me hubiese pasado desapercibida si no fuera porque, de forma inmediata, el presentador informó de otro llamamiento: el de partidarios y detractores de la licencia a Endesa en el Polo Químico. Requerían apoyo para sus respectivas argumentaciones, y bla, bla,bla.

Encontré la intervención de la hermana de Miguel Cadenas, que por supuesto, ya me ha ganado para su causa, más sincera: ha pedido el apoyo de la gente, ha explicado sin ambajes su objetivo. Todo perfectamente confesable. Y entendible. Sin razones ocultas ni medias verdades. Ni frases demagógicas, ni sospechosas abstenciones. Sin convocar movilizaciones, sin hacer extrañas uniones. Sin ruido, sin embarcar a nadie en cruzadas extemporaneas. Sin esgrimir datos inflados, sin retorcer estadísticas, sin perfilar proyectos de dificultosa ejecución. Sin vender humo, sin comprar a nadie.

La hermana de Miguel Cadenas no ha asegurado que si no lo apoyan se perderán no sé cuantos millones de puestos de trabajo, ni ha sugerido, así, diciendo, pero sin decir, que votándolo dispondrán de un jardín idílico, de forma inmediata, en el portal de sus casas. En su voz, además, no flotaba ningún hálito de demagogia, esa que hace presa con tanta facilidad en quienes han sido víctimas de una contundente desinformación sabiamente sembrada.

El llamamiento era sincero. Su voz, clara. Si insistía en el mensaje era por necesidad, por inexperiencia comunicativa, no por estrategia retórica. Cuando acabó su intervención, me llevé la impresión de que no se había guardado ninguna información importante para sí, que se había vaciado. Además, no declinó responder ninguna pregunta del periodista, ni había deslizado ninguna velada amenaza. No había ocultado nada que, posteriormente, pudiera usar para una posible negociación. Su intervención no había sido calculadamente gradual, sino decididamente lineal. No había introducido mensajes en clave interna, ni sus palabras eran el resultado de ningún pacto, ni el engranaje de ningún acuerdo oscuro.

Cuando acabó la entrevista, me llevé la impresión de que lo sabía todo, que no había puntos negros. Luego el presentador dio paso al asunto de Endesa, a las voces de unos y de otros. Y entonces lo vi claro. Votaré a Miguel Cadenas.


25 años

Lunes, 8 de diciembre de 2003
Ya sé que alucinas con las fotografías, con el pimpolleo de los trajes oscuros de ellos y con el maquillaje pringoso de ellas. Con sus gestos redichos. Es que algunos son así, las criaturas, da igual si los ves aquí en Huelva, o en Madrid o en Barcelona: flipan tela en ese tipo de actos. Así cuando los avances del aparato de sus partidos, o cuando les llega el oportuno relevo generacional, o cuando sus empresas cambian de jefes, o cuando las elecciones les ponen en su sitio, se acongojan, no quieren salir de casa. Se deprimen si empiezan a dejar de reconocerlos por la calle, o cuando tienen que hacer cola --¡que esto me pase a mi, que cuando cruzaba el pasillo los bedeles se me ponían en primer tiempo de saludo¡-- para ir al teatro.

Pero a lo que iba, chaval. Mira: ya te lo habrán contado, pero es que hace 25 años había poca cosa, casi nada. Se estaba saliendo de una dictadura militar cuyo máximo dirigente, por cierto, falleció de muerte natural (quien lo iba a decir, verdad, con tanto luchador por las libertades con pedigrí dispuesto a jurar por sus muertos más frescos que estuvo siempre contra un régimen tan terrible, con tanto cineasta que afirma, así, sin anestesia, tan pancho, que desde el arte también se supo luchar contra un sistema opresor y que él fue, uf, si yo te contara, uno de los que encabezó tan eficaz movimiento...) y tuvo que ser bastante complicado aquello. En Huelva, por la cercanía respecto de Portugal, muchos tenían el depósito permanentemente lleno, el coche cargado de los víveres más elementales y la familia en alerta, listos todos para salir zumbando si el asunto se ponía feo.

Así las cosas, en un clima de inestabilidad tal que cualquier resbalón podría haber tenido consecuencias más que peligrosas, debió ser una heroicidad, de las que apenas se estilan hoy, poner en marcha todo aquello. Ya sé que te rallan las batallitas de algunos, que parece que ellos ayudaron a cargar la pluma con la que se escribió el titulo primero de la Constitución. Que no puedes con sus cejas tan altas. Pero déjalos, hombre, la mayoría se lo merece, de verdad. Siempre será mucho mejor eso que poner oído a quienes reclaman la abolición de nuestro actual sistema, que largan fiesta contra la pretendida marginalidad en que quedan algunos en un régimen liberticida, que reclaman el regreso de otros tiempos y bla, bla,bla... A alguno se le vió la patita cuando las manifestaciones, la pasada primavera, contra la guerra en Irak. Decididamente no fue bueno que se colara, entre tanta gente con tan buena voluntad, tanto radical anti sistema.

Sé que alucinas con tanta solemnidad sobrepuesta, como te decía al principio. Pero dejalo, consígnalo a efectos de inventario, de verdad. Merece la pena el esfuerzo, sólo porque tú en marzo puedas acudir a votar o puedas leer, esta mañana, sin esconderte, artículos como éste.


Cabinas

Lunes, 1 de diciembre de 2003
Eh, tú. Sí, a ti, que te has parado aquí, posiblemente por equivocación, y estás leyendo esto, que tienes un móvil y matas tus tediosas clases mandando y recibiendo mensajitos. No siempre fue así, ¿sabes? Eso que ahora quieren quitar, las cabinas públicas, los mamotretos a los que apenas haces caso cuando pasas a su lado, limitándote a salvarlos con un escorzo, hace años eran fundamentales. Entonces los móviles no existían –ya sé que te causa la natural sorpresa, y que te preguntas como pugnetas lo hacíamos para evadirnos mentalmente del rollazo de matemáticas o historia, o latín, o lo que era peor, filosofía. Pues con imaginación, como siempre se han hecho esas cosas. Pensando en las musarañas, poniendo, eso sí, cara de muy interesado. O se detenía uno a comprobar disimuladamente, mira tú, dos o tres pupitres por delante, el puntero crecimiento de Rosita, anda—.

Pero a lo que iba, chaval. Te decía que los móviles no existían, que no todo el mundo tenía un teléfono en su casa y las cabinas públicas constituían la única forma de telefonear. Si te fijas, es de las últimas cosas privadas que uno ha hecho en plena calle. Por eso no es ninguna tontería esto que acaban de decidir: es acabar con una costumbre, modificar el paisaje urbano y social, destruir un hábito que empezó a tambalearse cuando se popularizó eso que acaricias ahora, casi sin darte cuenta, tu móvil. Criterios de rentabilidad, han aducido. Ya nadie las utiliza.

Yo he llamado mucho desde cabinas, claro. Cuando telefonear era casi un lujo, cuando recibir una llamada era una sorpresa --ahora ves en tu móvil quien te llama, puedes rechazarlo, o dejar que suene sin descolgarlo, o calcular con exactitud el tiempo que das para que suene, ahora no tiene emoción, chico--, cuando el timbrazo que retumbaba era de las pocas cosas que te mantenían unido a la cotidianidad, cuando aguardabas horas y horas al lado del aparato–“¿se habrá olvidado?”— o cuando, glups, tenías que pasar la vergüenza de marcar y no saber si iba a coger el teléfono quien debía. Era, sabes, como un salto en el vacío, con público, además, porque los que hacían cola te veían perfectamente. Y todo eso ocurría en un breve cubículo, en el que si entraban dos faltaba espacio.

Tú te seguirás sorprendiendo, chaval, pero es que entonces las cosas eran así. A ti no te importará porque hace mucho que ni siquiera tienes la curiosidad de preguntar como se utilizan las cabinas. No las necesitas para nada: ahora puedes hacer virguerías con tu móvil. Y sin que te vea nadie. Pero uno, ay, lamenta que las quiten de las calles porque es como si le quitaran jirones de costumbre, como si me secaran de golpe el sudor frío que me horadó gozosamente la espalda. Como si me demostraran, en fin, que aquellas tardes que uno empleaba en debatirse si ir o no a la cabina pueden ser facilmente destruidas, siglos después, a golpe de piqueta.


Glamour

Lunes, 24 de noviembre de 2003
Las últimas valoraciones acerca del resultado final del pasado festival de cine iberoamericano, que ha llegado medio tambaleándose a su edición número 29, ponen a un concepto tan resbaladizo, sugerente y brumoso como el glamour en el centro de la polémica. La mayoría afirma que faltó glamour. Ah, el glamour, el glamour...

Me gusta, no obstante, el giro que ha tomado la polémica: el festival ha dejado tras de sí no la clásica bronca política sino un sano debate ciudadano sobre la ausencia de glamour, esa abstracción que tiene que ver con la fantasía, ese ideal evanescente y difícil de definir que se incrustó gozosamente en la membrana sepia y elástica que activa la memoria aquel día que uno descubrió los placeres de repatingarse en una butaca y esperar que la vida le suceda a otro, y que este otro le dé réplica a Marilyn, a Ava, a Lana, a Greta, a Sofía o a Audrey. O Marlene, aquella cuyo nombre era, ay, una caricia y su apellido un latigazo.

El glamour está decididamente condicionado. El mito, pues, no solo implica una actuación, un papel: también un estilo. Y una época. La seducción –el glamour es engatusar con complicidad-- consiste en sugerir, más que en mostrar. Por eso, entonces, todas las estrellas eran lejanas. Una vez que la película se acababa, solo vivían en las revistas, o en fugaces visitas, rodeadas de flashes y de gente que protegía no a la persona sino al personaje. Formaba parte del espectáculo. Cuando decaía, se reanimaba a bases de pequeñas y controladas dosis de vida privada. Todo muy organizado.

El glamour, pues, no se improvisa. Está preparado, como decía Benavente que son los mejores discursos espontaneos. Y no será fácil buscar esa oportuna media distancia solo con imaginación y con pasta, puesto que en contra del mito se encuentra la extrema voracidad del nuevo periodismo chismoso, que arruina cualquier intento de resucitar la vieja estrategia. De todos modos, en algunas ocasiones, es casi mejor dejar al mito en el pedestal, no acercarlo demasiado. No olvidaré nunca aquel encontronazo con la realidad que tuve hace más de 15 años –ya entonces me entusiasmaba la copla-- cuando, tras una entrevista, una de sus más preclaras exponentes, sin esperar que me marchara, le pidió a una amiga suya que estaba al lado un poco de cera para arrancarse el bigote. Desde entonces, por cierto, solo la escucho mientras me afeito.

En cualquier caso, se defiende Porfirio Enriquez, ese director de festival con pinta y nombre de galán de película de los años 50, afirmando que el glamour es cosa de Hollywood, que el cine iberoamericano no lo necesita. Se ha callado que glamour no solo se fabrica con el material del que están hechos los sueños sino también de otro material, más prosaico, que es con el que están hechos los euros. Ah, el glamour, el glamour...


La herida

Lunes, 17 de noviembre de 2003
Giró el cuello, lo justo para ver el reflejo de la navaja. Él sujetaba sus brazos con aquella fuerza que un día le hizo tanto bien. Le dio tiempo a recordarlo: ágiles, largos. Esa fuerza que un día le presionó gozosamente contra la pared hoy le buscaba dolor. Y esa voz al oido: aquella que le provocó hace tanto tiempo que se le erizara el vello de la nuca, que se le amontonasen puntitos sonrosados en algunos tramos de piel. Era la misma, pero hoy, si le creaba un repentino encogimiento del corazón, era de puro miedo.

Recordó la época en que esperaba impaciente junto al teléfono, cuando no existían los móviles: deseaba que sonase, que rompiese el espeso silencio de su salón. Qué él estuviera al otro lado. Esta madrugada volvió a sonar el teléfono y de él bramó un borbotón alcoholico, un insulto inocuo por manido. Él estaba al otro lado. Lo pensó: se había acostumbrado a sus palabras de cuchillo como quien sabe que en otoño llueve, que es una molestia, pero tiene que ser así. Juraría que alguna vez le irritaron sus insultos. Pero lo que un día fue sorpresa, y luego dolor, es hoy anestesia. Y miedo, esa puñalada fina, fría, ese líquido paralizante que te cala, que se expande por músculos y tendones, y que te ahorma la respiración.

Y mientras el brillo de la navaja se oscurecía pensó en otras noches, y en otras estadísticas: las que pormenorizaban que era en fin de semana cuando las parejas hacen habitualmente el amor. Esta noche leyó que también era cuando se producía la mayor cantidad de agresiones a mujeres. En otra época se habían reído juntos del primer estudio: “éstos no nos han preguntado a nosotros”. Esta noche supo que la iban a incluir en el segundo.

La navaja había perdido todo su brillo y sintió que estaba viviendo un minuto gratuito, unos instantes de prórroga. Lo notó porque no sabía si lo que sentía en la garganta era su saliva espesada, o su recuerdo. Ni si los dedos que se le estaban incrustando en el cuello se conjugaban en presente o en pasado.

Ella agradeció que él se retirara, pensando que había sido solo una amenaza más. Fue a suspirar con alivio, pero se quedó a medio camino: sintió que algo mojaba su mano izquierda, se miró y descubrió que era un liquido rojo. Y recordó aquella primera vez, en que él se había empeñado y, bueno, pues venga, qué le vamos a hacer. Y se rieron cómplices–risa abierta, contagiosa—de lo mucho que se había manchado, de a ver qué iban a decir. Supo entonces que eso era de lo que, pasados 35 años, él se iba a preocupar: de cómo iba a explicar las manchas en su ropa, de a ver que iba a decir. Pero ella entonces ya no podría soltar aquella mentirijilla que nadie se creyó “es que me he hecho daño forcejeando con Miguel” ---, y que ahora, mira, sí iba a colar, exactamente una vida después.


LA HERIDA

Lunes, 17 de noviembre de 2003
Giró el cuello, lo justo para ver el reflejo de la navaja. Él sujetaba sus brazos con aquella fuerza que un día le hizo tanto bien. Le dio tiempo a recordarlo: ágiles, largos. Esa fuerza que un día le presionó gozosamente contra la pared hoy le buscaba dolor. Y esa voz al oido: aquella que le provocó hace tanto tiempo que se le erizara el vello de la nuca, que se le amontonasen puntitos sonrosados en algunos tramos de piel. Era la misma, pero hoy, si le creaba un repentino encogimiento del corazón, era de puro miedo.

Recordó la época en que esperaba impaciente junto al teléfono, cuando no existían los móviles: deseaba que sonase, que rompiese el espeso silencio de su salón. Qué él estuviera al otro lado. Esta madrugada volvió a sonar el teléfono y de él bramó un borbotón alcoholico, un insulto inocuo por manido. Él estaba al otro lado. Lo pensó: se había acostumbrado a sus palabras de cuchillo como quien sabe que en otoño llueve, que es una molestia, pero tiene que ser así. Juraría que alguna vez le irritaron sus insultos. Pero lo que un día fue sorpresa, y luego dolor, es hoy anestesia. Y miedo, esa puñalada fina, fría, ese líquido paralizante que te cala, que se expande por músculos y tendones, y que te ahorma la respiración.

Y mientras el brillo de la navaja se oscurecía pensó en otras noches, y en otras estadísticas: las que pormenorizaban que era en fin de semana cuando las parejas hacen habitualmente el amor. Esta noche leyó que también era cuando se producía la mayor cantidad de agresiones a mujeres. En otra época se habían reído juntos del primer estudio: “éstos no nos han preguntado a nosotros”. Esta noche supo que la iban a incluir en el segundo.

La navaja había perdido todo su brillo y sintió que estaba viviendo un minuto gratuito, unos instantes de prórroga. Lo notó porque no sabía si lo que sentía en la garganta era su saliva espesada, o su recuerdo. Ni si los dedos que se le estaban incrustando en el cuello se conjugaban en presente o en pasado.

Ella agradeció que él se retirara, pensando que había sido solo una amenaza más. Fue a suspirar con alivio, pero se quedó a medio camino: sintió que algo mojaba su mano izquierda, se miró y descubrió que era un liquido rojo. Y recordó aquella primera vez, en que él se había empeñado y, bueno, pues venga, qué le vamos a hacer. Y se rieron cómplices–risa abierta, contagiosa—de lo mucho que se había manchado, de a ver qué iban a decir. Supo entonces que eso era de lo que, pasados 35 años, él se iba a preocupar: de cómo iba a explicar las manchas en su ropa, de a ver que iba a decir. Pero ella entonces ya no podría soltar aquella mentirijilla que nadie se creyó “es que me he hecho daño forcejeando con Miguel” ---, y que ahora, mira, sí iba a colar, exactamente una vida después.


El cine

Lunes, 10 de noviembre de 2003
Entonces ya eran días de cine. De cine cine, ya sabe usted: aquello tan maravilloso que posibilita que durante una hora y media la vida le suceda a otro. Ese invento que permite arremolinarte contigo mismo en una butaca, no tener que hablar con nadie, no estar obligado a oír nada que no sean las voces de los actores. Porque esa era otra: no sé si mi decepción fue mayor cuando descubrí la verdadera identidad de los reyes magos o cuando deduje que era practicamente imposible que Clint Easwood hablara con el acento de Constantino Romero.

Pero eso fue mucho más tarde. Entonces, le decía, eran días, y semanas, y meses, y años de cine. Y el niño que pagaba 50 pesetas por la butaca desconocía el doblaje, el rodaje, las técnicas de filmación, el guión tantas veces destrozado. El niño que se refugiaba en la magia del cine desconocía en general todo que no fuese lo que les pasaba a esos seres prodigiosos que vivían entre la penumbra de la sala, todo lo que no fuera el proceso mágico que le permitía asistir en primera fila a una historia sin que tuviera que involucrarse. El niño, entonces, no se preocupaba por el cómo; le bastaba el qué.

Y entonces ya soñaba con poder decir lo que decían ellos: la frase justa en el momento exacto, ni antes ni después. Y mirar como miraban ellos. Y sentir como sentían ellos. Y llorar como lloraban ellos: con dignidad, con mesura. Con gallardía. Con clase. Y, por supuesto, besar como besaban ellos: con pasión, pero sin despendole; con pundonor, pero sin desparrame.

Y el niño que se refugiaba en el cine quería que ganasen los buenos, aunque a veces le fascinasen más los malos; y buscaba sin éxito entre sus compañeras de EGB los ojos que solo encontraba en la penumbra del cine. Y creía que todos los amores imposibles tenían marchamo de heroismo. Que detrás de cada esquina se escondía una aventura. Que el horizonte era una trampa para pusilánimes, y que había que llegar, y asomarse, y sonreir al vacío. Y que en los mares del sur –que bien sonaba entonces: mares-del-sur—jamás podría esconderse una clase de geografía.

Todas las desgracias que se ocurrieron siempre las encontró fuera de una sala de cine: descubrió que las historias normalmente no tienen final feliz, que los besos no siempre venían con certificado de originalidad. Que había pelearlos, pero no como vió a aquellos espadachines florentinos, sino con dagas retorcidas.

Y que nadie subía la música cuando ella, ay, por fin le besó aquella vez. Y que los llantos que oía de sus propios labios tenían su garganta como caja de resonancia.

Y que los buenos pierden interés al verlos de cerca, y que los malos ganan con el tiempo y la distancia. Y que no hay nadie que pertenezca exclusivamente a uno de esos dos clubes, sino al que hay en medio, que inscribe a los desorientados.

Y que uno se marea en los barcos.Y que los heroes normalmente están cansados. Y que el mecanismo que activa el recuerdo no origina una sucesión lineal de imágenes veraces sino, como en el cine, un collage con trampas narrativas y trucos cronológicos.


La Mina

Lunes, 27 de octubre de 2003
El lúcido e inquieto Juan Cobos Wilkins, uno de los lujos literarios de nuestro país, lo explica con exquisita ternura en “El corazón de la tierra”: viene a subrayar que la mina lo era todo para la Cuenca onubense.

También lo refleja en su ultimo artículo Juan Feria Alcuña, otro de los máximos exponentes del nuevo columnismo: los habitantes de la comarca, aún a regañadientes, no han dejado de conservar una insólita servidumbre hacia MRT, cuyo origen hay que buscarlo en el disco duro de la memoria de cada cual. Una vez alguien me contó como, a veces, de noche, desde el pueblo –da igual cual fuera, ocurría en todos los de la Cuenca--se oían ruidos lejanos, y voces. Y camiones que iban y venían, sin sentido aparente. Y un extraño olor envolvía el aire. Ella me dijo que entonces se acurrucaba entre las mantas y procuraba pensar en otra cosa. Así le habían enseñado desde pequeñita. Y nadie se atrevía a decir nada: era la mina. O La Mina, así, en mayúsculas, puesto que a la autoridad siempre se la ha nombrado con letras grandes.

Uno, que es de campo y tiene al río como único referente de misterio, lo entiende bien, porque de noche se oían chapoteos, y voces. Eran los estraperlistas, que cruzaban el Guadiana, jorobas de salida cotidiana a la miseria. Por eso entiendo –“niño, tú te duermes, no has visto nada”-- el miedo reverencial a La Mina, a un ente fantasmal que, en un tiempo determinado, como explica Wilkins en su recomendable obra, constituyó el motor del desarrollo económico, cultural y social de una comarca. Suponía, en fin, la vieja lucha entre lo que uno quiere y lo que necesita: quien proporcionaba trabajo, modernizaba la comarca y dotaba de determinadas señas de identidad que acabaron solidificándose con el paso del tiempo también obligaba a una serie de implicaciones no precisamente fáciles de digerir.

La Mina ponía y quitaba alcaldes, dirigía la sociedad civil, poco menos que decidía sobre vidas y haciendas. Y por supuesto se arrogaba el poder del suministro del agua.

La Mina daba agua y los pueblos tenían que hacer lo que La Mina dijera. No sé si se ha valorado el gesto de los municipios mineros de la semana pasada, pero uno lo entiende como el corte drástico con las servidumbres del pasado, la plasmación definitiva de que la cuenca minera tiene poco que ver con aquella zona donde había ese miedo frío, espeso, oscuro a La Mina.

Bien por los regidores de la cuenca, que han sido capaces –Wilkins perfila deliciosamente los cabecillas de la revolución de 1888, y les dota de motivos atravesados, es decir, les humaniza—de honrar la memoria de aquellos que se atrevieron a correr graves riesgos para diseñar mejores tiempos. Lo recuerdo bien: una vez me atreví a mirar por la ventana y en lugar de al monstruo, lo que vi fue a un infeliz aterido, temblando, maldiciendo su estampa en portugues, recién salido del río. Los alcaldes de la Cuenca han sabido plantar cara al monstruo. Espero que disfruten del agua, que además de hidrógeno y oxígeno, también posee historia y heroismo.


APAGÓN

Lunes, 29 de septiembre de 2003
Ella se levantó para tomar un poco de agua. Apretó el interruptor del pasillo y... no ocurrió nada. “Otro apagón general”, se dijo, recordando aquella expresión de sus padres, cuando el hecho de que se fuera la luz formaba parte de la cotidianidad. A tientas llegó a la cocina, se tomó un vaso de agua y regresó con pasos lentos, como si estar a oscuras le amortiguase aquella sensacion de asfixia controlada que le permitía suspirar, pero no respirar bien. Palpó la cama, y así, calculando distancias, en busca de nuevo de las sábanas, fue cuando empezó a experimentar aquella sensación –como zambullirse, como nadar, como bucear en un mar oscuro donde no hace falta tomar oxígeno—que le rodeaba al avanzar en aquel trozo de nada de color negro.

Maravillada, descubrió que así, a oscuras, podía mirar sin ver, existir sin revelarse. Suspiró un poquito y... se oyó. Giró el cuello y... no le veía, él no existía en aquella amalgama de negrura y vacío. Estaba, pero no existía. Y se recostó sobre el respaldo de la cama, y soño que así era siempre, y así había sido siempre: él no existía, ni existía aquella tarde paradójicamente luminosa en que él le ofreció un cobijo tramposo entre sus brazos. Y no existía en aquel tramo compacto de oscuridad ancha ni sus gritos ni aquella vez, primera de muchas, en que, bueno, estaba nervioso, el pobre, se le escapó la mano, y no existía aquel río de sangre, de lágrima y de pena que recorrió, también primera de muchas, aquella vez su blusa. Y no existían sus excusas ante familiares y vecinos para justificar las huellas de todo aquello. Ni la mirada de él, a medio camino entre el desprecio y el odio, entre la repulsión y la ira. No existía el tramo entre el amor y el desamor, y después, cuando ya no había solución, entre el desamor y la tortura. No existía él, ni sus insultos, ni su desprecio. Solo existía ella, o los síntomas de ella: sus suspiros lentos.

Y así, libre, deliciosamente irresponsable, decidió viajar al interior de sus poros, y luego controlar su respiración, sobrevolar el aire caliente que huía a chorros de sus pulmones y se expandía, perdiendose, nada más alcanzar el exterior de su cuerpo y toparse con la oscuridad. Eso. Ralentizaría la respiración, la acompasaría, organizaría un carrusel desordenado y luego una sinfonía equilibrada. Y entonces el tiempo determinó escaparse del reloj, ahora que nadie le veía. Y nunca supo si pasaron minutos, meses o siglos. Ni si tenía los ojos cerrados o abiertos.

Fue entonces cuando regresó la luz. Y cuando él se despertó. Debió ser sobre las cuatro de la mañana. Al menos eso declararon, interrogados por la polícia, a la mañana siguiente, los vecinos, que no acertaban a explicar cómo oían a la vez unos golpes compulsivos y una risa de mujer, su última risa, que más que de alegría, les pareció como de liberación y de venganza.


LA PENITENCIA

Lunes, 22 de septiembre de 2003
El ayuntamiento del municipio onubense de Aljaraque está liderando una iniciativa para que los onubenses se solidaricen con el abracadabrante caso de cinco vecinos de este municipio que han sido encarcelados por pequeños delitos que cometieron hace... 18 años. Se trata de uno de esos ejemplos de cómo la aplicación de la justicia a veces no solo está reñida con el sentido común sino directamente afectado por un sistema burocrático –heredado de aquella maquinaria mastodóntica de hace varias décadas-- que necesita cuanto antes un chute de agilidad que desengrase su oxidado engranaje.

Los protagonistas de esta siniestra noticia en la actualidad están perfectamente integrados en la sociedad, casados y con familia, con trabajo. Son ciudadanos ejemplares. No tienen nada que ver con aquellos a los que hace 18 años se les ocurrió robar un televisor y otros pequeños electrodomésticos.

Su ingreso en la cárcel se ha producido después de numerosos cambios en la titularidad del juzgado que ha seguido el caso. Cada vez que llega un juez nuevo se tiene que poner otra vez al día, y se ve que este asunto siempre se queda pendiente. Al parecer, uno de ellos llegó a recomendar el indulto, pero el proceso burocrático ha encontrado más trabas de las previstas.

Me cuentan que puede que tengan suerte ahora, tras el último cambio. Una juez a quien no tengo el gusto de conocer parece que se ha tomado el asunto en serio. Espero que todo vaya bien y tengamos pronto noticias. Y espero que sea así para, entre otras cosas, dar lustre a un sistema que, habida cuenta de determinadas casos, no está pasando sus mejores horas. Y no me refiero solo a que se le haya olvidado entalegar del todo a los Albertos, vaya, hombre. Más bien a fulanos como ese juez que no quiso hacer caso a una desesperada mujer que le imploraba que le separara del bestia de su pareja. Nada, nada, je,je, eso son los amores, que más queridos cuando más reñidos. Que un poco de celos no vienen mal nunca, señora, que así luego la quiere más. El animal la acabo matando a martillazos. Muy amorosos, al parecer. O el caso de Dolores Vázquez. No he escuchado todavía a nadie abominar de esa equivocación llamada “jurado popular”, ni de jueces laxos, ni de investigaciones chapuceras.

Espero que la titular del juzgado, de la que me hablan muy bien, por cierto, se deje guiar por el sentido común, prestigie de nuevo su profesión y saque de la cárcel a estos ciudadanos que bastante castigo tienen ya con comprobar como aquello que robaron es ahora el principal suministrador de horrores en sus propios domicilios. Todos los días se les aparecen en casa Crónicas Marcianas, Carmina Ordoñez, su ex secretaria, Pajares, la madre de Jesulín y las antiguas novias de Isabel Pantoja y Encarna Sánchez. Creo que ya han pagado suficiente.


TU DÍA

Lunes, 15 de septiembre de 2003
Eh, tú. Sí, a ti, que te has levantado hoy dos o tres horas más temprano que de costumbre, que desde anoche estás sintiendo ese leve cosquilleo que sobrevuela en círculos tu ombligo y asciende hacia tu pecho. Que protestas porque tu madre te viste deprisa y cuida de que vayas al menos medio peinado. Hoy no es tu día. No lo es, independientemente de lo que pone en los anuncios de los grandes almacenes. De lo que te van a decir las grullas de tus maestras. De lo que a todo el mundo le interese que supongas. No lo es, creeme. La vuela al cole, o en tu caso, el estreno del cole, no es el acontecimiento más importante de tu todavía corta vida.

No puede ser sano que te obliguen a levantarte cuando aún el día no tiene luces y te metan en una vorágine de cepillos, peines, ropa, bullas, carreras, tráfico, semáforos, bocinas. Que te encalomen una cartera que pesa el doble que tú, que te coloquen en una fila donde verás a otros pardillos asustados que serán tu espejo. Que un señor mayor venga y te cuente cosas que no ten interesarán nada, puesto que tú estarás inspeccionando la habitación grande donde te han metido, y lo que pone en aquella pizarra verde, y adónde dan las ventanas, que, ya lo verás, se convertirán con el paso del tiempo en tu único punto de contacto con la calle, con la vida, con tus sueños, contigo. El paisaje que verás desde tu ventana será tan familiar como el del techo de tu cuarto, o como el del salón de tu casa. Vas a pasarte media vida mirando ese paisaje, revolcándote mentalmente en él. Va a ser el fondo donde lamentarás o aprobarás, donde rebotará tu eufória, tu tristeza, tus dudas, tu seguridad, tu bondad y tu maldad. Donde colgarás muecas masculinas que no entenderás, y risas femeninas en las que desearás envolverte. Me darás la razon pasados unos años, cuando descubras que esos seres tan torpes para jugar al balón suelen dar drásticos cambios y los quebraderos de cabeza que te proporcionarán nada tendrán que ver con su escasa velocidad para acometer un buen contragolpe en la cancha de futbol sala.

No es tu día, de verdad. No puede serlo cuando tus padres se empeñan en que vayas risueño al cole, después del madrugón. Porque eso implica que no podrás quedarte hasta muy tarde en tu cama leyendo tebeos, o escuchando ese invento, la radio, mira, que está muy bien, porque puedes oir que te hablan sin que tengas que contestar. No es tu día, en fin, porque hoy te van a quitar tu paraiso natural –allí donde viajas, donde te escondes, donde recreas, donde recuerdas, donde lloras, donde ríes, donde vives—y te encerrarán con 25 niños más. Y buscarán afinidades, solo porque tienen, ya ves, tu misma edad.

O puede que sí lo sea y que años más tarde te des cuenta de que lo que hay detrás de un consejo habitualmente es una pena.Y puede que 27 años después quieras escribir un elogio al olor que tenía tu aula aquel primer día de cole pero solo te salga un lamento por el tiempo perdido.


LA NUEVA TELE

Lunes, 8 de septiembre de 2003
La nueva vuelta de tuerca que se está dando a los programas de televisión, sus detestables circos tras la aparición de cadáveres mutilados de jóvenes o la cancha que se les da a quienes relatan episodios cuanto más íntimos mejor con el único fin de hacer el mayor daño posible, ha desvelado las tendencias que va a seguir las nuevas programaciones.

Así que si la cosa ya ha llegado a esos niveles, uno está dispuesto a aportar algunas ideas, por el engrandecimiento y la culturización de la sociedad. Totalmente gratis, ya sabe usted lo desprendido que es el arribarfirmante.

Imagine un concurso que se titule algo así como “El valor y su precio”. El participante irá desvelando secretos inconfesables de su familia y amigos, que debe ser luego autentificado, para evitar picaresca, que hay mucho timador. Pero cuidado, no valdrá lo mismo el testimonio de uno que sabe que un amigo, felizmente casado y con abundante prole, es mariposón –ahora que han vuelto a poner de moda la palabra-- como el del que trae una cinta en la que se ve a su propia esposa y el del butano, aquella vez que se descubrió el percal, una mañana que regresó pronto del trabajo. Lo debe presentar una muchacha que debe poner mohines siempre de mucha sorpresa y que, al final de la temporada, descubrirá que para estar ahí tuvo que encalomarse al productor ejecutivo, el director y al realizador.

Ahora suponga un reality, o un late night, o como se diga en fino lo que usted está pensando, que recoja los crímenes más terribles. Para ello, debe pactar con los futuros homicidas que vayan provistos de una cámara de video. El objetivo general será dilucidar qué pasa por la mente de un asesino, pero conforme vaya pasando el tiempo el programa se limitará a cuantificar los litros de sangre y los kilos de vísceras que quedan esparcidos por suelos y paredes. Dado que el fin es eminentemente social, el juez deberá contemplar como atenuante y bajar la pena lo que pueda. Todo sea por educar a la sociedad. Sería bueno, para ilustrar a la selecta audiencia, que se le encajara una cámara en la cara a los padres cuando se les esté dando la noticia de que sus hijas han sido brutalmente descuartizadas. Sería un bueno golpe de efecto, que garantizaría un pico audiencia.

Y otro que se titule “Cuente todo lo que sabe”. Se traería a portavoces de esas asociaciones que de cuando en cuando salen diciendo que, ufff, si ellos contaran lo que saben, jejeje, iba a temblar la tierra. No hará falta pruebas. Eso es lo bueno: un honrado ciudadano no tiene por qué demostrar nada, que garanticen ellos su inocencia. Eso es lo que quiere la gente, ¿no?, lo que la gente respalda. Pues venga: si 20 mil moscas comen caca, ¿como alguien puede decir que ésta tiene mal sabor?


EL REPORTAJE

Lunes, 1 de septiembre de 2003
Un reportaje cañí sobre la costa onubense publicado en un diario catalán ha escocido en una tierra que tiene en el turismo -en su imagen exterior, pues-una de sus principales fuentes de desarrollo. El piriodista guasón reflejaba una Huelva más cerca de los Morancos y Chiquito de la Calzada que de la realidad actual. Desde diversos sectores políticos, empresariales, sociales y económicos se ha exigido una inmediata retirada de este reportaje que, para colmo, ya está colgado en internet. Pero no hay que preocuparse, que dicen los jefes del diario en cuestión que no lo hemos entendido, que no es para tanto. Ah, bueno, haber empezado por ahí.

Exagerados, que somos unos exagerados. Que dicen en el Periódico de Cataluña -o era Catalunya- que es que no hemos sabido captar el tono, el ligero matiz humorístico, la vertiente irónica. Que no, hombre, que no era para molestar. Era otro enfoque, de verdad, je,je,je. Venga, que cuando reflejamos que Matalascañas es un lugar insoportable, lleno de ruido, que está a medio camino entre el Coto de Doñana y el Coto Matamoros -ay, que bueno, que chiste, que genio el tío que ha escrito esto-no queriamos fastidiar, sino hacer una gracieta. Es que os poneis de un modo por nada...

Y es verdad, hombre, tienen razón en el diario catalán: que no han querido atacar al turismo, sino abrir camino hacia un nuevo estilo de reportajes. Pues nada, en mi afan por seguir la estela de los nuevos creadores periodísticos, aquí va mi pequeña contribución.

Ya que lo nombra, como muy bien ha subrayado el columnista Paco Robles, Coto Matamoros es de la factoría Sardá, que es un catalán que ha sabido como nadie -ni el denostado Pepe Navarro en sus tiempos-convertir la televisión en un electrodoméstico que debería estar en el cuarto de baño. Un catalán demagogo que se ha pasado de la raya -cápteme ahí el sutil chiste, ya sabe, la raya, je,je,je, quiero ser innovador, como el del reportaje-insultando la inteligencia de los televidentes.

Cataluña -o era catalonia-tiene su verdadero espíritu no en un inaudito requiebro de Gaudí sino en el refajo de los payeses, verdadera dimensión de la hondura de la cataluña profunda, esa de la que se impregna gran parte de su sociedad y de la que se oyen frases contra charnegos, inmigrantes y extranjeros, que pueden verse reflejadas casi todas las semanas en reportajes no como el que nos ocupa, jejeje, ya sabe, imaginativos, sino tradicionales, de esos que cuentan lo que pasa, sin más historias.

La cataluña separatista, corta de miras, intolerante, egoista, la instalada en el nacional catetismo está a años luz del espíritu emprendedor que existe en Huelva. Y ya puesto, digamoslo de una vez: en comparación con la costa de la luz, la costa brava es un pegote como el sombrero de un picador, escrito sea, jejeje, ya sabe, en plan gracioso, sin ofender, para parecerme al reportaje innovador.


LA CORBATA

Lunes, 24 de agosto de 2003
Un conocido dirigente de la cofradía de pescadores de un municipio costero de Huelva acaba de hacer público que una de las razones de su desencuentro con una hermandad de su pueblo, que dio origen a una comentadísima trifulca y a una sentencia lapidaria (“primero está el pescado, luego la Virgen del Carmen”) se halla en su rechazo a la obligación impuesta de usar corbata en el desfile procesional. Esta severa declaración de principios, aunque insertada en otros puntos, implica sin duda la intención de, por fin, iniciar la lucha final contra la opresión... del cuello. Si hace casi 20 años fueron los descamisados los protagonistas de la vida pública, ahora, por lo que se ve, serán los descorbatados. Ni Dios, ni patria, ni rey... ni corbata. Es un ataque de los sincorbatistas libertarios.

El vocero pescador recoge, quizás sin conocerlo del todo, el espíritu anarco de los sesenta, el incorformismo del "flower power", el de Woodstock y el macuto de la casa Alpina. Si éste era el elemento distintivo del progresista-concienciado, la corbata, ese yugo masculino, lo es del reaccionario-alienado. Por no referir las gruesas voces procedentes del feminismo más recalcitrante, que vinculaban la utilización de la prenda con el machismo dominante en una sociedad falócrata.

El dirigente pescador se une así a una corriente mundial que está cercando a esa prenda que no hace sino recordar a los hombres que su presente es rígido y que la soga del destino la tiene uno permanentemente al cuello.

No está solo el singular pescador. En paralelo a esta determinación, en una zona de recreo y vacaciones de Texas se acaba de prohibir llevar corbata porque según sus promotores, las corbatas arruinarían la imagen despreocupada del lugar, y recordarían al turista la vida gris y monótona que lleva durante el resto del año en la oficina. No es cuestión baladí, puesto que esto implica que la corbata ha pasado a significar burocracia, monotonía, vida gris, la oficina siniestra.

El sincorbatismo feroz está llegando a todas las capas sociales, incluso a las menos imaginables: un aspirante a juez se negó a llevar corbata a las oposiciones y el tribunal calificador lo rechazó, por lo que no pudo hacer el examen. Sin embargo, el Consejo General del Poder Judicial le dio finalmente la razón. Y los trabajadores de una empresa de seguridad llevaron hasta el Supremo su cruzada contra las corbatas. Se negaban a ponérsela porque les molestaba el sudor que les producía. La justicia finalmente también falló a su favor.

Y por si fuera poco, en Estados Unidos se empiezan a replantear las cosas. Los gurús en recursos humanos se han dado cuenta de que sustituir la corbata y el traje por un polo y unos chinos sube la moral de los empleados, reduce barreras jerárquicas y aumenta la productividad. Pero hay más. Según estas teorías, no es solo mala para los beneficios laborales: la corbata perjudica seriamente la salud. Se acaba de hacer público que llevar el nudo muy apretado puede poner en grave peligro el riego sanguineo de los ojos.

No hablaba, pues, a humo de pajas el líder pescador. Un movimiento sólido, concienciado, sigiloso, perfectamente coordinado, seguro de sí mismo y con muchos adeptos está recorriendo el mundo. A los fabricantes de estas prenda, por lo pronto, ya se los están poniendo... de corbata.


LA RUBIA

Lunes, 18 de agosto de 2003
El ayuntamiento de Gibraleón ha tenido la feliz idea de homenajear a una empresa cervecera por instalar en ese municipio la segunda fábrica de la que hay noticias en este pais. En la práctica, supone reconocer a la cerveza su indudable mérito en la vida cotidiana.

Bien por la iniciativa, que es a la vez justicia y desgravio: ya está bien eso tan extendido de que el vino sea cultura y la cerveza bebida. Que el que se emborracha de aquél entraría en el Parnaso y el que de ésta lo hiciera sería merecedor de un severo castigo en la zahúrda de los ebrios. La cerveza, por fin, en el lugar que le corresponde. Ya escribió Francisco Correal que la cerveza no ha necesitado de Sociedades Culturales ni Logias afines. Es tan universal y tan local, tan cotidiana –rubia asequible, deliciosa, necesaria—que sus valedores no se rasgan las vestiduras por algo tan banal como que los sesudos académicos de la Lengua despachen el vocablo cerveza en cinco líneas y le dediquen sesenta y una a su majestad el vino.

No tiene el glamour de un Ribera, ni el prestigio cinematográfico de un Chivas, ni el puntito de pretenciosidad chic de un martini, ni pugnetera falta que le hace. Sus expertos catadores –tipos normales, como usted, como yo—no tienen razones para rellenar horas y horas de tediosa exposicion haciendo cábalas sobre la velocidad con la que se debe producir el correcto decantado en fino vidrio. No ha necesitado descripciones quirúrgicas para formar parte de la cultura popular. Ni grandes apoyos televisivos ni cinematográficos. No imagina uno a Bogart llevandose las manos a los labios para limpiarse un ribete espumoso, pero es que quizás a Bogart le hubiese ido mejor su asunto en Casablanca si hubiese invitado a la dubitativa Ingrid Bergman a tomarse una cerveza cómplice en lugar de largarle inútiles frasecitas.

La cerveza, subrayo, no deja de ser un lujo asequible, un disfrute al alcance de cualquiera, un rasero que iguala clases sociales, como la muerte, el amor o la sed. No dispone de literatos que le canten églogas, ni ningún poeta le dedicaría un endecasílabo grave y espeso. Pero, ay, nunca un sueño ha necesitado publicidad, ni un pecado promoción, ni un beso a contramano trovadores que le cantaran para cumplir son su función. Placer común y necesario, como descalzarse al final de la tarde, como entornar los ojos ante los primeros rayos del sol de abril, como recordar la densidad del último susurro que envolvió tu oido. Cualquier elogio extemporaneo le haría daño.

Como los amores incipientes, la cerveza necesita mucha complicidad y poca publicidad. Para pronunciar discursos estériles disponiendo de paladarse que gustan de sabores sin artificio y con eficacia. Para qué dejarse llevar por la pendiente a veces ridícula del vino, si es en la sencillez de su sabor –como la mejor cocina—donde se halla el secreto de su éxito.

Alfred Döblin hace decir a la cerveza: "soy amarga, buena y fría. Refresco a los hombres, después les doy calor, y luego los libro de pensamientos superfluos". Pues eso. http://norberto.pitas.com


AMOR Y MATEMÁTICAS

Lunes, 11 de agosto de 2003
Un científico británico, pertrechado de números, de signos y de ganas de jorobar, ha elaborado una epatante teoría según la cual el amor es resultado de una fórmula matemática. Opina este sabio que determinados conceptos unidos a la inclusión de algunas variables dan como resultado la mayor o menor longevidad de esa sustancia invisible y pegajosa. Y concluye afirmando, el imprudente, que la duración del amor se puede predecir. Que es poco menos que una ciencia. Hasta ahí podíamos llegar: el amor, ay, cuestión lectiva. Pitágoras metiendo baza en el territorio reservado a Shakespeare. Debe ser cosa de la logse, que lo ha acabado enredando todo. En fin. Uno siempre supo que, tarde o temprano, adición y adicción iban a estar relacionadas, pero nunca imaginé que sería por cuestión tan delicada.

Mal empezaron a ir las cosas cuando alguien hizo público que el amor es pura química y le puso nombres rarísimos a las sustancias que tenían que entrar en contacto para que su reacción surtiera efecto. Así explicado no hay diferencias entre una hermosa noche en vela y el origen de un capitulo de CSI. El amor, cuestión de química y de matemáticas. No es verdad, claro: siempre supe que estaba más relacionado con la literatura. Y con las ciencias sociales.

¿Cómo un sabio aburrido va a demostrar que el amor --inexacto, espoleante, inconsecuente, delicioso, inmedible-- es una ciencia exacta, como explicar que los números, conceptos inmutables y absolutos por propia naturaleza, pueden ser materia de vaivenes, de contradicciones, de celos, de felicidad, y todo eso a la vez?.

“Vista ciega, luz oscura/ gloria triste, vida muerta”, explicaba, lejos de los números, Rodrigo de Cota. Y abundaba Quevedo: “Es hielo abrasador, es fuego helado. Es herida que duele y no se siente”. Nunca las matemáticas fueron gozosas y esquivas, ni fueron alegres y tristes al mismo tiempo. ¿Como explicar desde la exactitud de los números las variantes del corazón?.

¿Como convertir en gélidas cifras letras palpitantes, por mucha álgebra que trate de aplicarse?: “Más vale trocar / placer por dolores / que estar sin amores”, subraya, en el siglo XV Juan de Encina. No podrá una parábola concreta, exacta e impertubable, como las que aplica el tal científico, explicar la otra parábola --cambiante, ávida de plenitud y caprichosa--: “Mejor vida es morir que vivir muerto”.

Ya lo escribió Lope, razonando la naturaleza mutante, elástica, esponjosa y contradictoria del amor: “creer que el cielo en un infierno cabe / dar la vida y el alma a un desengaño: / esto es amor, quien lo probó lo sabe”. Pues eso.


LA TELE SERIA

Lunes, 4 de agosto de 2003
Escocidas por las críticas, temerosas de que la audiencia les dé la espalda y, sobre todo, faltaría plus, arrepentidas de soltar mierda a raudales con el objetivo de entontecer a la ciudadanía, las televisiones han empezado a huir del submundo rosa para acometer iniciativas más serias, más educativas, más todo.

Así que qué mejor elección como alternativa a esa despreciable inmundicia –es indignante que estos programas se basen en enfrentar a dos tipos, o dos tipas, o dos tipes, para enaltecer los más bajos instintos del personal, puaf-- que la sana política, uno de los ejercicios más nobles a los que se puede dedicar el ser humano. Venga, un chorro de corbatas, a ver si culturizamos a la masa de una pugnetera vez.

Empecemos por la comparecencia de un diputado de la Asamblea de Madrid. Sí, sí, aunque sea árido el asunto. Ya lo sé, los publicistas protestarán, quizás nos retiren algún anuncio, pero qué es eso comparado con el bien que le vamos a hacer al pueblo. ¿Cómo dices que se llama el que va a hablar? ¿Tamayo? Bueno, venga, pues en directo, Tamayo.

Pero... Pero esto qué es? No lleva ni diez minutos hablando y ya se ha cargado el prestigio de siete, ha ridiculizado al que le preguntaba, ya ha explicado que son los empresarios los que deciden la política en algunos lugares y no al revés...

Bueno, bueno, espero que esto solo sea un día. Venga, que va a hablar otro político con pinta de íntegro y honesto, un tal Balbás, en directo. Y que el presentador se enrolle menos y dé paso antes al tío, hombre.

Pero... me quereis matar a infartos? Si este es peor: ha dicho que al jefe de un partido político lo ponen no sus militantes, sino grupúsculos de ellos, que a su vez están en contacto con determinados promotores, enfrentados a otros promotores, que querían a otro jefe, y que hay una guerra a muerte. Y eso nada más empezar a hablar.

Uff, esto debe ser la vida de Madrid, que es estresante. Mejor, voy a provincias, a lugares relajados. Al sur. A Marbella. Sí, sí, educaremos políticamente a la ciudadanía desde ese lugar hermosísimo. Que su alcalde comparta anécdotas con su predecesor, un venerable anciano que, sin duda, tendrá mucho que contar. Todo en directo.

Pero... Si según han empezado, ya se han llamado chorizo, ladrón, mafioso, que cobran comisiones ilegales, que son los responsables de los delitos que se cometen, que son los autores de un golpe contra la democracia en esa ciudad...

Mira, sabes lo que te digo, que me cambio otra vez, que le den por saco a todo y que mañana quiero que de nuevo se emita un especial sobre el furor uterino de Malena Gracia, las actividades bilingues de Yola Berrocal y los bamboleos de cadera de Dinio. Y que le den por saco a la tele seria. Que la del corazón, por lo menos, no engaña a nadie


CALOR Y POLÍTICA

Lunes, 28 de julio de 2003
Las altas temperaturas de estos días mezcladas con la tensión una inédita etapa postelectoral están dando lugar a una impresentable escalada verbal que está horrorizando –como muy bien subrayaban estos papeles ayer, en su imprescindible sección “el rompecabezas”— a los viejos políticos, aquellos que hicieron la transición con sordina, sin una palabra más alta que otra, conscientes de que la cosa pública tiene más que ver con lo que se calla que con lo que se grita. Con la daga, más que con el machete.

No tengo nada contra las subidas de tono verbales a cambio de que sean ingeniosas, inteligentes y malintencionadas. Que lleven acero recubierto de seda. Que distingan la taberna del salón de plenos. José Cejudo, del Psoe, y José Luis Rodríguez, del PP, protagonizaron durante varios años el momento dialéctico más interesante de la historia reciente de la Diputación Provincial cuando ambos ocupaban los cargos de portavoz de sus respectivos grupos, siendo presidente el mesurado y caballeroso Domingo Prieto. No les hizo falta recurrir al insulto, ni a las cuestiones personales, sin abandonar por ello la contundencia y la solidez en sus argumentos. Quizás por ello ambos hayan seguido una brillante trayectoria política posterior, jaleada por numerosas responsabilidades. Otros tiempos, sin duda.

La portavoz de una facción que, tarde o temprano, acabará desgajándose de su partido actual, calificó recientemente de “burro” al dirigente de esta formación, al que no traga. “Burro político, supongo”, trató de reconducir el entre divertido y sorprendido periodista que tomaba las declaraciones. “No, no, burro de los que rebuznan,”, le espetó la doña. Para qué hablar en inglés, cuando el castellano es así de rico.

Prefiero otras broncas políticas, algunas de las cuales han pasado a la posteridad. En un acalorado debate en las Cortes se cuenta que cuando uno de los oradores se preguntaba retóricamente sobre el futuro de “nuestros hijos”, un contrincante político le tranquilizó con toda la sorna del mundo: “no se preocupe por el suyo, que de momento ya lo hemos hecho subsecretario”.

Ingenio y reflejos. En otra movida parlamentaria un político del ala progresista criticaba que su oponente fuera “tan conservador que hasta seguro que son antiguos los calzoncillos que lleva”. Sin inmutarse, el interpelado respondió: “vaya, no sabía que su señora esposa fuera tan indiscreta”. En sepia tiene uno las intervenciones de Luis Ramallo –“éstos se han llevado hasta las telarañas de las cajas fuertes”-- o Alfonso Guerra –“fijense el tiempo que han tardado en llegar al centro. ¿¡de donde vendrían¡?”-- y lamento que ahora sean tan espaciadas las ingeniosas intervenciones de Antonio Romero : “a ese --dijo, refiriéndose a un altísimo cargo—ya en Andalucía no le hablan ni las máquinas de tabaco”. En fin, ya le digo, otros tiempos.


LA TRADICIÓN

Lunes, 21 de julio de 2003
El Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, tiene en su despacho el informe sobre uno de los casos más llamativos del verano onubense: el de Loli Martín, que en la España de 2003 todavía tiene que luchar por algo consagrado por la Constitución como la igualdad entre hombre y mujer.

De Loli, y perdón por la autocita –los columnistas poco imaginativos somos así, nos copiamos a nosotros mismos—ya escribí a mediados de agosto pasado, cuando se conoció que una parte de los habitantes del hermosísimo municipio de Santa Ana la Real se había posicionado en contra de que una mujer se conviertiera en diputada de festejos, una función, tradicionalmente reservada a los hombres, que implica la organización de las próximas fiestas. Apoyados por el sonrojante silencio del ayuntamiento y por el escaso interés cómplice de colectivos e instituciones que están, basicamente, para estas cosas, hubo vecinos que llegaron a organizar un referéndum, supongo que con escasas garantías. Una consulta popular... para decidir si se cumple la ley. Puerto Hurraco no queda tan lejos.

Loli afirma haber pasado un calvario: la han presionado, la han insultado, la han tratado de amedrentar. Y todo en un entorno cerrado y cerril, con algunas mujeres del pueblo –no hay peor cuña que la de la misma madera-- como principales dinamizadoras del disparate. Se ve que la mayoría de ellas debe opinar que su puesto no está organizando fiestas --que eso es, ay, comadre, metetelo ya en la cabeza, cosa de hombres—sino arreglando la casa, haciendo las camas, limpiando los rincones y afilando venenosas murmuraciones en las esquinas. Que las mujeres no tenemos que meternos en sus cosas, que luego no cumplimos con las nuestras: tener las zapatillas dispuestas cuando lleguen, cansados, a casa, cuidar los niños, en fin, haciendoles la vida más comoda. Que para esos estamos en este mundo, vecina, no le des más vueltas.

A Loli, sin embargo, le ha respaldado –manda narices que ahora cumplir la Constitución sea cuestión de apoyos populares-- parte de los mayores del pueblo, demostrando que el paso del tiempo concede distancias y escepticismos. Y que, en efecto, la sabiduría es producto de la experiencia.

El rito se cumple ahora y Loli, elegida como marca la tradición porque alguien lanzó un cohete en su puerta, deberá primero desfilar junto a los otros tres diputados –todos ellos varones, jum, con los pantalones bien puestos, como marca la radial tradición—y luego designar a quien deberá integrar la comisión del año próximo encargada de organizar las fiestas patronales. La valiente Loli afirma que el próximo día 25 nombrará a otra mujer. Y que si ésta no acepta, se buscará a otra. Y si tampoco quiere, que lanzará el cohete delante la de la Virgen, que la comprenderá, como mujer. Mucha suerte








VERANO

Lunes, 14 de julio de 2003
Entonces ya ocurría. Los campos mudaban en costras su piel impudicamente revelada por el poco delicado paso de los segadores. Amarilleaba aún la tierra, como quien se niega a abandonar un recuerdo reciente, como si prefiriera quedarse con un último jirón del ropaje que le acababan de arrebatar, como si se aferrara a un postrero rapto de verguenza.

Los animales ya sabían que debían adelantar el paso, y buscaban la primera sombra sobre –ojo, que escribo sobre, y no bajo, que esa es otra historia—la que cobijarse. Yo nunca lo experimenté, pero entonces alguien me dijo que si uno afinaba bien, podía oir como el pasto se quejaba, crujiendo, de sequía. Porque en ese tiempo, si uno prestaba suficiente atención, se podía escuchar todo: cómo las ovejas conspiraban contra el perro –advenedizo que se vendía demasiado barato al pastor, le decían, éste se va a enterar un día que esté despistado-- que las guardaba, cómo el pozo susurraba encuentros secretos bajo –y ahí sí que empleo bien la preposición, esa es la otra historia—la sombra de las noches de julio. O como el río lloraba ausencias, o como las mujeres, cargadas de ropa , se buscaban complicidades que no se entenderían fuera de aquellos parámetros temporales.

Si uno prestaba atención, me aseguraban, se podía oir de lejos un runrún sospechososo, que nunca fallaba: se avecinaba tormenta. Los cielos, entonces, se comprimían, las nubes, escasas, ennegrecían. Y ya entonces sabía lo que iba a ocurrir: un trueno seco, otro más, un chaparrón momentaneo y otra delicia: el aroma a tierra mojada.

Y luego, de nuevo el sol, y el pasote de calor, y el rebaño, y el perro traidor a los suyos. Y las mujeres que volvían, lamentando la tormenta intempestiva –no era cierto, la barruntaban, pero eso les permitía volver juntas al río--. Y la tierra demudada, y la piquiña del grano recien transportado. Y las gaviotas apurando los surcos removidos. Y el calendario transcurriendo lentamente.

Nunca oí protestas, ni lamentos: se sobreentendía que julio y agosto inciendiaran el almanaque, que noviembre lo empapara, o que abril lo encarneciera. Nunca en la radio que presidía el comedor ninguna voz salía explicando cómo combatir el calor –había que ser un idiota, o un pija, para no saberlo: porrón, sombra, siesta y dejar pasar el tiempo— ni se elaboraban estudios comparativos sobre las calores de distintos veranos.

Julio ejerce. Como debe de ser. Y en la tele cada dos por tres sale un turista, o similar, quejándose de las altas temperaturas –en fino, al calor de siempre le llaman así, hay que xoderse--, diciendo que no recuerda nada igual, que este año sí que sí. Y entonces miro arriba, y brindo por Lorenzo, que, ya se ve, no ha perdido del todo el tino.


CRUELDAD INFANTIL

Lunes, 7 de julio de 2003
La niña, que no pasaría de los diez años, comprobó con sorpresa primero, con sorda indignación despues y con llorosa desesperación finalmente como una vez más iba a quedar de sobra. Ocurrió una de esas tardes del verano que parece que no van a acabar nunca –como usted sabe, las tardes de la infancia ocurren sin parámetros temporales--. Los niños y las niñas jugaban a escogerse, y las reglas eran inflexibles y crueles, como todo lo que rodea a infancia: una niña se tenía que quedar de pico, no iba a ser elegida por nadie.

Sucedió ante la mirada del maestro Manuel Garrido Palacios, uno de los lujos de la literatura española, quien sostiene que los juegos infantiles no imitan al mundo de los adultos, sino al contrario. Lo demostrará en un libro a punto de aparecer.

La niña tendría en otra canción más argumentos para su desdicha: “la señorita Mari Pepa, casarse quiere, pero su novio Fernando a la guerra va”, condenándola a la soltería eterna, asunto no menor, precisamente. Aún así, si hay matrimonio, tampoco está garantizada la felicidad: “molinera, molinera, qué descoloradita vas. Desde el día de tu boda no has cesado de llorar”.

El libro de Garrido Palacios demuestra que la desgracia te acecha desde que naces: “duermete niño, duermete ya, que si no, viene el coco y te comerá”. Comer era un verbo no demasiado conjugado en posguerra, pero razón de mofa de niños a quienes pasaban hambre: “rabia, rabiña, que tengo una piña, con muchos piñones, y tú no los comes”.

Cosas de niños que esgrimen estrofas absolutamente comprometedoras al cantar, a la puerta del cornudo, que “tu mujer es hojuela, su amante, miel, y al anochecer, miel sobre hojuela”. “El verdugo Sancho Panza/ mató a su mujer/ porque no quiso darle dinero/ para que fuera al café”, reza otra terrible canción infantil, entonada con las mismas gráciles e inquietantes voces que después aconsejarían “darle un tiro en la nuez” a la suegra de uno durante la navidad. “La Noche Buena se viene, la Noche Buena se va y nosotros nos iremos y no volveremos más”, cantan, en alusión directa al mismo tema que entonan en otra cancioncilla del bajo andévalo: “ya somos viejitos, nos vamos a la tumba y luego, angelitos”.

Cosas de niños que gozan al saber que a las brujas de los cuentos las despeñan o las frien en aceite hirviendo, que a los ogros los empalan y que a los pobres lobos les meten piedras en la barriga y los tiran al río, en el mejor de los casos. Cosas de niños que, como sostiene el maestro, luego son imitados en el mundo de los mayores, donde las brujas van diariamente a la peluquería, a los ogros te los encuentras por la calle y los lobos suelen vestir, cuando no chaqueta y corbata, piel de cordero. Que ahora que lo pienso, no sé si les estarán bien merecido sus dolorosos finales.


EL CHIVATO

Lunes, 30 de junio de 2003
Proliferan estos días. Abundan como sonrisas rígidas ante un reciente y brillante ascenso, como espesos y elocuentes silencios ante caidas en desgracia. O al revés, más bien al revés. Los conozco bien: llevo casi 17 años en el negocio de poner en pie historias, y los he visto en todas las provincias donde he trabajado, bajo todos los aspectos posibles, pero con idéntica sinuosidad verbal, reptando, moviendo el rabo, manoseando chismes como si fueran importantísimas confidencias que, oh, dios del periodismo, te regalo a ti. Bueno, ejem, a ver qué me das a cambio.

Son los chivatos, los soplones habituales. Ojo, no confundir con fuentes informantes. Éstas, afortunadamente, son al periodismo lo que el abono a las plantas. Aquellos, los chivatos, mierda pestilente a la tierra seca, que no es lo mismo.

Pero, digo, en esta época los primeros abundan tela. Funcionan bajo los mismos parámetros, independientemente del lugar donde se desenvuelvan: da igual traicionan a sus empresas, a sus clubes de fútbol, a sus sindicatos, a sus ong,s... o a las formaciones políticas a las que pertenecen.

“Oye?. Sí, soy yo. Mira, que te cuento. Que el partido quiere poner a mengano en tal lugar, pero Zutano, que es un joputa, se está oponiendo. Si, sí, seguro, claro, hombre, cuando te he engañado yo?”.”Jejeje, ya he quemado a Mengano y lo he puesto contra Zutano, que es lo que a mi me interesa. Si es que soy Richaleiu. Pero en guapo. No está mal, dado que lo que he contado es mentira”.

Tipos repugnantes, apandadores de patrimonio ajeno. Fulanos despreciables, de los que dan la mano blandita, prostitutos de sí mismos... en el mejor de los casos, que conozco algún ejemplo más que llamativo. Un lunes de éstos lo contaré, para que usted se divierta.

Habitualmente sus movidas tienen base falsa y dirección dañina. Y tratan de sacar algún beneficio para ellos mismos. No deja de ser como el negocio de los discos piratas o los cuadros falsos. Ladrones de mercancía, usurpadores de propiedades ajenas. Por el contrario, las fuentes generalmente bien informadas son dignas de crédito y respeto. No cuentan chismes, sino datos que te ayudan a entender primero y a contar después el origen de las noticias.

Son imposible de identificar éstos últimos –prudentes, honestos, saben hasta donde llegar--y facilmente deducibles los primeros, chorizos indignos, capaces de vender a su anciana madre por una referencia falsamente elogiosa en cualquier medio. Le propongo, sufrido lector, este juego: lea usted alguna información confidencial, piense mal y elucubre sobre el origen de la podrida fuente. No se preocupe: saldrá dos o tres días después, bien en foto o en referencia literaria injustificadas. Hay un periódico de Sevilla que saca a uno de estos mangutas una vez por semana. Diviértase, descúbrales, desprécieles. Se va a reir mucho.


Junio asesino

Lunes, 16 de junio de 2003
Entonces ya ocurría. Era por estas fechas en que los días amanecen con fiebre: en cuanto un animal asomaba su cresta, otro animal se la trataba de romper de un golpe, de un tirón, de una pedrada, de un tajo. Entonces ya ocurría: lo primero que me apetecía era suministrar al segundo animal –normalmente con menos inteligencia y más sebo que el primero—su misma medicina.

Han venido las calores de junio –bendito este mes que lindaba con las vacaciones, con la lejanía de aquellas aulas detestables con olor a rata, a niño sucio y a goma de borrar, con el sonido de las olas arrastrandose gozosa y lentamente por la arena, que incluia las velas de mi cumpleaños. Junio era coloradote, era esa víspera gozosa que uno se recreaba en degustar con más ahinco, aún, que la propia fecha; era un mes que olía: a albahaca tardía, a mar, a romero--. Han venido, digo, las calores de junio y en los pueblos en los que es un milagro que alguien escupa tres palabras seguidas con un mínimo sentido, preparan sus trancas, y sus clavos, y sus cuchillos, y sus sogas. Sus herramientas expendedoras de dolor y de muerte. Ju,ju, el toro, el toro. Ju,ju. A torear, a torear...

El toro es un becerrito habitualmente asustado, un amago de res que no comprende nada, un animalillo al que el miedo le acelera el corazón – a veces fallecen de infarto delante de una turba que trata de lincharlo--, un interrogante desesperado que se agarra a la vida, la prueba palpable de que no va aparejado el progreso de una sociedad con el de su salud mental.

Mala época ésta en que aquel mes que tanto bien me hacía –junio era balsamo futuro para las heridas que producía la cotidianidad, era un deseo que curaba, bendito placebo de 30 días de vigencia—sea el que unos animales consagran para torturar a otros animales, éstos últimos menos numerosos y más indefensos. Mala época ésta en que en esos pueblos se siga prostituyendo la palabra tradición, ¡y hasta cultura! para seguir cometiendo, a sangre fría, con detenimiento, este tipo de ejecuciones, que tanto solaz, entretenimiento y risa causan a la selecta vecindad.

Mala época ésta de la caló primera, de los pueblos que no avanzan, de Puerto Hurraco con internet y con la estaca. A la misma hora en que escribo esto, en alguno de esos pueblos se debe estar engrasando la maquinaria de producir muerte –tenebrosa paradoja en la estación que produce vida--, que ya usaron hace unos días en el Rocío –dolorosa, brillante, hermosísima, triste y ejemplar columna del pasado jueves de Paco L. Villarejo—unos cuantos hijos de puta al emplearse a fondo en matar de puro cansancio, o de puros latigazos, de pura tortura, en cualquier caso, a numerosos caballos.

Mala época esta, en fin, la de la caló rotunda, en la que explicar como tanta vida comparte espacio con tanta muerte no es un ejercicio de estilo, una ducha de metáforas, sino un lamento viscoso.


BASURA ROCIERA

Lunes, 9 de junio de 2003
Los autoproclamados líderes de opinión –manda narices, lideres de opinión, en fin-- andan estos días haciendose cruces sobre la excesiva basura del Rocío. Y no se refieren, precisamente, a los residuos que genera el millón y pico de personas que cada Pentecostés se da cita en la aldea, sino a las felatrices pobres, a los mamporreros con causa, chulos sin el pedigrí adeucado, marquesonas sin títulos y con furor uterino, acompañantes sin o con graduación y al resto de titiriteros que durante unos días han trasladado su lucrativo negocio a las marismas almonteñas. Y con ellos, miles de cámaras, más pendientes de los eructos de una folclórica de paso que del ultimo estreno de la Hermandad de Arcos de la Frontera.

Andan estos días esos tipos perorarando sobre si es ético –huy, he escrito ético-- que las teles estén dando la lata sobre los amores imprudentes y otoñales –bigote con bigote—del alcalde de Marbella y la Pantoja, plasmados ahora por las arenas, y cosas así.

Pero, paradojicamente, esos sujetos no contabilizan como basura televisiva, o radiofónica, o impresa, sus comentarios emitidos habitualmente con una base muy débil, sus mensajes la mayoría de las veces influidos decisivamente por alguna consigna. Sus opiniones interesadas, sus silencios cómplices, sus broncas artificales y previamente pactadas. Sus miserables verdades a medias, sus envenenadas mentiras lanzadas a sabiendas. Ellos son serios, rigurosos, rectos, cabales, honestos. Je,je.

¿Que las teles persiguen a la ultima pilingui por las arenas, como normalmente la persiguen por las calles de Madrid o de Sevilla? Hacen su trabajo: buscan mierda, venden mierda. Mierda a bajo precio, con una rentabilidad altísima. Pero no mueven a engaño: todo el mundo sabe que es un negocio, una mentira comercializada, un rollo colectivamente asumido. Una película con una fotografía y un sonido deficientes, proyectada con la complicidad de actores, directores, guionistas y espectadores. Es como si ahora nos escandalizáramos por la cantidad de indios que mataba John Wayne, o por los crímenes de Hannibal Lecter. Los tertulianos estarán, supongo, a cinco minutos de pedir que se reabra el proceso contra Sharon Stone porque un poli no estaba suficientemente atento, ejem, a la investigación y más pendiente de su instinto básico.

La actividad sexual de esos pintorescos personajes supongo que será igual de interesante que la de la rana común, o la avutarda marina. Es un modo de entretenimiento gris, un cotilleo simplón e inocuo. Una forma plana de pasar la tarde, como otra cualquiera. Pero si lo aborreces, con no poner la tele, vale. Así uno se puede dedicar a otras cosas: leer, pensar, enamorarse, hablar, besar, hacer el amor, dormitar, conspirar, escribir, imaginar. Llorar, reir, abrazar, mirar. No es obligatorio, ya sabe, tener la tele puesta. Y en cuanto no tengan clientela, cierran su tienda de excrementos. Que de eso se trata.


LA PROMESA

Lunes, 26 de mayo de 2003
Ella no se pasó toda la noche del sábado al domingo sin pegar ojo, gozosamente intranquila, no fuera que el desperador se vengara e hiciera ese día huelga de manecillas caidas. Ella no se despertó con el corazón en un vaivén cosquilleante, ni se maquilló –tonos pastel, que el día sería muy duro--, ni miró, una mañana más, con resignada desconfianza a su marido, que daba vueltas en la cama resplando a todo carrillo.

Ella ese domingo luminoso no llamó al resto de los componentes de la candidatura que encabezaba, ni tomó café, definitivamente nerviosa, en el bar de al lado de la mesa electoral. Ella no se entretuvo, mientras hablaba con los interventores, con su niño, que estaba a punto de hacer su primera comunión. Ella ese domingo no iba a volver a sisar media hora, solo media hora, para estar con ella misma, para disfrutar del leve aire de la mañana que le acariciaba el rostro, para perderse en oleadas sensaciones únicas, por exclusivas y por disfrutadas en soledad. Para no tener que hablar con nadie que no fuera aquella voz que le pedía que desconfiara del tipo resoplante que dormía a su izquierda.

Ella ese domingo no iba a volver a recorrer las calles saludando a la concurrencia, esta vez no para pedirle su voto, sino para invitarle a votar, que es diferente. Ella ese domingo no iba a regalar su mejor sonrisa a sus vecinas que observaban, divertidas, sus evoluciones en la política y en el deporte. Ella no iba a volver a entrenar al equipo de futbol sala femenino ni iba a volver a encabezar ninguna lista electoral. Y ella no iba a volver a espantar ese runrún sospechoso que le pedía que vigilase los pasos de quien compartía con ella mesa, cama, luz, noches, días, temores y sospechas.

Ella ese domingo no iba a estar atenta a la tele, ni a sus locutores engolados que iban explicando de forma extraña --¿cómo un voto puede derivar en horquillas, en escrutinios, en porcentajes, en lecturas en claves de sucesion, en relevos generacionales; cómo, si un voto local lo más que otorga es tu confianza a alguien para que arregle las aceras, ponga farolas, limpie las calles, haga cosas por el pueblo?—el desarrollo de la jornada electoral. Ella no iba a recibir llamadas de los dirigentes provinciales de su partido, ni iba a llamar a amigos para contarles que había descubierto que gracias a la política se puede cambiar lo inmediato, que es lo mejor que uno puede hacer por sí mismo y por sus semejantes.

Ella, que había luchado por que en los medios de comunicación sus mensajes tuvieran la mayor repercusión posible, no sabía que iba a ser la gran noticia de ese día. Ella tiene en la foto una sonrisa enamorable, una mirada triste, unos labios acolchados. Ella, el día en que tenía que estar protagonizando el mitin final de la campaña electoral, fue asesinada a tiros por el hijo de puta de su marido. Fue la unica promesa de las que se habían dicho en su casa que se había cumplido, la que había proferido el cabrón con el que había tenido la mala suerte de topar: “un día de estos te voy a matar”. Y cumplió.


EL FURGÓN

Lunes, 19 de mayo de 2003
Los propietarios de una funeraria han denunciado el robo de uno de sus vehículos, que apareció al día siguiente. Según las investigaciones, los autores del hurto lo usaron para darse un revolcón. Posteriormente, culminado el único objeto del delito, lo devolvieron, no exactamente limpio de polvo ni de paja, ejem, pero sí en un presentable estado. Por lo menos, no hay constancia de que el siguiente usuario protestara. Bien es cierto que tampoco estaba en mucha disposición de hacerlo, pero quede ahí el dato.

Los entre divertidos e indignados gestores de la funeraria, que ya se veían sin una herramienta imprescindible en su oficio, han explicado que les extrañó no el robo, sino la mercancía en cuestión: se ve que los febriles individuos al entrar en la oficina pasaron de la caja repleta de euros y rebuscaron hasta dar con la llave del coche fúnebre. Bien por tan selectivos ladrones, que prefirieron un vehiculo habitualmente lleno de muerte para llenarlo de vida. Podían haberse llevado el dinero y pagarse algún sitio, pero optaron por darse un gusto donde normalmente solo hay disgustos. Bien por la poesía que encierra este robo, bien por la teoría de la atracción de contrarios, llevado hasta sus ultimas –y tan últimas—consecuencias.

Bien por tan oportunos delincuentes, conscientes de que lo que los franceses denominan “petite mort” –los franceses tienen una manera un poco singular, los muy remilgados, de referirse al orgasmo-- donde mejor se alcanza es en el escenario de la grande mort. Bien por estos improvisados prestidigitadores de conceptos e ideas, por demostrar que la vida –era primavera, qué puñetas, y la luna estaba casi llena, y la sangre hervía como solo hierve en los sueños, y a ella le llameaba la mirada, y le temblaban los labios, y casi le rechinaban los dientes-- donde de verdad cabe –e incluso sobra-- es en el receptaculo de la muerte. Bien por la fostia sin manos—bueno, con manos, con muchas manos, y con dientes, y con piel, y con saliva, y con sudor--, del alma viva a la carne muerta.

Bien por estos pilotos que se pusieron a cien –de cero a cien, en este caso-- en cuestión de segundos y encima no fueron multados por exceso de velocidad en la autopista del deseo. Bien por las huellas que los polis hallaron en los cristales de las ventanas, huellas que, según dedujeron, no pertenecían precisamente a ningún fiambre.

Bien porque, por fin, los usuarios del coche fúnebre pudieron comprobar de primera mano –de ahí las huellas-- que era cierta la publicidad de la funeraria: todo confort en el último viaje. Y qué viaje, por cierto, qué viaje.

Bien por estos estrategas del lenguaje, por darle la razón a Quevedo cuando improvisó aquel soneto que relacionaba la muerte con el polvo enamorado. Y bien por la pregunta de él a ella, que por fin tenía razón original de ser: “Qué tal?”. “De muerte, claro”.


AMOR Y POLÍTICA

Lunes, 12 de mayo de 2003
Una mano anónima y temblorosa, a juzgar por el resultado, ha escrito el nombre de una candidata a concejal –la que cierra la lista—de un pueblo andaluz en el lomo del famoso toro de Osborne. Un partido de la competencia lo ha denunciado ante la Junta Electoral por considerarlo oportunista, por aquello de que un símbolo tan singular no debe ser ligado a ninguna opción de cara a las municipales. Obviamente, los pacienzudos integrantes de la Junta Electoral –que ya se deben estar viendo como esos jueces a los que les llegan las querellas de Dinios, Yolas, Belenestebanes y así, todo muy serio—han rechazado la denuncia y han proclamado la acción de aquella mano como una obra no de interés político, sino de ingeniería amorosa. Que el tío que escribió el nombre de María –así se llama la afortunada ciudadana—no quería necesariamente que ganara las elecciones sino que le prestara atención. Y uno, que tantos nombres ha escrito y borrado en cualquier sitio, no tiene por más que alegrarse de la decisión judicial.

Malos días, de todos modos, en que una pintada de amor se confunde con un lema político. Dificilmente el tímido enamorado de la mano y el corazón temblorosos tendría intencionalidad espurea dibujando su nombre –cuando uno está enamorado no escribe el nombre de ella, sino que lo dibuja, lo modela, lo abrillanta, lo mima, lo acuna—en el toro de Osborne dado que ella ocupa el lugar 17 en la lista, aunque el primero en los sueños de él. Y no creo que el empujoncito gráfico –empujoncito delicado, acurrucante, por supuesto—la catapultara a ella al sillón de concejala.

Malos tiempos, no obstante, éstos en que la Junta Electoral debe cuestionar un hermoso nombre de mujer, escrito, ya digo, con nervios y con prisas, y no hace lo mismo con los habitualmente horrorosos lemas de los partidos políticos. Nefastos tiempos estos en que se lleva al juzgado un nombre de mujer, pero se permite un pareado simple que ofende la inteligencia y el buen gusto. Y además ensucia las paredes. Terribles tiempos estos en que se quiere encarcelar un nombre de mujer, que es en realidad una oración y una plegaria, como ya escribió Neruda, y no a los pergeñadores de muchos de los mensajes que se emiten en campaña electoral. Siempre será más hermoso un nombre de mujer deseada, enamorable, que una duda interesada expuesta en un mitin. Siempre será preferible unos labios cien veces acariciados en sueños –si el autor de la pintada la tuviera también en piel, no le haría falta ningún grafitti-- que una acusación mil veces lanzada en campaña electoral.

A batallas de amor, campos de plumas. Han hecho bien los jueces justos de la Junta Electoral permitiendo que no se borre el hermoso nombre de mujer depositado con mimo y escalofríos en un símbolo de carretera. A fin de cuentas, siempre será más sincero un nombre de mujer escrito con ganas y mala caligrafía que un político bigotudo con sonrisa falsa mirandote desde un cartel. Y aunque no lo parezca, siempre será una estrategia más convincente. Que de eso se trata.


LA BRECHA

Lunes, 5 de mayo de 2003
No te lo creas, Fernando García Pérez, parado, dos hijos, desesperado, no te lo creas, no hagas casos a las cosas que escucharás ahora que, emocionado y arrepentido, te has confesado autor de la agresión del secretario general de comisiones obreras. No lo eres, de verdad: no eres culpable. Exclusivamente culpable, quiero decir.

Te conozco. Tienes el rostro de tantos y tantos que he visto en más de media vida de profesión. Te he observado movilizándote por causas justas, reivindicando lo que es tuyo, con dignidad y con tesón. Pero también te he visto haciendo bulto en medio de manifestaciones convocadas exclusivamente para que alguno se haya dado pisto, demostraciones de fuerza para consumo interno. Ahí te liaron, Fernando. A ti y a todos los Fernandos que se juntan en tu rostro curtido, vivido, sufrido. Tú sí gritabas con verdad. Tú y los que llevaban tu rostro, y tu desesperación, y tus ganas de salir, y tu cabreo contenido. A lo mejor, el viento se llevaba tus gritos en la dirección contraria a la que te dijeron. Nunca lo sabrás. Pero hazte preguntas, Fernando, hazte preguntas.

No eres más que una consecuencia de la crispación que artificialmente han ido creando los profesionales de remover los ríos para, disfrazados de pescadores, seguir ganando. No te lo vas a creer, Fernando, pero todo esto, ha sido ya estudiado: elevar la crispación –“el listón de la crítica”, ¿recuerdas?— hasta originar un clima irrespirable, y luego los promotores de todo esto se travisten en víctimas de una situación que ellos mismos han creado. En oportunos salvadores. Un negocio prefecto, sin duda. Pero demasiado sabido.

Pintadas insultantes contra políticos en sus propias casas, abucheos en lugares públicos, boicots a sus intervenciones, algún zarandeo, lanzamiento de huevos, apedreamiento de sedes y ahora una agresión física de resultados contundentes. Algún partido ya ha hecho llamamientos a la cordura. Otros no: creen que les beneficia. Veremos, Fernando.

Todo esto está relacionado, y esconde algo peligroso, que los más viejos del lugar recuerdan bien: erosionar la administración, tratar de limitar la credibilidad de sus representantes, aunque sea con actitudes coactivas, y sobre todo, que parezca que nada esté controlado. Para qué usar autovías, cuando existen los atajos, aunque infames.

La brecha que le abriste a Fidalgo no es nada comparado con la brecha que ha brotado ahora en las conciencias de la gente de bien que, se han dejado piel, sudor, gritos, indignación, corazón, en movilizaciones varias. Y que se están haciendo preguntas. La lastima, Fernando, es que el aldabonazo de la conciencia se lo llevó en la cabeza un tipo que es de los más coherentes que pululan por la vida pública. Ahí me las den todas, habrán dicho, aliviado, los listos. Claro que, Fernando, lo de Fidalgo, a fin de cuentas, se cura con el tiempo y betadine. La otra brecha, ay, Fernando, puede que sea más dificil de que cicatrice.


YO SÍ LO SÉ

Lunes, 28 de abril de 2003.
Claro que lo sé. Cómo no saberlo. Lo extraño sería que uno amara a otros colores, infidelidad estéril, que no fueran los rojiblancos. Uno es del atleti, así, en diminutivo y sin mayúsculas, como Celaya quería que fuera el amor que taladra con suavidad el alma; sin estridencias, como Neruda reclamaba que fueran los besos que se sueñan en abril; sin grandes discursos, como son los vínculos de amantes furtivos y felices; uno es, digo, del atleti porque no puede ser otra cosa. Así de simple, como Juan Ramón sabía que eran los colores de una tarde inviable, lejana y rosa.

Uno es del atleti por necesidad, más que por razonamiento. Cómo no serlo si cimenta su leyenda no en grandes victorias, agarradero satisfecho de clubes con relumbrón pero sin alma, ejem, por muy blanca que pretendan tenerla. No en remontadas más o menos pactadas al albur de intereses inconfesables; cómo no ser del atleti, digo, si es el único club que conozco que acrecienta su historia... en una competición no ganada. Nunca aquel alemán con nombre de coronel de la segunda guerra mundial pudo imaginar cuánto estaba beneficiando a mi equipo cuando enderezó un momento su bota de destripar terrones, se equivocó y golpeó el balón correctamente y dejó que Reina se desperezara hacia su derecha. Por supuesto –yo tenía entonces tres años—no estaba allí, pero debió ser eso lo que, con carácter retroactivo, me acabó impulsando a hacerme del atleti. Qué manera de sufrir, que manera de sentir, que manera de palmar, que manera de vivir, glosa Joaquín Sabina en el himno del Centenario, obviamente amargado –la esencia atletica no pedía otra cosa, ganar hubiese sido traicionar la vieja filosofía—por un Osasuna crecido.

Cómo no pertenecer a la grey de un club que tras bajar a segunda división consigue aumentar su número de socios. Cómo no, si se parece tanto al Recre.

Cómo no amar a un equipo que tuvo a Leivinha, aquel extremo que flotaba sobre sus pies; y a Dirceu, que se quejaba con resignación y gracia de que él entregaba balones, pero sus compañeros le devolvían sandías. Y a un Gárate que nunca ví, y a un Luis que solo disfruté en blanco y negro, y a un Ovejero, y a un Rubén Cano, y a un Ayala, que sonaba Ratón en la voz de Héctor del Mar. Y tantas resonancias, y tanta lírica –la épica se la dejo a otros equipos, pobres, que deben disponer de algo más que arbitrajes a favor--, y tanto sufrimiento.

Y uno es del atleti, en fin, porque atlético es el primer poema aprendí, por supuesto después de una épica derrota: tenía rima libre y asonante, y rezaba así: “Reina, Capón Marcelino, Eusebio, Pereira; Alberto, Ayala, Leal; Leivinha, Rubén Cano y Rubio”. Mire que me he tenido que aprender cosas de memoria en mi vida, mire que tengo que usar el disco duro para treinta mil chorradas cada día, pero jamás, jamás, he desocupado ese archivo, escrito con letra infantil, vacilante y triste. Cómo no ser del atleti, en fin, si uno, antes que a hablar o andar, aprendió a soñar. En rojiblanco, naturalmente.


PASIÓN Y MUERTE

Lunes, 21 de abril de 2003
Ahmed tiene 22 años, una mirada entre huidiza y resignada, una piel rasposa y ni un euro en el bolsillo. Fue el único superviviente de una expedición en patera que se topó de un lado con una patrullera y de otro con una tormenta que la niña del tiempo no había predicho. Todo fue rapido: un patrón que arroja por la borda a todo el pasaje, unas rocas que no se ven, unos hombres que no saben nadar y que se ahogan entre alaridos que nadie juraría haber escuchado jamás.

Ahmed fue detenido pero en un descuido, zas, pudo salir zumbando, con esposas y todo. Tuvo que comer desperdicios que encontró rebuscando contenedores. Había dormido en portales soportando temperaturas que rondaban los dos o tres grados, se había llegado a pelear a vida o muerte por una tarrina de mantequilla, se sentía sin futuro, sin vida, sin nada. Le habían dicho que en Huelva encontraría trabajo. Pensando en eso se tapó con unos cartones a las puertas de la estación. Hacía frio. Llovía. A su lado, un par de los suyos, que ni siquiera conocía. Compatriotas de la miseria. Fue entonces cuando oyó el frenazo.

*

Borja tiene 22 años, una mirada entre chulesca y simplota, 300 euros en su bolsillo izquierdo, un pelo con brillantina y unas patillas tipo Curro Jiménez pija. En octubre del año pasado había empezado por cuarta vez Derecho, pero no iba mucho por las clases. Esa noche estaba contento: su padre acababa de pasarle un Bmw que usaba para darse pisto. Sabía que algún día podría derrochar de primera mano lo que ya derrocha por delegación. Borja esa noche, ya digo, estaba contento: acababa de medio violar a la hija de una de sus cocineras tras recordarle que su familia dependía del sueldo de su madre. “Y chitún, eh, que el trabajo está muy malo”. Acababa de meterse por la nariz 400 euros de coca sin apenas adulterar y circulaba a 120 por hora en pleno centro de Huelva. Y los vió: tres o cuatro bultos refugiados bajo cartones. A las puertas de Damas. “Vienen a quitarles el trabajo a los españoles. Los muy cabrones. Se van a enterar”. Así que llamó a Miki, a Jimmy y al Gordo por el movil. Palpó el interior de la guantera, en busca de un puñal que usaba para rematar conejos en las jornadas de caza de los domingos. “Traeos las capuchas, ya os contaré”. Y frenó bruscamente el coche.

*

Al día siguiente, el periódico titulaba a todo trapo: “Varios encapuchados agreden y apuñalan a tres inmigrantes. Se teme por sus vidas”. El padre de Borja, cuando lo leyó, movió muy serio la cabeza. “Donde vamos a parar con la inseguridad”, se dijo, concienciado, mientras pasaba Sociedad y buscaba Economía. “A ver como está hoy Hidrocarburos, que me tiene en un sinvivir”.


EL OTRO SADAM

Lunes 14 de abril de 2003
Sin duda es por la modorra propia de los cambios bruscos de tiempo, o porque todavía el que más y el que menos tiene el cuerpo sobrecogido por los horrores de la primera guerra televisada en directo, con escasos cortes para publicidad. Debe ser eso, supongo, lo que está originando una molesta tardanza entre los poderes fácticos y menos fácticos, y entre algunos articulistas finos, y entre los actores concienciados, y entre los artistas indignados, escasas excepciones al margen. Si no, no se entiende por qué no han empezado ya a calentar el ambiente contra otras guerras igual de cruentas, aunque menos publicitadas, que se están librando en el mundo, una vez que la que se desarrolla en Iraq ya está dando sus últimos coletazos –y sin dudas los más peligrosos, y más dolorosos, los que se libran cuando el fragor de la batalla ha desaparecido y lo que queda son unas voraces ansias de ajustar cuentas, ante la detestable pasividad de los marines--.

Por más que busco, no acabo yo de encontrar ni un solo rasgado de vestiduras para denunciar los ataques entre pueblos, eso sí, remotos, convenientemente armados por las primeras potencias mundiales en distribución alterna, esto es, primero armo a unos, y luego armo a los contrarios, para que s defiendan, y luego otra vez a los primeros para que vuelvan a atacar. Un negocio rentable, dicho sea de paso.

Echa uno de menos alguna pancartita, pequeña, tampoco hay que exagerar, algunas voces escandalizadas, alguna manifestacioncilla, alguna movidita, no sé, algo, contra esos conflictos, cruentos, injustos y, por supuestos, ilegales. Contra quienes los fomentan, contra quienes se benefician de ellos, contra los que esperan para administrar los nuevos tiempos. También echo de menos alguna movilizacion un poco más abultada de la que hubo el otro día –200 personas, y gracias, ante la embajada de Cuba en Madrid, lo justo para importunar la siesta de algún bedel, sin duda, pero bastante inútil para despertar conciencias a trompetazos--.

Lo último ha sido el juicio sumarísimo contra tres infelices que fueron fusilados por la dictadura de Fidel Castro, el otro Sadam, el Sadam del Caribe, por haber tratado de escapar del infierno. La ejecución fue a la conclusión de una vista, reloj en mano, en la que a los reos ni se les dio tiempo para que se les descompusiera el vientre. Lástima: la opinión publica estaba pendiente de las salvajadas que se estan cometiendo en Iraq y no se percató, cachis, de la salvajada que había ordenado el dictador cubano. Ni un escrito de aguerridos abajofirmantes, ni una plataformilla escuálida, ni nada de nada. Pero ya verá usted como en cuanto pase esta época al tran tran, en cuanto se estabilicen las isobaras, se lía una buena: gritos, caricatos, lemas más o menos ingeniosos, especiales en los medios de comunicación, puf, me lo estoy imaginando. Mire como será la cosa, que estoy seguro que solo en televisión, la cobertura de esos sucesos desbancará... hasta a Hotel Glam, la revelación cultural de la temporada.


LAS MALAS

7 de Abril de 2003
El festival de cine de Islantilla ha tenido el buen gusto de rendir un más que merecido homenaje a las que denomina “malas” de la copla, a aquellas que son, en realidad, mujeres desgraciadas, muertas de pasión, de celos, de amor revirado. Mujeres interesantes, volcánicas, incandescentes. Las malas de la copla, en realidad, son las buenas de las coplas, las que dotan de interés mundano las canciones que tiene uno agarradas al tuétano de la memoria.

No faltan referencias a la hastiada bien pagá o a la sugerente Rosa la Veneno, ni a la desquiciada mujer innominada que iba de mostrador en mostrador en busca de aquel marinero sueco o alemán o vete tú a saber de donde, que le dejó en el corazón y en los muslos un tatuaje similar a la que él lucia en su brazo, con el nombre de otra.

No atisbo maldad en tales protagonistas, sino miseria y una tristeza antigua. De hecho, en la mayoría de las coplas, mujeres de toda condición son vejadas por hombres sin escrúpulos. Mujeres que cantan los avatares del amor, del desamor y del abandono. Mujeres enamoradas del joven hijo de la vecina, escondidas en los armarios del infortunio de las amantes, rodando como moneda falsa, soportando la soltería infame, pidiendo amor, arrastrándose por ello o picadita de viruela. Sufriendo.

Desde la tabernera del puerto --Madame Bovary occidental cautiva ante el marinero que no le promete precisamente amor eterno— hasta la irresistible Lola Puñales, que en el nombre lleva el arma del crimen y su perdición. Lola llegará hasta el final sin arrepentimiento y sin intentar evitar un tormentoso destino. Como la protagonista de otra copla que se entregará a un tal sargento Ramírez, tras a cortar con un cuchillo de luna un te quiero cuando encuentra a su amante retozando entre los juncos.

No veo maldad, sino fatalidad, negro destino escrito con tinta roja que grita, como sugirió Federico, en el rumor de la noche, anunciada por copas de vino agrio y guitarras de cordaje quebrantado, siempre al amparo de la oscuridad, en descampados, calles desiertas. O en un colmado, una madrugada, donde dos hombres riñen por el amor de La Parrala. Alevosía y nocturnidad. Pero nunca maldad.

Malas de la copla en Islantilla. Prostitutas, desgraciadas, interesadas. Miseria, tristeza revestida de ropajes con más oropel que brillantes, con más remiendos que bordados. Pasiones fatales, tormentosas, exhaustivas, dolorosas, pero nunca nacidas de la maldad. Malas de la copla. Personajes fascinantes, imposibles de contextualizar en escenarios reales, trozos de historia mitad leyenda, mitad invento.

En realidad, hay pocas sensaciones tan estimulantes, tan de verdad, tan estremecedoras, tan aleccionadoras, tan vivificantes, tan trágicas, tan necesarias, como la voz de doña Concha, de Gracia Montes o de Pasión Vega, anunciando, sentenciando, envenenando, riendo con estruendo y locura, tragandose las lagrimas y los celos, y las traiciones, y llorando, ay, llorando como solo se llora en las coplas y en los sueños.


LA FINAL DE COPA

31.03.03
La Federación Española de Fútbol ha conseguido lo que hasta ayer por la mañana nadie hubiese podido imaginar: que todo el balompié andaluz, unido, se haya posicionado a favor de uno de sus clubes. El mérito se lo reparten el presidente Villar, que ha jugado en los despachos igual que lo hacía por la radio y en mis albums de cromos –hacia atrás, dando pases equivocados, metiendo la pata, que no la pierna, habitualmente mal colocado, con escaso olfato— y el Recre, al que no solo le han metido un gol en clamoroso fuera de juego sino que, lo ha dejado escrito en estas mismas páginas Antonio Burgos, ha desbancado al Betis a la hora de recepcionar la simpatía general de la afición. Ha logrado aglutinar la mayoría de las esencias que convirtieron al club de Heliópolis en el segundo equipo de la mayoría de los aficionados hasta la llegada de Lopera, ese tiburón urbanístico que utiliza, a partes iguales, el más peligroso populismo y la más repugnante demagogia. Escribe uno del Recre, como decía el otro, con la autoridad que concede el fracaso. El fracaso del que siempre ha sido mi equipo –uno cambia de amigos, de trabajo, de novias, de amantes, de esposa, de casa, de coche, de ciudad pero jamás de equipo de fútbol--, el Atletico de Madrid, que ha seguido, por adelantado, el mismo camino del Betis: de ser amado ha acabado siendo rechazado como consecuencia del sujeto desahogado que todavía se instala en su palco.

El Recre tiene un presidente bonachón y grandote, encantador, que ha sabido ganarse la complicidad general al aparecer alguna vez en televisión emocionandose hasta el llanto cuando habla del equipo de sus amores. Tiene un consejero-delegado joven y sobradamente preparado, un entrenador al alza, una afición que pasa de la expectante resignación al optimismo más sincero en cuestión de días, lo que habla de su capacidad regenerativa y de sus grandes esperanzas.

Y tiene ahora de su parte a todo aquel que sabe de los desmanes habituales de Villar y compañía, de los que han preferido descafeinar la final de la segunda competición oficial del futbol español y humillar a dos clubes señeros –uno de ellos el más antiguo de nuestro balompié— al elegir como escenario de la final a un estadio de segunda ubicado en un pueblo de la provincia de Alicante. A ver si las gestiones del alcalde de Huelva, Pedro Rodríguez, dan resultado y finalmente se cambia de ciudad. Aunque solo sea por jugar en un sitio acorde a las circunstancias. Sería un puntazo.


EL CONCEJAL. 24.03.03


Supera con escaso empeño la treintena. Lleva casi un tercio de su vida en política, y antes de iniciarse formó parte de grupos vinculados a movimientos de integración social: inmigrantes, marginados, pobres, mujeres maltratadas y niños conflictivos. Es un tipo campechano y agradable, alejado de dogmatismos inflexibles tan propios de estos tiempos.

Es concejal en el ayuntamiento de la capital de su comarca. Alguna movida ha tenido ya con sus oponentes políticos –y con alguno de sus jefes— porque está empeñado en que se persiga, caiga quien caiga, la entrada de drogas en la prisión ubicada en la provincia donde trabaja. Diversas asociaciones contra el narcotráfico le han promovido para galardones nacionales, en reconocimiento de su labor y de su entrega. Encima es deportista, se lee tres o cuatro periódicos al día y tiene suerte con las chicas, el muy carbón.

Esa mañana se levantó pronto y salió a comprar la prensa. Venía un reportaje acerca de las masacres ordenadas por Sadam. También otras noticias que le llamaron la atención: grupos radicales infiltrados en las manifestaciones, apedreamiento de sedes de algunos partidos, intentos de agresión a dirigentes políticos, mensajes violentos e incluso llamamientos al crimen –“Aznar, te toca el cinco de copas”, coreaban la otra noche, en referencia a las prácticas del inquietante asesino de la baraja--, aumento en general de la crispación –“vosotros, fascistas, sois los terroristas”, lema favorito de los batasunos, se coreaba en la Puerta del Sol, contra el Gobierno--. En fin. Sopesó viajar a la zona del conflicto, para colaborar con la ayuda humanitaria.

Esto pensaba cuando accedió al bar, pidió un café y metió la cabeza en el periódico. Entonces entraron aquellos tipos. Iban a la manifestación contra la guerra pero por sus botas, sus indumentarias y su agresividad, se diría que podían ir directamente a primera linea de fuego. Uno le reconoció: “eh, mirad, ese es del PP, es uno que contribuye a lo que está pasando. Asesino, asesino, asesino...”. Los pacifistas le rodearon, le empujaron y no le ahorraron, incluso, alguna pacífica fostia. Lo echaron de allí a patadas. Abrumado, amedrentado, con una pequeña herida en la frente, no sabía qué hacer, qué decir. Temió que el suceso se repitiera esa noche, en la entrega de viviendas sociales a un grupo de familias con escasos recursos que él mismo gestionó ante el Defensor del Pueblo y su ayuntamiento.

En eso estaba cuando oyó un síseo. Era uno de los clientes del bar, que se había mantenido al margen, pero que también lo había reconocido: “eh, usted es Fulano. Quería echármelo a la cara: muchas gracias por lo de aquella asociación, por la subvención. Abrimos un taller de medios de comunicación para los niños más... difíciles del barrio. Ahora le hemos encargado un trabajo sobre la manipulación informativa en tiempos de guerra. ¿A usted le importaría dar una charla sobre eso?”. Creo que fue la carcajada que soltó lo que le acabó de abrir la brecha de la frente. norbertojavier@latinmail.com


LAS CONSERVERAS

17.03.02
A mi tía Herminia, conservera.

Se oía siempre a mediodía y a media tarde, orillando la rutina del colegio –gris apatía de niño perdido que jamás logró descubrir a Peter Pan, ni siquiera a Garfio--. Entonces no lo sabía, pero era ese el sonido que igualaba cuadrantes lectivos con laborales, que equiparaba libros y cuadernos con cuchillos y latas de conserva. Sucedía en esos tramos del día ubicados realmente en tierra de nadie, en que la tarde o bien no se ha asentado o bien ha emprendido ya el viaje de vuelta. Ocurría, pues, cuando el reloj todavía es una excusa sin demasiada firmeza.

Lo sé porque yo estaba allí, porque se podía sentir en kilómetros a la redonda: una sirena obscenamente sobrecargada, estridente, inflexible, alargada, indicaba la hora de salida de la fábrica, bien para almorzar o bien, ya por la tarde, para dejar de mano. En Ayamonte, mi pueblo, en cualquier calle, cualquier plaza, en cualquier casa, ese era en realidad el sonido que acotaba las etapas del día.

Aquel sonido chillón, necesario, exigente, autoritario, que se me ha clavado en la memoria y en el alma como un estilete infecto, debía accionar algún resorte mágico, porque era entonces cuando ocurría el milagro: mandiles azules y cofias blancas, con cuerpos de mujer debajo, iniciaban, rutinas revoloteantes, un desfile hacia la puerta estrecha que comunicaba un mundo asfixiante, escasamente ventilado –los productos que manipulaban eran altamente perecederos—con la deliciosa luz de Ayamonte, cuya textura y temperatura ha sabido glosar tanto y tan acertadamente innumerables literatos.

Eran las conserveras, mujeres que generación tras generación se encargaban de limpiar primero y envasar después el pescado que, otro milagro cotidiano que nunca he vuelto a contemplar con los mismos ojos, traían barcos con panzas enormes. Ellas, con su rutina blanquiazul y su característico aroma a pescado, con sus horas muertas, con sus tardes vivas, con su luz lejana, con sus manos frías, con sus cuchillos secos, con sus dedos ágiles, con su suelo resbaladizo, con su ventana breve, con sus mesas en hilera, conformaron no solo parte de la memoria colectiva de Ayamonte sino que, sin saberlo, sin sospecharlo siquiera, supieron engrasar el engranaje que posibilitó ya desde el siglo XVIII el floreciente auge de la industria conservera y su indiscutible vinculación al progreso económico de mi pueblo.

Un libro recién editado y un monumento recien inaugurado hacen justicia a estas mujeres. Pero sobre todo hacen justicia a la memoria de tantos que, en estos tiempos de desconcierto, ya quisieran volver a disfrutar de los síntomas de un tiempo sepia, lento, inacabable, en que el día, oh milagro, se hermoseaba en revuelos blanquiazules y se dividía en ululares de sirena.

norbertojavier@latinmail.com


HISTORIA DE AMOR.


Ella hacía tiempo que veía sin ver como el reloj caminaba hacia atrás. Cada paso que daba era un paso menos. Ella había dejado de tener memoria, ese saco profundo y sepia. Sufría del mal que carcome los recuerdos. Ella tenía más de ochenta años, pero ya no lo sabía.

Ella olvidó sus amigas de la niñez, y olvidó el primer beso que le robaron. Y también la primera decepción, y el primer flechazo ácido en su corazón de purpurina. Y olvidó la cara de su madre, y los ojos de su padre, y las voces de sus hermanos, y el aroma a cerrado que desprendía el colegio donde le enviaban de pequeña. Y el tacto rugoso de las manos de doña Engracia, y la mirada lánguida de Rosa, la de la frutería, que nunca entendió. Ni entenderá, porque también olvidó que había olvidado a Rosa.

Y olvidó el olor a café recien hecho, y la bofetada gélida con que el amanecer se hacía respetar, y la fiesta que organizaba su corazón cada vez que él -¡que él¡-- rondaba su ventana. Y las descargas eléctricas de las terminaciones neviosas de su piel aquella vez que él decidió hablarle. Y las madrugadas que empleó en desmenuzar su palabra, en imaginar su olor, en conjugar de forma inverosimil todas las formas posibles e imposibles del verbo amar.

Y olvidó las palabras que él le regaló después de su boda –no durante, que son manidas y los nervios no facilitan su comprensión—acerca de los amores eternos que se prolongan hasta después de la muerte. Y olvidó como es el mal de ausencia cuando las llamas de la ansiedad descongelan el tiempo de espera. Y lo seco del ruido de las hojas del calendario cuando alguien las arranca con alborozo, creyendo que es una nueva victoria mensual sobre el tiempo.

Y ella olvidó como olvidar, y nunca supo entender que la mirada de él venía sin fecha de caducidad, y que el amor es sólido, y que la soledad es líquida.

Y olvidó los ojos acuosos de él al salir de la consulta de aquel médico tan comprensivo –“hombre, Miguel, que ya son cerca de 90 años...”--, y olvidó los pasos lentos que él le proporcionó ofreciendole su brazo por la calle. Y olvidó el sentido de la palabra olvido.

Miguel se colocó su traje nuevo, recién comprado, su corbata de seda, y dedicó un par de horas en vestirla con la misma ternura que empleó en desvestirla por primera vez. Y consumió el resto del día observandola, solo observandola, buceando por su mirada estéril, desanclada. Y, con mimo, sacó la escopeta que había engrasado con detenimiento el día anterior. Y se dispuso a componer un hermoso poema de amor, empleando sonetos de pólvora. Disparó. Un segundo después giró el arma hacia sí y volvió a accionar el gatillo. Puede que entonces, una vez emprendido el viaje conjunto, de nuevo de su brazo, ella recobrara la memoria y musitara: “gracias”. norbertojavier@latinmail.com


MARGARITA.


Tiene los ojos hundidos, en el rostro los restos de siglos de sufrimiento y una fuerza de voluntad a prueba de decepciones. Posee una biografía cincelada a base de golpes propios y ajenos. Y, además, dispone de una pancarta y sabe que la razón está de su parte.

Margarita es la presidenta de la Asociación de Familiares de Presos y está literalmente harta de reivindicar algo que sabe que le pertenece: la excarcelación de reclusos afectados por una enfermedad terminal.

Margarita sabe que sus movidas, que sus oportunas concentraciones los últimos miércoles de cada mes, carecen de la repercusión mediática de un buen partido de fubol con todos sus aliños, porque a fin de cuenta a los gestores de la cosa les interesa más idiotizar a la afición que ponerla a reflexionar, pero no ceja. Margarita sale fotografiada al día siguiente, tras su pancarta, junto a otras mujeres en sus mismas circunstancias. No hay gritos estereotipados, ni manifestaciones con lemas estúpidos, ni voces demagógicas. Hay entereza, valor y dignidad. Lo que no entiendo es que, conociendo a algun/alguna protagonista de otras noticias, Margarita y su gente no salga en portada. Escrito sea sin señalar demasiado. Por lo menos Margarita tiene cosas que decir.

A Margarita no le paran en barras las primeras dificultades. A estas alturas sabe que no tiene casi nada que perder y que, como el personaje de Pepe Sacristán en “Un lugar en el mundo”, resulta un pequeño triunfo ganar alguna batalla, cuando ya conoces que vas a perder la guerra. Margarita está sacando los colores a los partidos políticos, los está dejando en evidencia estos días, usando sus mismas armas: le está echando en cara sus promesas incumplidas.

Por lo pronto, Margarita no entiende por qué en las prisiones entra droga. O expresado de otro modo: cómo desde las administraciones se diseñan concienciadas campañas contra el consumo de estupefacientes si luego no cumplen cuando deben dar ejemplo en situaciones que sí controlan.

Y otra: hace más de dos años la Diputación aprobó por unanimidad una propuesta de Izquierda Unida para la creación en Huelva de un centro de reinserción y formación a toxicómanos. Oh, ah, claro, que interesante, proclamaban los allí representados. Bueno, pues ha pasado este tiempo y del centro nunca más se supo. Margarita y todas las Margaritas que conviven en las conciencias de la gente de bien están obviamente que trinan. La cárcel no es solo lugar para penar por los delitos contra la sociedad, sino centros de reinserción, asegura la ley. Y ahora os contaré uno de loros.

Margarita no se vendrá abajo y seguirá en su empeño. Hará bien. Tendrá menos repercusión que el último magreo de Gran Hermano, pero nos demostrará a todo como luchar por las cosas en las que uno cree. Que no es poco en estos tiempos.


MUSTAFÁ. 18.11.02


Has tenido mala suerte, Mustafá. Tú no te lo vas a creer, pero aquí se ha originado una polémica en los periódicos –esos mismos que dentro de unas semanas van a servir para que en la chabola de plásticos donde te resguardarás tapones una grieta por la que va a entrar el frío del norte, ese que cala hasta los huesos— sobre el contingente de inmigrantes que van a venir para trabajar en la campaña de la fresa. “Qué bien, por fin, un debate sobre el origen de las migraciones, sobre las desigualdades económicas, sobre cómo promover que los países ricos condonen su deuda a las naciones del tercer mundo...”, habrás pensado, si es que la miseria, la desolación y la desesperanza que envuelven tu pasos te permiten distraer tu hambre un rato y darle al coco. Pues no, Mustafá, pues no. Aquí la polémica es... por el número de temporeros que han de contratarse y su procedencia. Chungo lo tienes, Mustafá, con tus manos y tu miedo como único equipaje. Chungo porque veladamente en muchas de las opiniones que estoy leyendo se trasluce una inquietante vinculación entre inmigración no ordenada –no contratada en origen, nótese el matiz interesado—e inminente peligro. Chungo porque es víspera de elecciones y te van a usar como proyectil.

Pero lo peor es que tendrás que escuchar, Mustafá, que todo eso es en pro de un acontecimiento económico de primera magnitud, como escriben los más convencionalmente cursis, ya sabes, como si tu huida y la huida de miles y miles de personas, no sea, ya que estamos, otro acontecimiento de igual importancia. Pero eso no lo saben ellos, Mustafá, porque están muy distraídos viendo la segunda parte de Operación Triunfo o poniendo cara de muy concienciados cuando en los actos del Festival de Cine se tocaba la crisis de iberoamérica para luego salir zumbando a devorar los canapés, que hay que ver el hambre que da oír hablar del hambre de otros, tan lejos y tan solos, los pobres.

Gonzalo Revilla, uno de los tipos más consecuentes que uno tiene el placer de leer de vez en cuando –qué guay disfrutar de cosas interesantes y bien escritas, coherentes y comprometidas— razonaba ayer sobre la paradoja que supone que en Argentina, el quinto país productor de alimentos del mundo, haya niños que estén muriendo de pura hambre. Tus niños, Mustafá, tu futuro, hace tiempo que metafóricamente también fallecieron de inanición. Y también los niños que jamás tendrás porque lo mismo, Mustafá, hay temporal en el estrecho y zozobra la patera que ocupas y te caes al agua y te ahogas. Y entonces los profesionales del plañido dirán que eres víctima de la situación injusta que se vive en Marruecos y que hombre, por favor, hay que hacer algo, no sé, escribirle una carta a Mohamed VI. Y luego, carcomidos por la pena, se meterán entre el dolorido pecho y la concienciada espalda, kilo y medio de solidarios montaditos de jamón y queso, mientras comentan el último partido del Recre. norbertojavier@latinmail.com


LOS ARTISTAS. 10.02.03


No hay mal que por bien no venga. A una tragedia sin parangón le va a seguir hoy una reacción sin freno ni marcha atrás. No lo tengo confirmado, pero estoy seguro que ocurrirá, siguiendo pautas de coherencia. Joseba estaría orgulloso, si pudiera verlos, oportunos iconos de una sociedad mediática y mediatizada.

Los mismos exponentes del arte actual que mostraron su disconformidad con la intervención armada en Irak con gritos y pegatinas de “guerra no” en el Congreso, en la Gala de los Goya y en las calles volverán, sin duda, a salir con el mismo pulso vital, con idéntico ardor, para gritar “Eta no”.

Será hermoso y casi deseo que pase galopando el tiempo, para verlo cuanto antes. La impaciencia me devora. Qué nervios.

Las artistas caminarán portando, enrolladas en sus cuerpos, sabanas kilométricas. Y en un momento dado, se despojarán de las blusas y mostrarán un “No al terrorismo” pintado de negro. Ellos, los mismos actores del otro día, se desgañitarán por las calles entonando un mensaje de valentía, solidaridad y rotundidad que hará sonrojar de envidia a los más tibios. Que no se diga: tan en contra están respecto a la guerra contra Irak como a esta otra guerra cotidiana, constante y voraz. Será un gesto de esos que tardarán tiempo en olvidarse. Sin miedos. Ni a Sadam, ni a Bush ni los etarras. Hermoso gesto de gente valiente y comprometida, ya verá. Casi estoy pensando en dejar de emborronar lineas y convertirme en artista.

Será precioso, de verdad. Hoy no solo habrá las desgraciadamente tradicionales concentraciones ante organismos oficiales de representantes de la sociedad civil onubense, andaluza, española. Hoy, sin duda, el arte, la cultura, la intelectualidad, así, en abstracto, tomarán el relevo. Aprovecharán no ya una gala –que no se organizan todos los días—sino cualquier ocasión que se les brinde y no se cortarán: dirán que la guerra contra Irak es una barbaridad y que los de Eta son unos asesinos. Uno tras otro, machaconamente. “No a Eta, tíos”, proferirá uno, el que el otro día gritó “no a la guerra, tíos” en lo de los Goya. Mostrarán, sin ambajes, su compromiso: “no a los asesinatos de inocentes en Irak. Y no a los asesinatos de inocentes en España”. Será delicioso. Estoy deseando leer los extensos, prolijos y bien documentados informes en los periódicos al día siguiente.

Por fin. Y de paso podrán rebatir esas barbaridades que se escuchan sobre su decidida inclinación a colocarse donde más y mejor sopla el viento, o que aprovechan una coyuntura xodida para recordar que siguen existiendo, que son oportunistas y no sé cuantas mentiras más. Ellos son así y están en contra de las injsticias, las cometan quienes las cometa. Que se vaya preparando Eta. Lo de hoy solo será un aperitivo. Lo gordo será en la inauguración del Festival de Cine de San Sebastián, no se hablará de otra cosa, la que van a montar los del otro día, esos pedazo de artistas. norbertojavier@latinmail.com


LOLI. 19-8-02


Un amplio sector de la población de Santa Ana La Real, uno de los municipios más hermosos de la provincia de Huelva, se ha posicionado en contra de que una mujer --¡una mujer!-- se convierta en diputada de festejos, una función, tradicionalmente reservada a los hombres, que implica la organización de las próximas fiestas. La presión se puede cortar con un machete bien afilado. Puerto Hurraco, ya lo tiene uno machacado en estos desahogos semanales, no queda tan lejos. Das un paso y aparece una rama olvidada de la Familia de Pascual Duarte.

Loli, así se llama la osada señora, se está enfrentando estos días no solo a una rancia tradición sino también a siglos de atavismo cultural, de ignorancia. La mujer y la sartén en la cocina están bien. De preparar los festejos ya se ocupan los raciales hombres del pueblo. Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Que empezamos por hundir tradiciones y acabamos instalando internet. A ver si vamos a descubrir que Felipe no nos daba el paro porque sí y que Aznar no nos va a quitar la pensión.

A los más moderados no se les ha ocurrido otra cosa que organizar un referéndum sobre tan trascendente cuestión. ¿Queréis o no queréis que Loli organice las fiestas?. El alcalde, en un rapto de valentía sin precedentes, se ha callado la boca. Y es que a nueve meses de las municipales, a ver quien se atreve ir contra los que deciden si sigues o no. La que me va a liar a mí ésta, verás. Yo tendría que ser Ministro. O Consejero de algo.

Loli, a la que no tengo el gusto de conocer, pero no por ello dejo de admirar, ha dicho que de referéndum nada, que la Constitución consagra que no haya discriminación por razones de sexo, y que ella tiene derecho. No sé a estas alturas si ya le habrán contestado que no, mujer, no seas tonta, no la hay. Mira, la España de la caló, donde cada cotilleo es una cuestión de Estado, cada mirada un puñal o un bálsamo, no es tan salvaje, que es que esto es una tradición, nada más. Aquí no se permite que una mujer organice fiestas, que para eso ya están los hombres del pueblo. Nosotras, hija, hemos venido a este mundo para lavar, para planchar, para cocinar, para ser su descanso sabatino –y rápido, que hay que ver el programa de José Luis Moreno--, para mirarlos entre displicentes y comprensivas cuando llegan a las tantas, para escoger la camisa nueva que se pondrá el domingo. Y si quieres un poco de protagonismo, pues nada, vas y encalas la fachada de tu casa, o les ayudas ordenando el almacén donde ellos guardan las escopetas, que es lo nuestro. Pero si lo bueno es eso, mujer. Que inventen ellos. Que ellos se reúnan un rato a solas, que el hombre lo necesita, y así no nos hacemos muy pesadas. Luego nos cogen con más ganas. Y nosotras, pues a lo que nos corresponde. Por cierto, te has enterado cómo tiene la casa la Felisa, la hija de la Miguela? Me han dicho que, claro, como se casó tan rápido, no tiene ni la máquina de coser, ni el lavavajillas ni el dormitorio completo. Ahí, ahí si que se precisan unas manos expertas de mujer, y no en organizar fiestas. norbertojavier@latinmail.com


LA LIGA. 9.9.02


El último astro brasileño, uno de los tipos más ricos y aclamados –nótese la paradoja, puesto que ambos conceptos no suelen ir precisamente de la mano-- del planeta, uno de esos futbolistas que saben que su negocio tiene más que ver con la geometría, la física y las matemáticas que con la fuerza bruta, rompió a llorar en el interior de las oficinas de su antiguo club: “¿qué tengo que hacer para irme de aquí?”, sollozaba Ronaldo ante la mirada entre sorprendida y compasiva de un par de orondos directivos.

Ronaldo no solo quería largarse por razones deportivas –los tifossi ya no le querían, su entrenador le odiaba—sino más, ejem, personales. Al parecer, un compañero tenía cierto trato cercano con su esposa, ante lo que el astro decidió poner tierra de por medio entre ambos. La afición madridista nunca sabrán agradecer a tan inquieto jugador el beneficio que le ha acabado proporcionando.

No es una razón aislada para un fichaje relámpago. Un famoso futbolista sorprendió a todos cuando anunció su deseo de dejar no solo su club sino, incluso, la ciudad donde vivía. Había incumplido el viejo y sabio precepto que aconseja no meter nada donde uno tenga la olla y un belicoso compañero terminó descubriendo el pastel.

Un carismático futbolista frances impidió que se siguiera alineando en su selección un íntimo amigo suyo cuando descubrió que tambien lo era de su mujer. Y hubo un jugador brasileño que, de pronto, de ser un elemento ejemplar pasó a ser expulsado casi todos los partidos que jugaba en casa. Meses más tarde se descubrió que forzaba su exclusión para visitar, sin mayores problemas, a la esposa de un compañero, que jugaba todo el partido sin sospechar nada.

Un conocido entrenador vasco cortó en seco la carrera de su más brillante futbolista, un delantero centro de los de antes, con instinto, por un asunto de seria competencia: ambos tenían una relación con la misma mujer. El primero hizo prevalecer su autoridad profesional y dejó de alinearle.

En Jerez, eso lo viví de cerca, me sorprendió el tono agresivo que empleaba un compañero mío para criticar el juego de determinado futbolista. Al tiempo supe que éste le había arrebatado a su novia por el procedimiento del tirón. Otro compi mío empezó la temporada alabando justificadamente cualidades de otro jugador. Las cañas volvieronse lanzas cuando éste decidió hacerse más amigo de la novia de aquel que antes. Eran muy divertidas las retransmisiones.

Hubo un jugador –hoy brillante entrenador-- que compartía amante con un árbitro –se ganó más de una tarjeta injustificada-- y cuentase que las recientes juergas del Barcelona y del Betis fueron denunciadas por novias o esposas que habían conocido los preparativos del festejo. Nada nuevo bajo el sol de setiembre. La liga ha vuelto. La liga, que siempre ha sido un complemento de mujer. norbertojavier@latinmail.com


LA CAMPAÑA 06.01.03


Marineros gallegos han empezado a denunciar que “Nunca Mais”, la plataforma creada tras el hundimiento del petrolero “Prestige”, se está quedando con los donativos recolectados desde que se inició la tragedia. “No hemos visto ni un euro”, dicen los directamente afectados, hartos de colectivos oportunistas que se están llenando los bolsillos a costa del mal ajeno. A río revuelto, ganancias de listillos, pérdidas de pescadores.

No es nuevo este tipo de historias. Siempre ha habido quien se ha cebado con aquellos que acaban de sufrir una desgracia: desde pillajes tras incendios o terremotos hasta filibusterismo a la hora de la reconstrucción. El hombre es un lobo cabrón para el hombre, dijo –o quiso decir—el otro.

En Huelva tenemos varios ejemplos recientes de estas –por otra parte lucrativas—actividades: no hay más que echar un vistazo a las últimas dos campañas de la fresa. Al parecer, alguien decidió que lo mejor para su cuenta corriente era manipular a los inmigrantes que querían participar en las tareas agrícolas, así que les organizaron concentraciones, manifestaciones, movidas, prometiéndoles sin duda el oro y el moro, escrito sea sin señalar. Desde el principio, por supuesto, los promotores sabían que era imposible, que no iban a conseguir nada, pero había bastante pasta y cuotas de influencia presente y futura en juego. Pero la mentira ancló en la desesperación. Según algunos afectados, les llegaron a retener los pocos papeles de que disponían para evitar que abandonaran el encierro que protagonizaron durante semanas en la Universidad Pablo de Olavide. Hay voces que se preguntan, incluso, por el destino del dinero que les estaba llegando en forma de aportaciones voluntarias desde el exterior.

Pajarracos sobre la carroña. Hombre pobre huele a muerto. Todo ello, eso sí, revestido de oh, ah, una pátina de solidaridad y respeto al otro. Y también ante la mirada complacida de algunos que, sin participar, se regocijaban pensando en el desgaste que otros estaban sufriendo.

Empresarios, sindicatos mayoritarios, Junta, Ejecutivo Central y ayuntamientos han vuelto a consensuar –ya lo hicieron el año pasado, con escaso éxito—las reglas del juego. Afortunadamente, el tinglado este año ha quedado en manos de gente sólida, sensata, con varios dedos de frente, experta, como el subdelegado del gobierno central, Carmelo San Martín, o el alcalde de Cartaya, Juan Antonio Millán, que lo primero que han venido a decir es que sobre este asunto ni una mijita de politiquería. Bien por estos dos respetados representantes públicos, que han sentado las bases sobre las que debe discurrir la nueva temporada. Lo malo, ay, es que estamos a poco más de cuatro meses para las municipales y habrá gente con tentación de meter la pata. O ayudar a meter la pata de otro. Y una campaña política mal ejecutada podría arruinar no solo la otra campaña, la agrícola, sino también un aceptable clima de convivencia. Sobrarán, pues, politicastros avispados, buitres carroñeros que se excitan con el olor de la miseria o especialistas en aparentar que solventan problemas que previamente han generado. norbertojavier@latinmail.com


FERMÍN 26.01.03


Fermín, colega, no has tenido suerte: toda tu felina vida esquivando el fin de la existencia de los tuyos, zigzagueando el golpe definitivo, lamentando no haber nacido, qué sé yo, pastor aleman, o gato montés, o caballo de rejoneo, que te han dicho que tienen una placentera y trepidante existencia, y ahora que te dan el alegrón del siglo, Fermín, ay, Fermín, precisamente por ser vos quien sois, te das cuenta de que no tienes apenas capacidad de respuesta. No es eso exclusivo de los linces, que lo sepas, Fermín, a los humanos nos pasa mucho: al final descubres que siempre han sido mucho más intensas las vísperas que las fechas. A los linces y los humanos, Fermín, nos une la contradicción. Y ese atisbo de fatalidad que te intuyo.

Nunca imaginaste que cuando te trincaron para formar parte del programa de cría en cautividad, Fermín, lo ibas a pasar tan mal. Claro que la culpa no es tuya, aunque tuya sí que sea la frustración y la vergüenza. Estás ciego, y enfermo, y sospecho que de muy mal humor. ¿Cómo vas a cumplir con efectividad en tales circunstancias?.

Ahora quieren, ay, Fermín, convertirte poco menos que en la esperanza de tu especie. A ti, que en lo único que piensas es en que no te mareen mucho, y que inventen el braille de los linces para que puedas leer el Daily Feline, dando de comer a los patos, sentado tranquilamente al sol en un claro de Doñana.

Pero es que, encima, Fermín, hay que tener mala baba, ahora te van a colocar en tu jaula a cuatro espectaculares lincesas, o gachisas felinas, o como quieras llamarlas, que deben tener la edad de tus nietas. Y te han dicho que todas son para ti, que tu única obligación, ejem, será dar rienda suelta a la naturaleza por el bien de tu especie. El sueño de cualquiera, Fermín: cuatro hembras para uno solo, con garantías de que no habrá celos de por medio, ni malos rollos, y que contribuirán a una causa tan noble de forma altruista. Gratis total, que dijo el otro.

Hay que xoderse, Fermín, ahora que careces de espada te retan a un duelo. Ahora que no tienes apenas salud, te dan el paraiso para que lo recorras. Ahora que no puedes ver te colocan frente a “Las Meninas”. Ahora que solo quieres sopita y caldito te sirven Solomillo a la meniere y Vega Sicilia Gran Reserva. No hay derecho, Fermín, compañero del alma, compañero. Y encima, esos tipos te han advertido que como no haya procedimiento natural –que sabrán ellos, Fermín--, te acabarán extrayendo lo único que quieren de ti por métodos más artificiales. Porque, ve sabiéndolo ya, a estas altura no eres más que un lince-objeto.

Pero sé que sobre todo, cuando alguien te lea esto, lo que más te va a fastidiar es el género: comprobar que lo que podría haber sido una epopeya es casi un obituario. En fin, Fermín, si te queda algún hálito, aunque sea buscando las tablas, a pesar de tu enfermedad, de tu invidencia, no seas tonto, sé un lince para este negocio postrero: emplea tus últimas fuerzas en decir banzai y ponerte ciego. norbertojavier@latinmail.com


ELLA


Ella no volverá a oir la risa de sus compañeros, ni aspirará el aroma a encerado, a niño y a goma de borrar de su clase, ese que ya luego jamás se olvida; no sentirá un pequeño escalofrío de orgullo al oir su nombre cuando pasen lista en clase, ni mirará sorprendida a su mejor amiga cuando ésta le cuente que el día anterior sorprendió a sus papás uno encima del otro.

Ella no tendrá que retener más la pesada lista de elementos químicos de la tabla periódica, ni sabrá nunca que la literatura es algo delicioso, que hace a los niños más interesantes; ni contemplará falsamente horrorizada al alumno del final cuando éste saque una rana y la arroje en medio de un gran alboroto infantil.

Ella no traerá a una amiguita a merendar esos dulces que engordan tanto, para desesperación de su madre. No crecerá entre vecinos de su edad que sigan jugando al futbol, ajenos a todo, mientras a ella le empiece a rondar, escalofrío seco, una sensación escondida en la noche de los tiempos que le empuje a mirar con curiosidad a los compañeros de su hermano mayor. Ni se ocultará para bisbisear coqueteos con su amiga sobre Juan, ese niño que tiene los brazos, oye, tan bien formados.

Ella no se echará un novio que le parta el corazón en deliciosos trocitos, que otro más recogerá y pegará con una rara perfección. Ni se lo destrozará a su vez a éste por conocer a otro más, que tiene voz de noche y palabras de cristal tallado. Ella no descubrirá los goces de la primavera presentida, ni sabrá del placer de esconder ese estruendoso silencio –amores prohibidos, madrugada cálida—a su madre, que no la podrá mirar y callar comprendiendo.

No irá a la facultad, no discutirá de política, ningún profesor le tirará los tejos, ningún compañero tratará de apabullarla con sus conocimientos. No irá a ninguna fiesta, no notará en su corazón el aumento del amor a su madre, a su padre, a sus hermanos, a sus amigos.

No se casará, no se sentirá llena y sola, al mismo tiempo, cuando se vaya su marido. No se romperá la cabeza tratando de compatibilizar trabajo y hogar. No empezará a cogerle manía y a la vez a desear con ardor la gris cotidianidad. No se hallará desorientada en ninguna encrucijada interior. Nunca ningún conocimiento nuevo le amenazará con destruir viejas creencias.

No tendrá hijos, no los verá crecer. Nadie la encontrará un poco rara cuando el cuerpo empiece a marcarle la hora de la plenitud gozada.

Ella no podrá leer, ni sentir miedo, ni lástima, ni podrá reir, ni llorar. Ni nada.

Ella ya no se llamará Silvia. Hace una semana eta la asesinó colocando un coche bomba junto a su casa. Tenía 6 años. Todavía hay partidos políticas que se niegan a deslegalizar a Batasuna. Ella, y eso es lo bueno, ya no podrá sentir asco. norbertojavier@latinmail.com


EL REGRESO. 2.09.02


Soy uno de esos tipos que no recuerdan bien la primera mentira que dijo, ni el primer beso que robó, ni la primera bofetada que recibió. Pero sí podría colorear lo primero que oyó en una radio. Era la voz de Alfonso Gallardo encarnando el papel de galán. De hecho, sería traicionar aquel tiempo sepia si alguna vez osase recobrarlo esquivando el artefacto mágico donde vivía el cuadro de actores de Radio Madrid.

“Lucecita, original de Guillermo Sautier Casaseca”. La vaguard negra que oían mientras segaban mi madre y mis dos tías no solo era el único entretenimiento posible de aquellos meses lentos. Había huerfanitos llorosos, madrastras pérfidas, honrados maridos, tenderos piadosos, gobernantas estrictas.

Pero es que dentro de aquella cajita vivían también unos señores que las tardes de los domingos contaban medio cantando las cosas que pasaban en unos recintos que siempre supuse lejanos, inmensos, apocalípticos, llamados misteriosamente “estadios de fútbol”. Había goles, que por la radio siempre eran golazos. Ellos nunca lo sabrán, pero contribuyeron a que un niño perplejo descubriera que la vida siempre ocurría en un lugar que puede que estuviera, como el País de Nunca Jamás, siguiendo la segunda estrella a la derecha, y después recto hasta la mañana. Ya sabe, donde había una suerte de colores más allá del amarillento del campo despojado de su ropaje de trigales.

Ayer pude reencontrarme con uno de ellos. El regreso del Recre a primera división nos trajo una de aquellas voces: la de Santiago Cotán-Pinto. Tiene Santiago una voz costumbrista, arrastrada en consonantes, de un tono marrón grisáceo.

Otra de aquellas voces –nasal, suave, ronroneante, segura--, la de Plácido Llordén, la va a recuperar José Luis Camacho Malo, uno de los actuales grandes profesionales de la comunicación de esta provincia, uno de sus más preclaros dinamizadores, para su tertulia. Eso que ganamos todos. A ver si hay suerte y se anima otro de los poseedores de aquellas voces en color, Manolo Guerra –el arte, el fútbol bien contado, la anécdota chispeante, el escepticismo cercano--.

Tengo la suerte de disfrutar aún de la cuarta de aquellas voces que me unían a la realidad inventada, casi al realismo mágico: la de mi amigo Ignacio Ruiz –bien timbrada, potente, modulada, la radio en estado puro--, con el que tengo la suerte de vez en cuando de compartir transmisiones.

Ellos fueron la radio. A fin de cuentas uno aprendió a hablar escuchándoles a ellos. Casi me da un poco de vergüenza porque si Dirceu se quejaba de que daba balones y le devolvían sandías, uno tiene la impresión de que de ellos recibió magia y ahora solo es capaz de devolver un racimo de palabras y agradecimiento.

norbertojavier@latinmail.com


EL HOMBRE. 28.10.02


El sábado lo vi. Hacía gestos de disgusto hacia Lucas Alcaraz. Lucía una camisa de manga corta, la barba de un par de días, la mirada endurecida, el rictus indignado. No sé como se llama pero sé quien es. Como en la canción de Alejandro Sanz, es él con distinto rostro, con distinta voz.

Lo tiene todo decidida y horrorosamente claro. Acabaría con eta en dos patadas, instalando la cabra de la legión junto al museo Guggenheim. Enviaría a los moros que no trabajen bien a su pais, que es donde han que estar. Y a los que sí rindan, los echaría igualmente al acabar la temporada. Que a ver si esto se va a convertir en la segunda residencia de medio Marruecos.

Tiene a su mujer en casa y cuando llega del trabajo ella le informa de lo que ha dicho la tele: “Rociito por lo visto ahora está con otro. Y al padre del Jesulín le han cogido con una muchacha”. Gruñe un poco en la comida –a los presentadores que dan malas noticias les castigaría, que manera de amargar la cena, niña, quítate de en medio, que no me dejas ver...—y contiene el aliento cuando empiezan los deportes. Es seguidor del Madrid. Por supuesto sabe la medicina que el club debe aplicar para mejorar las cosas: menos millones y más coraje. Bueno, él dice otra palabra, más masculina, más testorenosa. Y lo repite en el bar. Y el Recre, no digamos, que yo estaba el otro día, que no me podía contener. Me puse detrás del banquillo de Alcaraz y le dije de todo. Es que no puede ser, hombre, es que no puede ser, que están jugando con el prestigio de una ciudad, que han sido 25 años de espera, que esto es más importante que el trabajo, que la comida, que la política, que mi mujer, que mis niños, que todo... Que es el futbol, puñetas, que es el futbol, hombre... casi nada, fútbol.

Lo ví el sábado. Hace años también, con otra mirada, con otro rostro, con otra voz, postrandose de rodillas ante Caparrós porque había ascendido al equipo a segunda división. “Eres dios”, le decía. Y hace cinco meses ante Alcaraz. Queria llevarlo a hombros. Lo vi hace años en Sevilla, junto con 5 mil personas más, por las calles, protestando por el descenso de su equipo. No lo veo, sin embargo, manifestandose contra la apropiación de las señas de identidad que suelen hacer los clubes –Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao y otras lo saben bien--, ni contra las políticas absolutistas, feudales, que se llevan a cabo en inmumerables paises y que dan origen a las penurias de los inmigrantes. Ni contra la relación entre el sueldo de un empleado de banca y los beneficios del BSCH. Ni contra el efecto adormecedor que provoca en las conciencias los dueños de los medios que te meten mierda rosa a todas horas. Ni contra el insulto a la inteligencia que supone la mayoría de las políticas desinformadoras que esgrimen los gobiernos –Putin en Rusia, Bush en usa son los últimos sangrantes ejemplos—para no encabronar a las masas.

Lo vi el sábado. El hombre tiró del brazo de su hijo y puso rumbo a la salida. Esa noche creo que no durmió. norbertojavier@latinmail.com


EL ENGAÑO. 03.03.03

Friday, March 14, 2003
Kareh recibió por fin la respuesta: sí podía incluirse en la expedición. Un colega suyo tenía contacto con un fulano que se dedicaba al transporte de marroquíes a través del Estrecho. Un moderno traficante de esclavos, con buenas conexiones en la madera del Campo de Gibraltar. Soltó un perraje –se quedó literalmente con unos cuantos euros, nada más—a su amigo, que a su vez sisó un pico. En ese negocio todos ganaban. Era lo suyo.

Kareh no había cumplido los 19 años pero en sus ojos podía leerse decepciones que se remontaban a siglos, a milenios. Era la tercera vez que lo intentaba, que es cuando, según las estadísticas, se consigue llegar. Durante el trayecto a Kareh le pareció que Neptuno quería degustar el miedo espeso, gelatinoso, que cubría la patera. Estuvo a punto de ir al agua en un par de ocasiones. Se horrorizó: sabía que en ese caso no le iban a esperar. Se lo explicó su contacto en Ceuta.

Claro que lo que más le sorprendió le llegó por el olfato: en la playa donde fue a parar olía a cadáver. La primavera presentida, esa que desprestigia tanto gilipollo con un teclado y dos o tres horas por delante, estaba siendo generosa –luna alta, polis bien untados, todo en regla-- y decenas de compatriotas habían tenido su misma idea, pero con peor resultado. El hedor era intenso. Jamás iba a olvidar como huele un muerto en plena descomposición, mientras las olas esparcen las vísceras.

Al llegar, el sujeto que les fue a recoger le presentó a aquel tipo. Calvo, barrigudo, una especie de sapo con apariencia humana, de estos que dan la mano blandengue. Les prometió –a Kareh y a los demás-- que si hacían lo que él quería conseguirían los papeles. “Ya sabeis, el salvoconducto para el primer mundo, el permiso para quedarse en el paraiso”. Le sacó el poco dinero que le quedaba –“para la colectividad, aquí lo que es de uno es de todos, tu futuro es nuestro futuro”--sin dar un recibo. Ni siquiera las gracias. Luego se juntaron con otras expediciones, que eran guiadas por tipos de similares características. Todo bien atado. El negocio rulaba...

Fueron conducidos a un campamento. Allí les informaron: “si vamos al pueblo y nos colocamos delante del ayuntamiento os darán los papeles”, le dijeron. Nadie discutió nada. No hubo más información. Cuestión de fe. El grupo –más de 300—era, de lejos, el perfil de la miseria en estampida. Los mafiosos azuzaban a los más endebles. A Kareh su estómago le daba bocados, su visión era ya borrosa, estaba a punto de perder el equilibrio: no había probado alimento desde... ni se acordaba.

Y llegaron. Y se instalaron con su desesperación, su hambre y su engaño en la plaza pública. “Venimos en un momento, vamos a hablar con el jefe del pueblo”, les dijo el calvo. A Kareh le pareció raro que en lugar de hacia el ayuntamiento, el sapo y sus compinches tomaran el camino contrario. Y llevaran consigo la maleta donde guardaban el dinero captado al grupo. Diez minutos más tarde llegó la guardia civil. Fue entonces cuando Kareh rompió a llorar. norbertojavier@latinmail.com


EL CRÍTICO. 11.11.02.


Ella se acaba de desplomar sobre la butaca del cine, ha sacado una chocolatina y se dispone a disfrutar de un doble placer: no tener que hablar con nadie en las próximas dos horas y poder concentrar toda su atención en una trama de amores desgraciados. Ocurre en una de las salas del Festival de Cine Iberoamericano.

Los primeros minutos son intensos: una mujer se ve obligada a elegir entre una relación estable, aburrida de puro sobada, lenta, que le aporta seguridad y tedio o una nueva que le acaba de poner el corazón al trote, que le está oxigenando los conductos de la pasión. Los suspiros de ella son suaves, cadenciosos. Su voz se recuesta en tonos delicados, musicales. La protagonista –y la peli—es chilena. Ella se acomoda en su asiento, le da otro mordisquito al chocolate, bebe con suavidad un sorbo de agua. Quiere disfrutar al máximo. Y entonces ocurre.

Un tipo cincuentón, con una peculiar media melenita Santiago Segura Style se le sienta precipitadamente al lado. “Es que estaba en una reunión de intelectuales y se me ha ido el santo al cielo debatiendo la importancia del cine polaco de los años 40, más concretamente en el interesante bienio 43-44, cuando en toda Europa se empezó a afrontar las producciones desde un punto de vista estético de forma transgresora respecto a la década tan triste de los años 30”. Ella le pidió silencio con la mirada.

El crítico volvió a la carga: “He visto esta cinta en el pase de prensa. Ah, qué escena. Fijese, señorita, el contrapicado este persigue demostrar la contraposición en planos distintos de una dualidad sin ningún punto que equidiste”. A ella se le cayó la chocolatina de las manos. “Oh, mire, el segundo protagonista accede a una atmósfera más densa al penetrar en el dormitorio: ahora se percatará de las transformaciones sucesivas de una sola realidad primaria. Esto es una metáfora de la situación política en su pais”. “Pues yo solo veo que él viene a meterle mano a ella, basicamente”, se atrevió la chica de replicar en un susurro incómodo.

“Y ahora un cambio radical. El primer protagonista se desplaza a través de sus propios pensamientos. Fijese bien, señorita, porque el concepto de estructura y el método inherente a ella llegan no a través del montaje clásico sino desde una muy pensada concepción, que bebe directamente del cine portugués de los años 50, tan sometido a vaivenes. Ah, el cine”. Ella miraba alrededor y no veia una butaca libre para escapar. Solo llevaba 20 minutos de película y ya odiaba el festival. Le empezaba a sentar mal el chocolate, tenía vértigo, mareos, ya aborrecía la indeción de la protagonista, que no era capaz de decantarse de una puñetera vez para que acabara aquel suplicio. Y entonces él remató: “Y el final, ya lo verá, es antológico. Cuando ella se decida por el marido se verá claramente el mensaje conservador del director, que hace un guiño consciente a los sectores más digamos clásicos de la clase pudiente”. Entonces ella se encogió y soltó una carcajada. norbertojavier@latinmail.com


EL APAGÓN. 13.01.03


Manolo quería que se lo llevaran los demonios: justo cuando Ronaldo iba a enganchar un centro de Guti y tenía ya la mano en la chequera, dispuesto a añadir un cero más a su inminente exigencia de revisión al alza de su contrato, va la tele y se apaga. Y no solo la tele: se fue la luz del salón, la de la cocina, la de las habitaciones y la casa empezó a llenarse de voces desorientadas.

Manolo, Carmen, los niños y 11 mil onubenses más se acababan de quedar sin luz. El apagón había sido general –“un apagón general”, una de las expresiones más hermosas que conozco, era cuando el suministro se iba en al menos una calle de mi infancia. Si solo era en tu casa, la cosa era más xodida, porque había que manipular la instalación eléctrica, con el consiguiente riesgo de calambrazo, y encima tenías la sensación de ser el único pringado. Si la cosa era colectiva, entonces la orfandad era más leve, era un mal de muchos—y medio vecindario estaba en la calle, esgrimiendo vacilantes haces de linternas, o saliendo de sus hormigueros en busca de las escaleras. A todo esto, Manolo comprobó que su vecina de arriba, en bata y oliendo a aceite refrito, francamente, pierde mucho.

Como era tarde, el que más y el que menos regresó a su casa, se hizo un reparto medianamente igualitario de velas –“para eso estamos, vecina, para ayudarnos en estos momentos”— y se improvisó una cena sin mucha preparación. Y Manolo, en penumbras, no lo podía creer: estaban hablando en la mesa, en lugar de atender a la tele. Y Manolo se enteró de las cosas que de verdad pasaban a su alrededor: supo que Carmen, oye, resulta que se estaba planteando, por qué no, aprovechar sus viejos estudios y entrar a trabajar en una peluquería, ahora que los niños ya son mayores. Que Pili se había echado un noviete, un chico de dos barriadas más allá, que Chema estaba debatiéndose entre estudiar Derecho a Ciencias Políticas --¿”vosotros qué hariais, aconsejadme algo”?--.

Y se vió envuelto en una conversación sobre el abuelo, que había pasado tres meses con el fusil al hombro. Y relató el modo en que había conocido a Carmen. Y hablaron de política, y de cómo ha cambiado esto, y que ya que no podemos ver el “Cuentame” de hoy, pues os voy a contar yo cómo fue la emigración, o la postguerra, y el tiempo del hambre. Y la conversación se alargó. Y fue delicioso, por inaudito. Y nadie quería marcharse, pero el sueño impuso su autoridad. Y cuando todos enfilaban sus dormitorios --Carmen, a todo esto, con un sospechoso y prometedor contoneo, por delante--hizo puff y regresó la luz. Y el volumen estruendoso de la tele, y la obscena claridad del salón. Y las farolas empezaron a cobrar vida tras la cristalera. Fue sólo un par de segundos: Manolo pasaba por la caja de los plomos y rápido miró, cómplice, a Carmen, llevó su mano a la palanca y la bajó. De nuevo a oscuras, ahora de forma voluntaria. Ya mañana se enteraría de cómo acabó lo de Ronaldo. norbertojavier@latinmail.com


EL CHAT. 05.08.02


La sala del chat estaba realmente animada. No habían pasado ni cinco segundos cuando me abrieron la primera ventanita, un privado, que se dice en el argot. Ulises –esa era su identidad cibernética—me preguntó por mi edad, mi profesión... y por mis gustos literarios. Hombre, mira, no es tan tópico como me habían asegurado que son habitualmente los chateros. Estaba claro que me creía mujer, dado que el nick que yo utilizaba –el nombre de mi pueblo-- era equívoco en ese sentido. No le aclaré nada y hablamos de literatura, de cine... En fin, que pasé una madrugada interesante. No había estado mal aquel experimento. Un tipo agradable. Me propuso quedar para la noche siguiente. Y acepté. Por qué no.

Me sorprendí mirando al reloj más de la cuenta. Nada más entrar en la sala le busqué sin disimulos. Él me encontró a mí. Esa vez fue ya más personal la conversación. Sus frases eran fluidas, magnéticas. A veces sentía sus palabras arrastradas por un punto controlado de tristeza, lo justo para interesarme más.

Esa noche apenas pude conciliar el sueño y empecé a dudar de determinados gustos míos. Hasta ese momento tenía claro no solo que me gustaban las mujeres sino que no me gustaban los hombres. Sin embargo, me sentía tan cómodo con Ulises... Al día siguiente me propuso una conversación telefónica. Esgrimí una excusa débil –“no tengo batería”— para evitar que mi voz delatara lo que ya era un juego a contramano, pero le pedí que siguiéramos en el chat. Aquello no podía ser. Me empezaba a deslizar por una pendiente peligrosa. Me contó que aguardaba con inquietud el momento de encontrarme en el chat, que ponía piel, olor... y hasta sabor a mis palabras escritas en el ordenador.

Y entonces me propuso una cita. Un encuentro real. Un café. Convinimos una hora y un lugar. Llegaré con un periódico bajo el brazo, me dijo.

Naturalmente, iría, solo por conocer su físico. A esas alturas no me atrevía a desengañarlo –“que yo soy otro tío, que no soy la mujer que tú crees, perdóname, por favor”—por no causarle dolor, y me maldecía por mantener tanto tiempo la mentira.

Llegué con un cuarto de hora de adelanto a la cafetería y me acomodé en la barra. Le veo entrar, pago y me voy. Naturalmente, no me reconocerá. Solo saber como es. El remordimiento me estaba horadando el hígado.

Y entonces ocurrió. La puerta se abrió con lentitud, como solo se abren en los cuentos. Y apareció un periódico que era agarrado con nerviosismo por unas manos que dudaban. Y yo me quedé de piedra al comprobar como unos ojos femeninos me acababan de demostrar que, si bien revestidos de ropajes cibernéticos, los milagros siguen existiendo.

norbertojavier@latinmail.com


LA PRIMICIA. 10.03.03.


Entonces ocurrió. Fue por estas fechas en que el almanaque muda la color y enrojecen todas las horas. Yo acababa de ofrecer una importante primicia, ya sabe usted, una de estas informaciones inaplazables con la que crees que pondrás chinitas en la rueda que holla la historia. Yo entonces era joven y todavía creia que el tinglado en el que me movía dependía de la rapidez con la que uno contara las cosas. De hecho, aún creía que una noticia era la base de la alimentación del desarrollo social y económico. Era joven, ya le digo.

El caso es que yo salía a la calle con esa mezcla de orgullo, importancia y vanidad que tanto detesto en los demás envenenándome los pulmones y la conciencia. La ciudad debe haberse parado, los semáforos, sin duda, se acaban de fundir, las fábricas han detenido su producción, los políticos se han callado y los ciudadanos en general, sin duda, debe andar comprándose los sombreros con los que se descubrirán, respetuosos, a mi paso. No es para menos, supuse.

Así que alcé las cejas, al estilo de los críticos del cine polaco de la primera mitad de siglo –“oh, qué mirada intensa de 20 minutos, plano fijo, qué bruma negra sobre la negritud de las montañas, símbolo de su presente y su incierto futuro, sin duda, colega, sin duda...”— henchí aún más mi pecho y me dispuse a destrozar los baldosines de las aceras. Pista, que va el artista.

Y entonces ocurrió: no ocurrió. Los coches siguieron a lo suyo, ningún semáforo tuvo el detalle de parpadear siquiera, no encontré ninguna mirada cómplice en los viandantes con los que me cruzaba. No pasó nada, exactamente nada. Mis palabras murieron nada más nacer, al día siguiente algún periódico despistado las recogió, adobándolas y mutándoles el sentido, y ahí se extinguió mi primicia.

En la plaza frente al edificio donde estaba ubicada entonces mi empresa una pareja de adolescentes me dio la medida exacta de lo que había ocurrido: con el escaso recato que posibilita la ebullición de la sangre, el cosquilleo que horada sin señales la edad de la inocencia, dos jovenes se buscaban no ya la carne y el hueso, sino el tuétano y el alma. Así habían pasado la mañana, la misma que yo había empleado para contrastar, colegir, depurar y dar forma. Marzo entonces me quiso premiar a mi con una primicia, y a ellos con una noticia. Lo que yo había buscado dejándome huellas digitales en el teléfono, lo habían encontrado ellos sin usar más huellas que las que les dejarían los besos estampados con urgencia y usura, los arañazos en la piel del calendario, la memoria y la espalda contraria. Para ellos sí se habían parado los semáforos, desaparecido la ciudad, cancelados los créditos, volatilizado los coches, detenidas las horas. Yo perseguía la gloria, la misma que encontraron ellos entre mordiscos urgentes y palabras y silencios apresurados.

Cuando al día siguiente alguien me felicitó, yo me sonreí: “la primavera está a la vuelta de la esquina, alguien tenía que dar la primicia”. norbertojavier@latinmail.com


LA POLÍTICA. 24.02.03


La inquieta, entusiasta y pizpireta Maite Rosado se ha situado en el centro del escenario político provincial al aceptar el ofrecimiento del Partido Popular para encabezar la candidatura de esta formación política en San Bartolomé... dando el salto desde la asesoría del PA en la Diputación.

Tan exhaustivo conocimiento de la cosa publica –desde la trastienda que, le aseguro, es mucho más interesante que la primera fila-- le ha permitido iniciar su nueva etapa con buen pié: desde hace cuatro días no hay medio de comunicación que se resista a traer alguna información que le haga referencia. Rosado, pues, empieza con un plus de notoriedad mediática que siempre es positivo a poco tiempo de las elecciones. A beneficio de inventario queda el trajín partidista. Y su sacrificio: deja una ocupación estable –supongo que el PA tendrá continuidad representativa en la Diputación tras las municipales—por un proyecto que si le sale bien le podría catapultar a la alcaldía de un municipio con numerosas potencialidades a desarrollar; pero si la cosa no cuadra, lo más que tendrá será una silla de concejal de oposición en una poco vistosa sala de plenos. Una ocupación no demasiado llamativa para una mujer emprendedora.

Rosado incrementa la nomina de lo que un avispado colega –supongo que Antonio Peinazo me dejará utilizar su teoría-- calificaba este pasado fin de semana de “transversalidad”. Pero es que en la política cotidiana, esa que permite comprobar como el alcalde se ha levantado despeinado y con legañas, cuenta más la personalidad que la ideología, la cercanía que los grandes lemas. Y hay un nutrido número de transversales, no crea.

Desde el lío difícil de explicar de Santa Ana la Real –unos se pasan a otro partido, y los de éste a un tercero, y los del tercero..., bueno creo que es algo así-- hasta el curioso caso de Escacena, donde un equipo de gobierno, desde el alcalde hasta el último concejal, se pasó de IU a los andalucistas del hábil e infatigable Miguel Romero. Pasando por el grupo independiente de El Cerro –que se pasó al PA tras arrebatar la alcaldía al Psoe—hasta el caso que más ha dado que hablar desde que la brillante y sólida Rosa Font, en estos papeles, descubriese que el alcalde de Aracena, Manuel Guerra, tenía intención de marcharse de IU para presentarse por el Psoe. Eso si evitamos referirnos a asuntos curiosos, como concejales que se marchan, pactos que se rompen y otros asuntos más o menos... inconfesables, digámoslo así, que han contribuido a modificar el inicial mapa político provincial. Cosas de la transversalidad, que se ha puesto de moda. Como declararse virgen. Maite Rosado ha seguido la estela de Rosa, la de Eurovisión, y ha proclamado que ella tampoco conoce los pecados de la carne... política. Pero me da que una vez que lo pruebe, ya no lo podrá dejar. Es una poderosa droga de la que es casi imposible desengancharse. La política, digo. norbertojavier@latinmail.com


BESOS DE FRESA. 17.02.03


Una encuesta encargada para el día de San Valentín -bendita fecha-reclamo, bendito débito comercial, bendita percha donde colgar al menos unas horas de tregua, bendita mañana en que si uno ve en las calles de Huelva un desfile de ramos de flores portados por manos desacostumbradas reconoce gozosamente que no se trata de un entierro— ha revelado que los onubenses –como el resto de españoles—prefieren besos con sabor a fresa, regalados en días de lluvia. Un beso de fresa solo existe en las canciones: bendito, pues, imaginario musical, benditos boleros que se clavan en el inconsciente. Benditos besos que no existen, pero que tienen cuerpo y sabor.

“Guarda en seda el primer beso que te dieron porque a partir de él calibrarás el resto de los que recibas”, leí una vez. O lo soñé. O lo quise oir, que ahora no quiero saberlo. Benditos besos de fresa, o besos sin sabor, o besos sin beso.

Puedo olvidar qué he desayunado esta mañana, o la lista de cosas que, airado, exige cualquier político, o la alineación de mi equipo de fútbol, pero por más que lo intento, no puedo olvidar ni uno solo de los besos que he dado. Porque puede que en realidad sean un solo beso, que tiene su preámbulo y su continuación. Un beso por episodios, con puntos y aparte.

Y el primero, ay, y el primero. No fue de fresa, claro. De hecho no tuvo sabor. O los tuvo todos. Sus labios tímidos, esponjosos, trémulos, impacientes, son, en efecto, los labios que busqué después en todos los besos que me he ido encontrando. Qué beso aquel: pulposo, rezumante, inabarcable. Y después de aquellos labios entreabiertos y recatados hubo más. De cuerpo, de esqueleto y de alma diferente. De diferentes idiomas y nacionalidades, colores y texturas. Pero, independientemente de boleros que agarran y estrujan hasta asfixiar la memoria, desde aquel beso oscuro y hermoseado con el paso del tiempo al ultimo que me acaba de regalar ella --en tres dimensiones, revitalizante-- nunca me he encontrado besos con sabor a fresa. Sí, sin embargo, besos fugaces, desmemoriados, miedosos, trepidantes, recreados, clandestinos, traviesos. Y agresivos, tiernos, lúcidos, postreros, iniciáticos, madurados. Y besos de corrido, besos funcionarios, besos con hora de fichar y 20 minutos de desayuno. Y también, gracias a Dios, besos desesperados, de los que estampas sin aliento ni reservas. Besos hechos de besos nunca clasificados, besos hechos de todos los besos que he necesitado. De retales de besos ya usados.

Bien por estos besos en tiempo de guerra. Bien por la mentira cotidiana de los boleros, tan necesaria. Bien por las encuestas sobre asuntos que de verdad importan. Bien por los besos imaginados, porque de ellos será el reino de las canciones. Bien por todos aquellos que preguntan por los besos y no por las armas, por boleros y no por himnos. Bien por los besos que quiero, y por los besos que intuyo, y por los besos que tengo, y por los besos que añoro. Y es que a fin de cuentas uno no es más que un compendio de los besos que ha soñado. norbertojavier@latinmail.com


AARÓN. 03.11.02


Una vecina de Huelva ha escrito una triste, desgarrada, dura y oportuna carta a un periódico rogando a quien pudiera haber robado su perrito que, en nombre de la pena que le rasga el sueño, que le destroza el día, que le asfixia la noche, tenga a bien devolvérselo. Aarón, el protagonista del desdichado pero hermoso texto, ha desaparecido y la remitente sospecha –quiere creer—que alguien con desmesurado amor a los animales se lo ha quedado. Desde aquí me sumo a la desesperada petición de la dolorida familia que no sabe como amortiguar el eco de los ladridos que ya no resuenan, como taponar la pena que le agujerea el corazón.

La encantadora vecina recrea con tino y cierta fatalidad como los componentes de su familia se levantan bruscamente al oir un lejano ladrido, confundiendolo voluntaria y equivocadamente con los de Aarón. Como recuerdan sus pasitos cortos por el pasillo, sus saltitos, su sonrisa, su mirada. Esa llamada que no suena debe ser la de su nuevo propietario, razona la desesperada vecina.

He perfilado con tinta invisible tantos escritos como ese que no puedo sino solidarizarme con su remitente. Uno, que hace del mal de ausencia su mejor cantera de ideas, no sabe retraerse ante un texto creado sin metáforas, pero con dolor, sin adornos, pero con verdad. Lee uno tanta majadería junta en el periódico que agradece –en este caso tambien lamenta—un texto que en lugar de retruécanos inútiles tenga arrobas de sinceridad. Nada que ver con panegíricos con colmillo retorcido y sentido mutante a la segunda pasada que me he tenido que tragar este fin de semana en la prensa. Ni con declaraciones altisonantes de solidarios compañeros de partido y sindicato, que esconden afilados puñales en cada punto y aparte. Definitivamente Aarón tiene suerte: le echan de verdad de menos.

Pero estoy convencido de que no hay nada que temer: sé que Aarón se ha tomado unas vacaciones merecidas, un fin de semana loco con una fox terrier apretada y volcánica, un paréntesis de libertad, una vuelta a los orígenes, una excursión a algún campo lejano y hermoso donde le esperaban amigos de la infancia. Sé que nadie lo ha robado, que no le ha pasado nada. Ocurre de vez en cuando en las familias: un día un hermano, o el padre, o la madre, o el perrito, decide que ya está bien de tanta felicidad constante, que es necesario saber como es el purgatorio para disfrutar mejor del cielo. Y baja a por tabaco y regresa al cabo de los días con un montón de historias que contar. O que ladrar. Y Aarón, como Sulta, como Luli, como Pitusa, como Atalanta, como Mora, como Terry, como Toni, como todos los Aarón que alguna vez me han permitido arroparme con sus ladridos y sus saltitos, aparecerá con el collar roído y kilómetros de asfalto en sus patas. Y la remitente de una deliciosa carta volverá a utilizar el periódico para lo que de verdad sirve: para mirar el número de la once, la cartelera del cine o la programación de la tele. Un beso.

norbertojavier@latinmail.com


Bajío

Agosto de 2002
Entonces ya ocurría. Era por estas fechas. Agosto empezaba a sentirse aquejado del viejo mal de la ausencia y mudaba el amarillento de las tardes por un ligero tono anaranjado pajizo, más maduro, más sólido. Agosto dejaba de oler a sal, a campo, a trigo, y barruntaba aromas de pizarra, de niño, de tiza, de aula cerrada. Empezaba este mes a huir de sí mismo. Mala cosa.

Tenía mal bajío el final de agosto. Refrescaba en los campos, los animales comprimían el sesteo y, ay, un repeluco suave, apenas perceptible, un pequeño pellizco en la piel de la piel te sobresaltaba al lubricán, que como muy bien ha explicado el maestro Garrido Palacios, es esa hora incierta en que no es día, pero tampoco noche, en que no es temprano, pero tampoco tarde; es ese limbo de colores tenues, esa tierra de nadie que se encimaba cada vez más pronto.

Tenía mal bajío. Se adivinaban los puntos previos –los considerandos—a una condena de 9 meses. Venían de camino libros estériles que nadie –salvo Doña Nati, un saludo con carácter retroactivo, muchas gracias por todo—supo contarme bien.

En los campos, el almanaque de la piel, ese que prevalece sobre el otro, el oficial, el burócrata, el de la pared, empezaba a exigirte un poco de abrigo. Se agradecía una manguita. Era el lubricán del tiempo que se iba –no era del todo verano, pero tampoco se adivinaba demasiado el otoño--: era un baile a ciegas, un paso en falso, un sueño posado en la inquietante inconcreción del duermevela. Era irremediablemente final de agosto, y en cada tuc tuc de la máquina cosechadora se escapaban bocanadas de humo fabricado, sin duda, por la tinta de los calendarios de la piel que agosto devoraba. En el campo el tiempo se medía por olores, por supuesto, pero tambien por colores: si verde, primavera, si amarillo, verano, si pajizo, otoño, si gris, invierno. Aquella época era amarilla pajiza, el color de la tierra recién desnudada. El tuc tuc no dejaba de ser el grito obsceno de quien se sabía en posesión de su última prenda.

Tenía mal bajío, mal fario, tenía mal agüero. En la ciudad acechaban temibles voces infantiles, lóbregos pasillos con final incierto, olor a cerrado de la clase, libros empaquetados que solo entendería siglos más tarde, maestros cansinos con paso lento y voz pardusca. La rutina de setiembre, la victoria del tiempo sobre el lubricán, el acorte despiadado de las tardes, la televisión adormecida, las noches largas, el recreo gris y obligado, un almanaque sin piel, un calendario que carecía de velocidad. Un tiempo marrón, detestable.

Tenía mal bajío esta semana. Setiembre rondaba. Afortunadamente, a veces, se canta lo que-- gracias a Dios-- se pierde.

norbertojavier@latinmail.com


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